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San Justino Orona y San Atilano Cruz, mártires mexicanos.

San Justino Orona Madrigal

Pbro. Adrián Ramos Ruelas

Nacido en Cuyacapán, en el municipio de Atoyac, Jalisco, con el apoyo de su párroco, Secundino Flores, Justino Orona ingresó al Seminario de Guadalajara en octubre de 1894.

Fue ordenado sacerdote el 7 de agosto de 1904. Cantó su Primera Misa en Atotonilco el Alto, Jal.

Fue párroco de Poncitlán, de Encarnación de Díaz, párroco interino de Cuquío, donde sirvió hasta el día de su muerte.

Al llegar ahí ciertamente no fue bien recibido, porque los feligreses estimaban mucho al párroco anterior y no estaban de acuerdo con el cambio. Con humilde sencillez les expresó desde el púlpito: “Yo no podría llenar el vacío de los corazones, y me siento incapaz de llenar el hueco que deja mi buen antecesor”.

En Cuquío tuvo el encargo de atender al pequeño grupo de seminaristas que se estableció allí durante los años de persecución; además favoreció la fundación de la comunidad religiosa de las hermanas “Clarisas del Sagrado Corazón”, para la atención de las escuelas de niños pobres y de asilos para ancianos.

Se destacó como pastor siempre dispuesto a atender a los enfermos aun en las horas avanzadas de la noche y hasta los ranchos acudía para administrarles los sacramentos.

Amó entrañablemente a su parroquia de San Felipe en Cuquío. Ante el inminente peligro por la persecución dijo a su compañero de ministerio: “Yo entre los míos, vivo o muerto”.

Toribio Romo, santo mártir también, que fue vicario en Cuquío, relata la constante persecución que él y su buen párroco soportaron.

Fue ultimado junto con su hermano José María Orona y con otro santo mártir, Atilano Cruz, su vicario, EL 1º de julio de 1928.

Un burro cargó el cuerpo del señor cura, por lo que sus manos y su pies fueron arrastrando por el camino y llegaron muy destrozados, marcando con sangre la tierra de Cuquío como su última bendición.

Sus restos y los de Atilano se guardan con respetuosa veneración.

El Seminario Auxiliar en Cuquío ha sido un semillero importante de vocaciones a la vida sacerdotal, en gran parte por el testimonio de estos grandes presbíteros.

¿Qué podemos aprender de él?

  1. Su abnegación. Sufrió humillaciones por los mismos fieles que no querían recibirlo. Al final, terminaron aceptándolo y venerándolo.
  2. Su valentía. Como todos estos testigos, no lo detuvo la difícil situación por la que atravesaba su feligresía para realizar sus tareas pastorales.
  3. Su delicadeza con los enfermos. No escatimó esfuerzos para atenderles ni de día ni de noche.

Acerca de David Hernandez

Lic. en Filosofía por el Seminario de Guadalajara | Lic. en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Veracruz | Especialista en temas religiosos | Social Media Manager

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