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Dios nos ensancha el corazón para curar y salvar

XXIII DOMINGO del TIEMPO ORDINARIO

Y yo, porque creo, ¿voy curando y reintegrando?

Pbro. J. Jesús Suárez Arellano

¿QUÉ NOS DICE DIOS ESTE DOMINGO?

Isaías 35, 4-7a: A quienes se les está empequeñeciendo el corazón, Dios les anuncia que hará escuchar al sordo, ver al ciego y saltar al cojo…

Salmo 145: El Señor es fiel, es justo, cura a los enfermos, alimenta a los hambrientos, libera a los cautivos, anima y da fuerza a los débiles, protege a los desvalidos y peregrinos, ama a los justos y frustra los planes de los malvados…

Santiago 2, 1-5: No tengan favoritismo por los ricos, antes bien procuren enriquecerse de la fe y sepan que Dios ama a los pobres y que son herederos del Reino…

Marcos 7, 31-37: Jesús, con mucho tacto y con su contacto, cura a un hombre sordo y tartamudo… Lo hace escuchar y le suelta la traba de la lengua… Su “effethá – ábrete” también es una orden para nosotros…

REFLEXIONEMOS:

[En lo que hemos leído de Marcos, Jesús ya ha curado a un leproso, un paralítico, un hombre con la mano atrofiada, una hemorroísa y ha hecho numerosas curaciones físicas y psíquicas, incluso resucitó a la hija de Jairo… Todos estos milagros los ha realizado con una facilidad y sencillez impresionantes si los comparamos con la “complicada” curación del sordomudo de hoy (por cierto, un texto propio de Marcos).

En un primer momento, podemos entender que Jesús cura al sordomudo para cumplir la profecía de Isaías (primera lectura) evidenciando que los tiempos mesiánicos han llegado, también para manifestar que Dios no rechaza a nadie sino que quiere formar un pueblo donde no haya excluidos, dicho sea de paso que Jesús va en contra de la postura oficial que margina a los enfermos en nombre de Dios…

Pero, para comprender mejor el significado de este milagro “difícil”, leamos lo que Jesús dice a sus discípulos en Mc 8, 17-18.  Él había encontrado dificultad para que sus discípulos percibieran lo que él quería mostrarles de su persona, misión y doctrina, por eso les reprocha que no entienden, no ven y no escuchan.  Ya desde el Antiguo Testamento la ceguera y la sordera simbolizaban la resistencia a la Palabra de Dios.  Hay otra narración de milagro “difícil” justamente después de este reclamo, la del ciego en Mc 8, 22-26 (que, por cierto, no leeremos en los domingos, así que conviene que la compares en particular).  Cuando estas dificultades han terminado en el grupo de seguidores, se nos narra el último milagro de curación de Marcos, la del ciego Bartimeo, Mc 10, 46-52 (texto que leeremos y meditaremos en el domingo XXX), de un modo totalmente distinto.  Recordemos que las narraciones de los milagros de Jesús no son solamente crónicas de hechos históricos sino que, además, tienen significado simbólico y aplicación en nuestras vidas.  También nosotros podemos resistirnos a descubrir quién es realmente Jesús y, por eso, necesitamos un “proceso especial”: acercarnos a Jesús en particular, dejándonos acompañar-guiar por otros, dejarnos tocar por él, avanzar paso a paso hacia la “salud” dejando nuestras viejas seguridades y, finalmente, seguir los pasos de Jesús sirviendo a otros hermanos

Llama la atención que Jesús les manda guardar el “secreto mesiánico”.  Él no quiere que piensen que su misión como Mesías consiste en resolver todos los problemas y males físicos, saciar el hambre y curar a todos los enfermos del mundo, tampoco quiere que lo confundan con un aspirante a puestos políticos por su popularidad… Él deseaba que sus seguidores comprendieran que él venía como médico y no como juez, que debían convertirse a Dios, superar el pecado y acompañar a sus prójimos que transitan por el dolor, la pobreza, la enfermedad y la muerte en su camino hacia el Paraíso… No podían aceptar un salvador que no viniera a convertir este mundo en un paraíso y a hacer más confortables sus vidas y que pidiera el compromiso de tener vidas útiles… ¿Nosotros sí lo aceptamos o nos inventamos uno a la medida de nuestros deseos?]

Isaías nos invita a confiar en la acción salvadora de Dios… ¿Algunas veces se me apoca el corazón?

Santiago nos invita a entender que todas las personas poseemos ya la dignidad de hijos de Dios. No necesitamos de riquezas y lujos para valer y las posesiones materiales no nos hacen mejores que otros…

A veces tenemos vista y oído selectivos: sólo vemos y escuchamos lo que nos conviene… y, obvio, no hablamos con todos y ni actuamos en favor de todos… ¿Me ha pasado?

En el Evangelio vemos al Maestro reintegrando a la comunidad a un hombre disminuido… al darle la capacidad de escuchar y de hablar, canales muy importantes para comunicarse bien con todos a su alrededor, le devuelve su dignidad de persona… ¿Conozco personas que son excluidas de la comunidad por alguna situación personal?

