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¿Cuáles son las tres actitudes que debemos tener para una buena confesión? ¿Por qué es importante que nos reconciliemos con Dios y con nuestros hermanos?

¡Una vasija reconstruida!

Francisco Josué Navarro Godínez,

2° de Filosofía

¿Cuánto es capaz de amar un padre a su hijo? ¿Acaso la madre ignora las fallas de éste o a causa de éstas le ama menos? Tengo la certeza de que el amor de nuestros padres se mantiene constante a pesar de nuestros errores, pues ellos sólo quieren que seamos mejores cada día y buscan siempre nuestra felicidad. ¡Imaginemos cuánto mayor es el amor de Dios por nosotros!

Vienen a mi memoria aquellas bellas palabras que son parte del himno compuesto para el Año Santo de la Misericordia, hace casi un lustro atrás, donde era constante un versículo del salmo 135 durante todo el canto: «In aeternum misericordiae eius», cuánta verdad hay en estas letras escritas por el salmista inspirado por el Santo Espíritu, es eterna la misericordia de Dios, ya que no conoce principio ni final.

Dios es Amor (1 Jn. 4, 8b) y quiere demostrarnos cuánto nos ama a través de su perdón, y así hacernos partícipes de su gracia santificante.

Dios busca nuestra amistad

A diario nos equivocamos, nos rehusamos a obrar el bien, sin embargo, allí está Cristo en la persona del sacerdote que nos reconcilia con Dios restableciendo nuestra amistad. Cuando recién comenzaba mi formación platicaba con un amigo sacerdote y le decía: “Padre, ahora que estoy en el seminario, ¿de qué me voy a confesar?” Sí, que iluso fui, pues vivir en la casa del Maestro no nos exenta de esa lucha constante por la gracia.

El sacramento de la Reconciliación se administra todos los días tras las puertas de este recinto sacro, ya que, para poder participar plenamente de la Eucaristía, momento primordial de nuestro día, es necesario periódicamente recurrir al encuentro de la Misericordia.

Recuerdo la expresión de algunas personas que en alguna ocasión me vieron confesar, era de extrañeza, pues, aunque en muchos cause asombro, ¡los seminaristas también nos confesamos!

Como cristianos, como futuros dispensadores del perdón de Dios, debemos experimentar en carne propia ese divino amor.

Si me preguntas: Paco, ¿cuál es una de tus experiencias más bellas? Sin duda es escuchar, después de confesar mis pecados, ¡Dios te ama, vete en paz! Algo que nadie más que Él me puede conceder: el amor y la paz, entonces mi voz se une a la del salmista diciendo: «Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia». (Salmo 135, 1)

Tres actitudes para una confesión eficaz

  1. Humildad. Somos seres perfectibles (llamados a ser perfectos, cf. Mt. 5, 48), que luchamos por ser mejores, pero para logarlo es necesario echar un vistazo a nuestro interior, a lo más profundo: nuestras conciencias, reconocer con sencillez nuestras equivocaciones y haciendo el firme propósito de corregirnos, de no volver a fallar, y dirigir nuestros pasos hacia el confesionario, allí Cristo nos estará esperando con los brazos abiertos. Muchos dirán: “Pero el que está allí es otro hombre pecador”, ¡cierto, lo es! y ese hecho manifiesta aún más el amor de Dios, pues se vale de él para mostrarnos su misericordia, el sacerdote más que nadie conoce lo que es estar en constante batalla y por eso nos comprende, pues, si el Señor hubiera dispuesto a un ángel para esta tarea, ¿ese ser casi perfecto comprendería nuestra perfectibilidad?
  2. Confianza. Al abrir nuestros corazones lo debemos hacer con esta actitud, pues no seremos juzgados sino perdonados y sanados. Los pecados allí confesados son escuchados, absueltos y olvidados. ¿A Dios le interesará recordárnoslos? ¡No! Él solo quiere amarnos, restablecer su alianza con nosotros.
  3. Arrepentimiento. Con un verdadero deseo de conversión expresamos al Amor, cuánto es que nos pesa no haberle correspondido de la mejor manera y así tomamos la decisión de comenzar de nuevo, asumiendo las consecuencias de nuestras faltas, reparándolas en la medida de lo posible y proponiéndonos no volver a fallarle.

Recordemos que «Dios no se cansa de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de pedirle perdón», (S.S. Francisco) acerquémonos pues a recibir su misericordia, con humildad, confianza y arrepentimiento, ¡no hay nada por perder, pero sí mucho por ganar!

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