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LA CONVERSIÓN DE SAN PABLO

Pbro. Adrián Ramos Ruelas

Al comenzar un nuevo año acostumbramos hacer propósitos para ser mejores personas en diferentes aspectos: alimentación, finanzas, relaciones familiares, deporte, etc. Uno de esos aspectos que no deberíamos de olvidar porque es el fundamento de todos los demás es el aspecto espiritual. Para nosotros los creyentes es muy importante saber quién es Jesucristo y qué espera de nosotros. El santo Evangelio nos ayuda a confrontarnos con su propuesta de darnos vida nueva y es entonces que se hace necesaria la conversión, es decir, el volver a la fuente que es Cristo para pensar y decidir según Cristo. Conversión aquí es toda decisión o innovación que de alguna manera nos acerca o nos conforma más con la vida divina.

San Pablo tuvo una conversión extraordinaria. Cada 25 de enero recordamos en la liturgia el día en que fue alcanzado por Cristo.

El relato de la conversión de San Pablo que encontramos en Hch 9, 3-6, llamado “el evento de Damasco” es el parteaguas en la vida de este apóstol.

“Sucedió que, yendo de camino, cuando estaba cerca de Damasco, de repente le envolvió una luz venida del cielo, cayó en tierra y oyó una voz que le decía; ‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?’ Él preguntó: ‘¿Quién eres, Señor?’ Y él: ‘Yo soy Jesús, a quien tú persigues’. Pero levántate, entra en la ciudad y te dirán lo que debes hacer”.

Este encuentro con Cristo que no se esperaba, pues era perseguidor del nuevo movimiento que llamaban “el Camino”, es el comienzo de una vida de fe diametralmente opuesta: el que antes atacaba a Cristo en su Cuerpo, es ahora el apóstol de Jesucristo, uno de los fundadores de comunidades cristianas vivas; un escritor de la gracia y misericordia divinas; un acérrimo defensor de la presencia de Cristo en nuestras vidas, que quiere también que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad(cf. 1Tm 2,3-4).

La conversión de San Pablo ha inspirado a muchos hombres como San Agustín y a San Ignacio de Loyola a vivir como hombres nuevos. Los ejercicios espirituales, retiros o encuentros que normalmente tenemos en la parroquia son una gran oportunidad para encontrarnos con el Señor y volvernos a Él.

¿Qué podemos aprender de San Pablo?

  1. A vivir nuestra fe con convicción. Necesitamos el fuego del Espíritu Santo para superar nuestra mediocridad. 
  2. Su vida de comunión con Cristo. Decía: “Vivo, ya no yo; es Cristo quien vive en mí” (Ga 2,20).
  3. A realizar grandes obras. Cuando se es conquistado por el amor de Dios se acepta cualquier dificultad con tal de que se conozcan sus maravillas.

Acerca de Miroslava Flores Torres

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