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Aceptar o rechazar a Jesús

Hermanas, hermanos muy amados en el Señor:

La Palabra de Dios, en ocasiones, puede desconcertarnos, especialmente, cuando Jesús nos dice: no he venido a traer paz a la tierra, he venido a traer la división (Lucas 12,51). Conviene que contextualicemos estas palabras para poder entenderlas y, sobre todo, recibirlas y acogerlas.

En los Evangelios se nos presenta esta división cuando Jesús, de camino a Jerusalén, iba predicando y haciendo signos prodigiosos que avalaban su divinidad, y a medida que se acercaba, era aceptado por unos y rechazado por otros.

Así, hoy, esta división a causa de Cristo, también puede darse en el seno de muchas familias cristianas, donde los padres van a Misa, viven y celebran su fe, pero a sus hijos ya no les interesa participar de las cosas de Dios, ellos ya no comparten ese compromiso, porque no les interesa confiar en Él, porque están ocupados pensando en otras cosas, haciendo otras cosas.

Dios, a través de su Hijo, nos hace una propuesta de salvación, que es la de aceptar o rechazar a Cristo como único Salvador y Mesías. Si elegimos la salvación en Cristo tenemos que aceptarlo a Él, aceptar su Palabra y una vida de comunión con Él, siguiendo sus mandamientos, su ejemplo, haciendo obras buenas, ayudando a nuestros hermanos que más lo necesitan, y renunciar a todo aquello que se le oponga, como la injusticia, la ambición, la avaricia, la violencia, la corrupción.

El mismo Simeón, al tomar a Jesús en sus brazos, dijo: puesto está para caída y levantamiento de muchos en Israel, y para blanco de contradicción (Lucas 2,34). Ante esta Palabra nosotros debemos preguntarnos ¿De qué lado estamos? Del lado de los que aceptan a Jesús como Salvador o de aquellos que no lo reconocen porque viene de Dios, trae palabras de Dios y las palabras de Dios, muchas veces, son incómodas e incompatibles con la manera de pensar del mundo.

No olvidemos que  esto ha sido siempre. Esto le sucedió a Jeremías que, aunque fue rescatado, se le envió a un pozo para que se muriera de hambre e inanición, porque su palabra, que era la palabra de Dios, incomodó al Rey, a los poderosos. Así le pasó a Jesús, que fue juzgado, que fue condenado, que fue crucificado y enviado a la sepultura pero, también, fue resucitado y ahora vive para siempre, su palabra es vida para todos los pueblos, todas las razas, todas las lenguas y todas las culturas. Siempre la Palabra de Dios crea una división y una contradicción entre quienes lo aceptan y entre quienes lo rechazan.

Preguntémonos cuánto arde en nuestro corazón el fuego que Jesús nos ha regalado, si está vivo entre nosotros ese fuego que nos purifica y que quema todo aquello que no es bueno, que nos hace daño, y cuánto se expresa en nuestra vida diaria, de relaciones interpersonales, familiares, de trabajo, de amistad; cuánto está presente ese fuego que Cristo nos mereció, el fuego de su Espíritu que nos regaló el día de nuestra Confirmación.

Pidámosle a la Santísima Virgen, nuestra Madre, que nos alcance la gracia de reconocer a su Hijo Jesucristo.

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