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3. Su sabiduría divina. Ni siquiera los lazos de la carne fueron tan fuertes como aquéllos del espíritu a la hora del sacrificio. ¡Qué admirable entereza! / Fotografía; Archivo

Santas Perpetua y Felícitas

Pbro. Adrián Ramos Ruelas

“Alégrense y regocíjense” (Mt 5,12), dice Jesús a los que son perseguidos o humillados por su causa. Esa alegría y regocijo lo vivieron antes del martirio y, de seguro, posteriormente estas dos santas africanas, Perpetua y Felícitas que, en expresión de San Agustín, realizaron su nombre juntas: “Perpetua Felicidad”.

Un día antes de la celebración internacional del Día de la Mujer, el 7 de marzo de cada año, la Iglesia recuerda con honor la gloria alcanzada por este par de mujeres cristianas, cuya vida ofrecida y entregada quedó constatada en las Actas o Pasiones de los Mártires, documentos históricos y testimonios directos de cómo confesaron la fe tantos que murieron por Cristo. Estas actas, ordinariamente provienen de copias de protocolos notariales romanos. Son, por tanto, documentos públicos auténticos.

Durante la persecución del emperador Severo, fueron arrestados en Cartago cinco catecúmenos a principios del siglo III. Eran estos Revocato, Felícitas (su compañera de esclavitud, que estaba embarazada desde hacía varios meses), Saturnino, Secúndulo y Vibia Perpetua.  Esta última tenía 22 años de edad, era madre de un pequeñín y tenía buena posición. A estos cinco se unió Sáturo quien les había instruido en la fe y se negó a abandonarles.

Perpetua y Felícitas fueron acometidas por una vaca y posteriormente decapitadas. Pudieron vencer todas las contrariedades y la oposición, hasta de sus mismos familiares, para no claudicar. Su fe puesta en Cristo, su confianza en la providencia con respecto a sus familias (una de ellas estaba encinta) después de su muerte y el ejemplo que darían a las futuras generaciones, hoy las deja ver como verdaderas heroínas y modelos para las mujeres que dan la vida por su fe.

Estas dos mujeres, la una rica e instruida y la otra humilde y sencilla sirvienta, jóvenes, esposas y madres, sacrificaron un medio siglo que les podía quedar de vida en esta tierra y llevan más de 17 siglos gozando en el Paraíso eterno.

¿Qué podemos aprender de ellas?

1.- Su profunda y acrisolada fe. Su vida es testimonio puro de fidelidad a Cristo.

2.- Su amor maternal. Supieron combinar muy bien su ternura femenina con la virilidad masculina. Sin perder su delicadeza dieron ejemplo de extraordinaria fortaleza en su martirio.

3.- Su sabiduría divina. Ni siquiera los lazos de la carne fueron tan fuertes como aquéllos del espíritu a la hora del sacrificio. ¡Qué admirable entereza!

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