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Sin duda alguna es la fuerza y consuelo que nos concede el Señor a través de su Palabra, de su Cuerpo y su Sangre que nos alimenta y nos impulsa a seguir respondiendo a su llamado, a seguir dando lo mejor de nosotros mismos en toda actividad que realicemos

Un suspiro de Eternidad

Francisco Josué Navarro Godínez, 2° de Filosofía

Hace unos años descubrí cierta canción de un famoso cantante español, me agrada mucho el ritmo, sin embargo, la letra no me convence del todo pues en el coro dice: «… el cielo puede esperar…», entonces pensaba, ¿habrá acaso algo más importante que el cielo, o sea estar en la presencia de Dios, como para postergar esa alegría? Desde luego sólo es una canción, pero refleja mucho de verdad en ella, de los sentires de tantas personas que se han olvidado de que estar en el cielo es posible aún estando en esta vida terrena, ¡tenemos la Eucaristía!, signo visible de la presencia de Cristo; en la Santa Misa se une el cielo con la tierra, podemos estar desde ahora en la presencia del Dios vivo.

Nosotros como seminaristas, como cristianos, no podemos desperdiciar esta gran oportunidad. Es por eso que después de haber consagrado nuestro día al Señor, justo después de que escuchamos “su voz” (campana) que, aunque ruidosa, siempre es esperanzadora, y que hemos tenido un diálogo profundo con Él a través del rezo de la Palabra de Dios en la Liturgia de las Horas y la meditación del Evangelio, destinamos un momento de nuestro día para ser testigos del milagro más sublime que podemos presenciar, el Santo Sacrificio, vivimos entonces un anticipo del gozo que se tiene plenamente en el cielo.

El amor a la Eucaristía

Aquel que ha sido llamado a dedicar su vida al Señor como ministro suyo, dispensador de los sacramentos, debe ser amante de Jesús Eucaristía, pues si no lo es, desdiría la propia naturaleza de su vocación. Qué gran misterio es al que nos adentramos y qué gran regalo es el que Cristo nos quiere otorgar: ser pontífices (puentes) entre Él y su pueblo amado, ser quienes lo hagan presente en «el pan nuestro de cada día» (Mt. 6, 11), y así, repetirle las bellas palabras expresadas por el sacerdote y poeta Alfredo R. Plasencia:

«¿Tú sostienes el orbe con un dedo?… 

Eso, a decir verdad, no es maravilla.

Puedo yo más que tú. Yo soy de arcilla

y ya lo has visto en el altar: ¡te puedo!

¿Piensas poder más tú? Te desafío;

y si es así que tu potencia es mucha,

lucha conmigo, vénceme en la lucha

y a ti no más te ame Jesús mío.»

 Debemos ser locos enamorados por la Eucaristía, mas ¿cómo lo lograremos? sólo teniendo ese continuo contacto con Él, con su misterio de amor; ¡el Dios inmenso se encarcela en el Pan! y como Sublime Alimento, para nuestro camino, se da…

¿Quiénes estamos y por qué?

Días atrás un compañero, mientras esperábamos que iniciara la Misa, me comentaba: «Paco, te has puesto a pensar qué dichosos somos, aquí están reunidos los futuros pastores, quizás hasta uno que otro Obispo», ¡esto es cierto y muy alentador! pero lo más relevante no es quienes están allí, sino el motivo por el cual estamos reunidos: dar gracias y adorar a Aquel por quien «vivimos, nos movemos, y somos» (Hch. 17, 28a).

Recuerda que el cielo no puede esperar, ¡el cielo puedes vivirlo desde ahora!

¡Oh Señor, haz que nuestro corazón arda de amor por ti! Que al celebrar los misterios de tu pasión, muerte y resurrección nos veamos siempre fortalecidos; que tu gracia sea como la gasolina que impulse el carro de nuestras vidas y que optemos siempre por tomar la autopista más segura, rápida y hermosa, que es la Eucaristía, para llegar al cielo prometido. (cf. beato Carlo Acutis).

Acerca de Monserrat Cuevas

Lic. Ciencias de la Comunicación | Reportera en Acción | Temas sociales, busco historias de vida que contar.

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