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Todas las cosas de la creación son hijos del Padre y hermanos del hombre. Dios quiere que ayudemos a los animales si necesitan ayuda

La iglesia y el animalcentrismo

Román Ramírez Carrillo

A partir de la década de 1970, los intelectuales comenzaron a producir estudios sobre las relaciones entre humanos y animales, y esto influyó en el surgimiento de investigaciones en ciencias humanas y sociales. Se dan así los Animal Studies que reivindican el mejorar la condición animal y, acogen a asociaciones protectoras de animales y a activistas en favor de los animales.

Se trata, de un interés legítimo, en la medida que pone en evidencia sobre todo ante las generaciones más jóvenes, el modo actual en que los animales, así como la naturaleza, son tratados.

A partir de esta mayor sensibilidad por los animales, algunos grupos han comenzado a ocuparse de un modo más activo del problema de las condiciones de vida de los animales sometidos, y se han propuesto, la conformación de movimientos en su defensa y de sus “derechos”, al tiempo que promueven su “liberación”.

El pensamiento filosófico

Para ello se han servido, del pensamiento filosófico que ya previamente existía respecto de la cuestión del “estatuto ontológico y moral de los animales”, por ejemplo, la perspectiva aristotélica-tomista. Para esta corriente de pensamiento lo fundamental es que los animales son vivientes, es decir, habitantes de un mundo natural ordenado, capaces de sentir así como experimentar alguna forma, aunque elemental, de vida mental.

No son, sin embargo, sujetos de su propia vida, al modo que en que sí lo son los animales racionales o las personas. No son, por lo tanto, sujetos morales ni tienen derechos, aunque no es propio de los seres racionales —por respeto a sí mismos— hacerlos sufrir innecesariamente.

Pero llegó la posmodernidad para arrasar y poner en el centro de la discusión la “cuestión animal”.

La enseñanza de la Iglesia

El Magisterio, se incorpora al debate sobre la ‘cuestión animal’ a propósito de la ‘cuestión del hombre’, es decir, en el marco de una reflexión sobre la dignidad de la persona humana, no en razón de un interés por el animal mismo. Su perspectiva, por lo tanto, es humanista, aunque de carácter teocéntrico.

Aborda la ‘cuestión animal’, como una parte, de la bioética humanista. Así, cuando se interroga, por ejemplo, sobre los límites de la experimentación científica en los animales, lo hace, sobre todo, para que resulte más evidente su diferencia en relación con la naturaleza humana y su dignidad; en consecuencia, lo hace con un interés indirecto.

La Iglesia afirma que el animal forma parte de la Creación; es decir, que posee una naturaleza, que al ser buena de suyo merece aprecio y benevolencia por parte de los hombres.

El Catecismo lo expone así: “Los animales son criaturas de Dios, a las que rodea Él de su solicitud providencial (cf. Mt 6, 16). Por su simple existencia, lo bendicen y le dan gloria (cf. Dn 3, 57-58). Y más adelante: «Los animales están confiados a la administración del hombre que les debe benevolencia» (n.2457).

Desde el punto de vista del Magisterio, entonces, tendríamos ciertos deberes hacia los animales, cuyo cumplimiento sería obligatorio moralmente hablando: de modo que podemos usarlos pero no debemos hacerlos sufrir inútilmente ni sacrificar sin necesidad sus vidas (Catecismo, n.2418).

La doctrina magisterial sobre los animales puede resumirse así: el animal es una realidad ‘viva’ que, como tal, forma parte del orden natural de la Creación. No es, sin embargo, una ‘persona’, de modo que puede ser usada por el hombre, aunque con los límites que éste se autoimpone por respeto a su propia dignidad.

Los santos y los animales

San Francisco de Asís: “Todas las cosas de la creación son hijos del Padre y hermanos del hombre. Dios quiere que ayudemos a los animales si necesitan ayuda. Cada criatura en desgracia tiene el mismo derecho a ser protegida”.

San Antonio Abad: Defensor y sanador de animales. Representado con un cerdo a sus pies, curaba a los animales heridos.

San Roque: En aquella época, una epidemia de peste asolaba La Toscana y Roque se dedicaba a cuidar a los enfermos. Roque contrajo la peste y, para evitar infectar a otros vecinos de la localidad, se retiró a una cueva en el bosque. Hasta allí iba cada día un perro a llevarle pan y lamerle las heridas. El perro, llamado Melampo, pertenecía a un rico hombre del pueblo, quien, decidió seguirlo. al ver cómo Melampo le lamía las llagas y alimentaba a Roque, y decidió acogerlo en su casa, donde lo cuidó.

San Jerónimo: es uno de los 4 Padres de la Iglesia. Siempre se le representa acompañado de un león porque cuenta la historia que le sacó una espina de una pata a un león herido y, desde ese momento, el animal lo siguió mansamente, sin separarse nunca de él.

Acerca de Monserrat Cuevas

Lic. Ciencias de la Comunicación | Reportera en Acción | Temas sociales, busco historias de vida que contar.

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