Necesitamos que Jesús también nos abra los oídos y nos haga escucharlo y escuchar a nuestros prójimos… así podremos hablar y actuar bien, sin dificultad… ¿Qué dificultades (internas) tengo para “escuchar” y “hablar”?

La Palabra de hoy es una invitación a realizar un proceso de descubrir y, si es necesario, recobrar la dignidad que tenemos ante Dios: 1. Hemos de crecer interiormente; comenzando por reconocernos como de corazón apocado, como sordos, mudos y ciegos… 2. Hemos de “contactar” a Dios y dejarlo que actúe y nos transforme, que nos devuelva y plenifique nuestras capacidades; sólo su gracia nos vuelve ricos y fecundos… 3. Una vez salvados y renovados integralmente, hemos de trabajar para que Dios pueda reinar en nuestros hermanos y sus contextos…

Dios, sin duda, hace su parte… Pero nosotros hemos de disponernos a escucharlo, dejarlo actuar sin oponerle resistencia, obedecerlo y compartir nuestra experiencia…

El mensaje de la Palabra que se nos ha dirigido hoy nos recuerda las convicciones de María expresadas en su cántico “Mi alma glorifica al Señor”… Ella reconoce las maravillas que el Señor hace en ella y en su pueblo… Ella no sólo lo deja actuar, sino que también colabora, se dispone a escuchar la Palabra y a cumplirla como esclava… ¿Tengo esta actitud mariana?  ¿Puedo cantar como Nuestra Madre una Acción de Gracias por su acción en mi vida?  ¿Reconozco que el Reino de Dios ha llegado a mi vida?

Urge que nos abramos a la acción de Dios ya que Él nos lleva a desarrollarnos como personas plenas y quiere que logremos ser agentes comunitarios… Sólo alguien “trabajado por Dios” puede ser más incluyente, sensible a las necesidades de los demás, positivos y propositivos para el crecimiento de todos y cada uno en nuestras comunidades… Eso no quiere decir que solucionaremos todos nuestros problemas personales y sociales sino que a pesar y a través de ellos avanzaremos hacia nuestra salvación…

Otra posible línea de reflexión pudiera ser: Dios nos hizo para vivir en comunidad… ahí está también Su Voz, no podemos ser indiferente a ella ni pasar por encima de ella… Somos servidores de nuestros hermanos, no sus jueces… Si de verdad nos sentimos salvados por Dios tenemos que promover su Vida en todos…

PARA QUE TE ENCUENTRES CON DIOS, TE PROPONEMOS ALGUNOS EJERCICIOS PARA ESTA SEMANA:

1.     Anota qué características del hombre sordo y tartamudo del Evangelio tienes en tu vida:

¿En qué me encuentro “atorado” en mi vida?

¿Qué “defectos” me impiden convivir adecuadamente con las personas a mi alrededor?

Dios da vida y nos quiere plenos… ¿Qué áreas de mi humanidad he de desarrollar: mi estilo de comunicación, el manejo adecuado de mis sentimientos, la construcción de una sana autoestima, el especificar mi proyecto de vida, el cultivar mi sentido de trascendencia, etc.?

Date cuenta que sólo creciendo en estos aspectos, podrás ser alguien “comunitario” y capaz de tratar a todos por igual sin importar su condición, clase social o aspecto…

2.     Lee un libro de Desarrollo Humano… Por ejemplo, un libro del P John Powell S. J. o de Luis Jorge González OCD.

3.     Da un paseo por tu colonia y descubre a qué te llama Dios a través de lo que ves y escuchas…

4.     Durante esta semana, en tu oración, ve haciendo una comparación entre las lecturas de hoy y el “Magnificat” de María… (Cfr. Lc 1, 46-55)

También puedes orar repetidamente:

“Jesús, Amigo mío, sé que no soy perfecto ni vivo en un mundo perfecto. Mientras camino hacia el Cielo con otros hermanos imperfectos, te pido: Libéranos de nuestra sordera para escucharte a ti y escucharnos entre nosotros.  Líbranos de ser mudos para que podamos hablarnos los unos a los otros de tu Reino.  También quítanos los prejuicios que nos llevan a excluirnos y marginalizarnos entre nosotros.

Como al hombre sordo y tartamudo del Evangelio, acércate a mí, toca mi lengua y mis oídos y pronuncia tu “¡Effetá, Ábrete!”

Fortalece mis piernas para ir al encuentro de los demás con sinceridad.  Sana mis manos para que trabajen por ti en los hermanos que necesiten alimentar su cuerpo y su corazón. Haz que crezca mi capacidad para escuchar y meditar tu palabra de modo que pueda conocerte cada vez más y sembrar tu mensaje de forma más auténtica.

Tú me pides que dé testimonio de ti a los que no te conocen, me envías a confortar dolores y sufrimientos, a ayudarte a construir un mundo de unión, respeto y dignidad, en fin, a  transmitir tu Evangelio.

Gracias, Señor, por sanarme y hacerme tu discípulo misionero. Contágiame de tu amor para ayudarte a amar y sanar a mis hermanos de sus discapacidades espirituales.  Amén.”

Acerca de Gabriela Ceja Ramirez

Lic. en Comunicación | Especializada en Comunicación Pastoral, por el ITEPAL y la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, Colombia | Editora de Semanario Arquidiocesano de Guadalajara.

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