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¡Alto al Fuego!… El hogar, escuela de paz

«Resistir a la tentación del odio. Rechazar siempre la violencia como solución a los problemas… y obrar en la sociedad, inspirándose en los principios de la solidaridad, la justicia y la paz» Papa Benedicto XVI

Fernando Díaz de Sandi Mora

A lo largo y ancho de este mundo se respira un ambiente enrarecido, un entorno brumoso con una insaciable lucha de poderes, de avaricia y ambición, de intolerancia y soberbia, de violencia y muerte.

Desde el interior de los hogares, al seno mismo de las familias, el lugar que se supone debería ser el más seguro del mundo, se viven incontables situaciones de violencia, maltrato y ultraje a la dignidad de la persona. Nuestro mundo está en guerra, en manos de una ira descontrolada y un salvajismo irracional ni siquiera digno del reino de los animales. Solo la especie humana tiene comportamientos violentos, ningún otro animal incurre en este tipo de conductas. La violencia, por tanto, es aprendida. Nadie nace violento, sino que es su entorno y su cultura los que inculcan esta triste manera de resolver las situaciones, o que hoy en día se ha convertido incluso en un modo de “ganarse la vida” a costa de acabar con la vida de otro ser humano.

¿En dónde hemos aprendido esta indeseable forma de vida? ¿Cómo es que hemos llegado a este punto?

Los padres de familia, afanados en dar a los hijos “lo necesario” (un hijo no necesita un costoso celular o un impagable aparato de videojuegos), descuidan la parte de la presencia, de los límites, de la inoculación de valores y principios de respeto, de las buenas maneras para resolver los conflictos. Nuestros niños crecen observando en muchas pantallas escenas de narco-novelas, escuchando narco-corridos, pasando interminables horas “matando” por puntos en los juegos de video; y para colmo de males, muchos de nuestros niños tienen primera fila para observar las peleas, gritos e insultos mutuos de los padres estresados, agobiados y siempre preocupados.

La violencia comienza en el momento en que las personas dejan de hablarse o ya ni se saludan; la violencia tiene su raíz en la falta de diálogo al interior de las familias cuando las personas se gritan, o cuando estamos disque reunidos pero cada quien con su celular ignorando a los presentes. La violencia comienza cuando no escuchamos, cuando dejamos de ver las necesidades del otro.

Hagamos el compromiso de iniciar una verdadera campaña de paz. Llena tu casa de letreros con mensajes positivos, cambiemos una hora de televisión por al menos 5 minutos de oración en familia, aprendamos a dialogar para resolver las situaciones, descansa más, duerme más, deja de escuchar música o ver programas que demuestran la violencia y la muerte como estilos de vida, en fin… vamos a remar contra corriente y hagamos de nuestros hogares, una escuela de paz. ¡Alto al fuego!

Acerca de Rebeca Ortega Camacho

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