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Mi Vocación. Dios llama en el silencio

Una vida de silencio para escuchar a Dios… como San José (Mt. 1,18-25; 2,13-15)

Pastoral Vocacional

Nada nos dijo pero con su ejemplo nos lo dijo todo. Más que el más brillante de los discursos fue su testimonio callado y lleno de amor.

El silencio es un tesoro de infinito valor. Cuando estamos en silencio somos más auténticos, somos lo que somos realmente.

 El silencio es algo vital en nuestra existencia para encontrarnos con nosotros mismos. Es poder darle forma y respuesta a las preguntas que van amalgamando nuestro vivir. ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? Y va a ser en ese silencio donde vamos a encontrar las respuestas, no en el bullicio, en el ajetreo, en el nerviosismo, la música ruidosa, en el “acelere” de la vida inquieta y conflictiva porque es en el silencio y por el silencio donde se  escucha la voz de Dios pues bien dicen que “Dios habla quedito”

Las almas grandes no lo van gritando por las plazas y caminos, se quedan en silencio para poder hablar con Dios y Dios sonríe cuando las mira.

Urge silencio para oír a Dios en la oración aunque parezca ausente

El Papa Benedicto XVI señaló que el silencio interior y exterior es imprescindible para abrir la profundidad del ser de cada uno a Dios, que siempre acompaña especialmente en la oscuridad del dolor.

“La dinámica de la palabra y el silencio, que marca toda la oración de Jesús, y concierne también a nuestra vida de plegaria en dos direcciones”.

“La primera es la disposición para acoger la Palabra de Dios. Es necesario favorecer el silencio interior y exterior para que dicha Palabra pueda ser escuchada. Con frecuencia, los Evangelios nos presentan al Señor que se retira solo a un lugar apartado para orar”.Lc. 6,12,  Mc. 1, 35

“El silencio tiene la capacidad de abrir en la profundidad de nuestro ser un espacio interior, para que Dios habite, para que permanezca su mensaje, y nuestro amor por Él penetre la mente, el corazón, y aliente toda la existencia”.

Un corazón atento, silencioso, abierto, es más importante que muchas palabras. Dios nos conoce por dentro, más que nosotros mismos, y nos ama: saber esto debería ser suficiente”.

Es el mismo Señor quien enseña a orar, como es amigo, interlocutor y maestro. “En Jesús se revela la novedad de nuestro diálogo con Dios: la oración filial, que el Padre espera de sus hijos. Y de Jesús aprendemos cómo la oración constante nos ayuda a interpretar nuestra vida, a cumplir nuestras opciones, a reconocer y a aceptar nuestra vocación, a descubrir los talentos que Dios nos ha dado, a cumplir cotidianamente su voluntad, único camino para realizar nuestra existencia”.

Jesús nos indica que tenemos necesidad de detenernos, de vivir momentos de intimidad con Dios, ‘desconectándonos’ del ruido de cada día, para escuchar, para llegar a la ‘raíz’ que sostiene y alimenta la vida.  Que el silencio escuchemos lo que Dios quiere de cada uno de nosotros.

Acerca de Rebeca Ortega Camacho

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