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Cuando todo parece terminar, Dios transforma

Sergio Padilla Moreno

En medio de la situación que estamos viviendo a causa de una pandemia que no parece tener fin, en los últimos meses han aparecido dos signos que iluminan: la encíclica Fratelli tutti del Papa Francisco y el inicio del Año Ignaciano.

Un punto de partida

En la historia de la salvación queda claro que Dios se hace presente, pero nos pide hacer camino y proceso, como, por ejemplo, le pasó a Abraham: “Deja tu tierra, tus parientes y la casa de tu padre, para ir a la tierra que yo te mostraré” (Génesis 12,1-2). Entonces es importante leer y estudiar lo que Francisco nos dice en la encíclica, pero hay que hacerlo vida; como también es importante aprovechar el Año Ignaciano para acercarnos y dejarnos iluminar por el proceso que vivió Íñigo de Loyola después de la grave herida que recibió en la batalla de Pamplona el 20 de mayo de 1521, cuando una bala de cañón destrozó su pierna y truncó de tajo los sueños aspiracionales de un joven vasco suspirante a gentilhombre. Todo comenzó en Pamplona, así como todo comenzó en Wuhan y en nuestro espacio y tiempo particular.

Después de las primeras y dolorosas curaciones, Íñigo es trasladado a Loyola. En los meses siguientes vivió, en opinión del P. Javier Melloni SJ, las cinco etapas de duelo que señala  Elisabeth Kübler-Ross: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. A pocos meses de los primeros tratamientos pidió someterse a una segunda intervención para romper los huesos semi soldados y recolocárselos, ante la negación e ira de verse cojo. Seguramente muchas y muchos de nosotros, en lo individual y colectivo, estamos viviendo nuestro proceso de Loyola: negación e ira frente a la pandemia y sus consecuencias, así como la incertidumbre, las dudas y los cansancios por lo que nos ha exigido la “nueva normalidad”.

El paso hacia las “nuevas normalidades”

Cuando Íñigo quedó seducido por los libros que leyó sobre la vida de Cristo y de los santos, entró, siguiendo a Melloni, en el tercer paso del duelo: la negociación, pues dejó de soñar con aventuras caballerescas, para ahora soñar, desde su “nueva normalidad”, con la aventura de la santidad. Este proceso lo llevó a dejar Loyola para ir como peregrino a Jerusalén, pero Dios lo esperaba en Manresa, cerca de Barcelona, para terminar de purificarlo y transformarlo.

El doloroso “tocar fondo”

En Manresa, el todavía impulsivo Íñigo se dio cuenta que no bastan las buenas intenciones, pues incluso en ellas el espíritu humano está sujeto a turbiedades. Constató con dolor que su conversión todavía no era del todo sincera y entró en lacuarta etapa del duelo: la depresión. Cuando tocó fondo llegó a la última etapa: la aceptación, momento en que Dios le regaló la gracia en que se le abrieron “los ojos del entendimiento” a la orilla del río Cardoner. Es entonces que Dios lo comenzó a transformar.

Los signos de los tiempos nos dicen que vale la pena que este Año Ignaciano hagamos nuestro el proceso de Íñigo de Loyola y caminar por nuestras respectivas Pamplonas, Loyolas y Manresas.

La bendición de una herida – Javier Meloni, S.J.

El autor es académico del ITESO, Universidad Jesuita de Guadalajara – padilla@iteso.mx

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