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Misiones: tiempo de dar y recibir

Juan Jesús Espinosa Pascoe, 3° de filosofía

Cuando escuchamos la palabra “misionero” podríamos imaginarnos algún fraile en las profundidades de la selva, con su cruz al pecho y un ligero morral, en medio de una aldea repleta de niños, y al fondo una pequeña choza de paja que sirve como capilla para hacer oración. No es mala la idea, pero ser misionero significa mucho más que viajar a los lugares más recónditos del planeta para evangelizar.

La actividad misionera es tarea de todos los que conformamos la Iglesia, Jesús mismo nos ha dicho: «Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos» (Mt 28, 19), más aún si hemos tenido un encuentro con Cristo, pues «no podemos dejar de proclamar lo que hemos visto y oído» (Hch 4, 20). Ser misionero brota del amor de un corazón que se ha dejado abrazar por Dios y se convierte en una labor cotidiana, compartiendo la fe primeramente con aquellos a quienes vemos todos los días.

En el seminario somos conscientes de la responsabilidad que tenemos, como hijos de Dios por el bautismo, de colaborar en la misión evangelizadora de la Iglesia. Entre las cuatro dimensiones de formación que conforman los pilares de nuestra educación en el seminario, encontramos la dimensión pastoral, cuyo objetivo nos encamina hacia la configuración con Cristo como pastor. Si Dios nos llama a ser sacerdotes tenemos que asemejarnos lo más posible a Jesús buen pastor y, aunque no es una tarea sencilla, el seminario nos brinda muchas herramientas para que logremos crecer y madurar en este aspecto. El apostolado sabatino, el año de servicio pastoral y las experiencias de misiones en la semana santa y en verano son algunas de las actividades que fortalecen nuestro caminar vocacional.

Hoy quiero hablarles sobre el tiempo de misiones que vivimos como seminaristas año con año, se trata de un momento sumamente esperado, pues, rompiendo un poquito con el ritmo ordinario, somos enviados a distintas comunidades de nuestra diócesis para compartir un poquito de nuestro tiempo, nuestra historia de vida y nuestras experiencias de fe.

Cuando llegó la pandemia a México, en marzo de 2020, se canceló nuestra salida a misiones para la semana santa y, evidentemente, también para verano en el mes de julio. Al año siguiente, en 2021, fuimos enviados a nuestras comunidades parroquiales de origen para apoyar durante los días santos y, puesto que la situación con la pandemia pintaba cada vez mejor, en el mes de julio se retomó nuestra salida a misiones como ya se acostumbraba.

Este 2022 no es la excepción, pues la pasada semana santa nuevamente hemos visitado distintos lugares de la diócesis como experiencia misionera: algunos han ido a parroquias de la zona metropolitana de Guadalajara, otros a algún pueblo en el estado de Jalisco y algunos más incluso han visitado comunidades en otros estados, como Zacatecas o Nayarit.

Siendo sincero, siempre me emociona la idea de salir a compartir con los demás lo que he podido aprender sobre Dios a lo largo de mi vida, al ir de misiones uno se dispone a dar el mejor ejemplo, estar disponible para lo que se necesite y servir con alegría a las personas con quienes se convive, sin embargo, he aprendido que es mucho más lo que uno recibe que lo que logra dar.

Aunque gustoso busco entregar todo de mí, el Señor siempre me sorprende y recompensa aún más: empaparse de la fe de la gente, aprender de su testimonio de vida, compartir un momento en la mesa, platicar con tanta familiaridad, hacer nuevos amigos, saber que hay quienes te encomiendan diariamente en sus oraciones, ser consciente de la esperanza que pone el pueblo de Dios en los futuros sacerdotes… En fin, es mucho lo que uno recibe, que no sé cómo agradecer por tanto, bueno, si sé, respondiendo con pasión y generosidad al llamado de Dios.

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