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Mujer, en la Iglesia y en la sociedad

Queridas hermanas y hermanos

Cardenal José Francisco Robles Ortega, Arzobispo de Guadalajara

La mujer, desde los tiempos de Jesucristo, ha figurado en la historia de la Iglesia. El más claro ejemplo es la Virgen María, madre del Hijo de Dios, que lo trajo al mundo para nuestra salvación.

Tenemos que reconocer que, afortunadamente, la mujer en la Iglesia ocupa un alto grado de participación; ella es de suma importancia no sólo en presencia, sino también en servicios.

Quiero poner un acento muy especial en la necesidad de formación, sí, de los laicos en general, pero especialmente, en la formación de la mujer, por su disposición, porque la mujer está siempre muy dispuesta y muy proclive a buscar formarse en su fe.

Pensemos, por ejemplo, en todas las catequistas que ejercen un apostolado en nuestras Parroquias; es un ejército de mujeres que participan en la formación cristiana de los niños, de los adolescentes, en las pláticas pre sacramentales, etc., y eso debe destacarse. Valoremos su disposición para prepararse y sembrar, a través de su labor, esa semilla de la fe en las generaciones venideras. Apoyemos la formación de las mujeres en la Iglesia, y abrámosles los espacios necesarios para que se proyecten formadas y como formadoras en su servicio.

Pero también, en ese proceso, es muy importante que no las dejemos solas, hay que acompañarlas, ellas son muy generosas y están dispuestas a sacrificar, incluso su salud, por servir al Reino, por servir a la Iglesia y, sobre todo, por servir a Dios. Que esto sea verdaderamente fundamentado en el lugar que ocupan en su identidad como mujeres discípulas de Cristo, como cristianas y miembros vivos y activos de la Iglesia.

Quitémonos todo aquello que signifique acciones machistas de nuestra parte, y démosles el valor y dignidad que tienen como hijas de Dios. Rechacemos todas esas ideas y actitudes de algunos presbíteros, de decir “sólo yo pienso”, “sólo yo decido”, “sólo yo ordeno”. Al contrario, hay que introducirlas en el gran campo de la misión, del apostolado, de la organización y de la toma de decisiones en base a su gran espíritu formado.

Por otra parte, hoy, más que nunca, debemos sensibilizarnos de la situación que estamos viviendo como sociedad en torno a la mujer, que está siendo menospreciada en su dignidad como ser humano, está siendo asesinada por el hecho de ser mujer, y debemos tomar conciencia de esto.

Los efectos de la violencia son muchos y pueden tener diversas causas; por eso, es urgente que nos eduquemos en el ámbito personal, social, familiar, de noviazgo, de amistades, de estudios y de trabajo, para valorarlas como lo que son, fuente de vida.

Ellas tienen una tarea protagónica y deben descubrir su grandeza, viviendo conforme a su dignidad, respetándose, dándose a respetar, respetando a los demás y exigiendo el respeto que merece.

Que todo esto nos sirva para ser más incluyentes y crear conciencia de la importancia de su presencia y participación en la Iglesia y en la sociedad, y que el Señor, por la intercesión de su Santísima Madre, no ayude a erradicar el terrible mal de la violencia y el maltrato contra las mujeres.

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