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Del hacer al Ser

¿Alguna vez te has preguntado por qué no quieres ser el segundo lugar?

Sergio Padilla Moreno

El pasado 29 de octubre se publicó en la sección de “cartas a la directora” del periódico español El País, un texto firmado por la lectora Carolina Vázquez. Vale la pena reproducir la carta para después reflexionar sobre su contenido:

“Mi hija quiere ser segundo violín. No primero ni solista, ella lo que quiere es tocar tranquila en un segundo plano, porque eso le hace feliz. Pero el mundo está hecho para los que quieren ser famosos, para los que sueñan con ser los primeros. En el colegio se premia a los que levantan la mano, los que exhiben sus logros y se sienten cómodos siendo el centro de atención. Y en lo que respecta al mercado laboral, se premia a los que alzan su voz por encima de los que hablan bajito, aunque aquellos no digan nada nuevo. Para ese mundo, convertirse en segundo violín de una orquesta no es lo que una niña debería querer ser de mayor. Pero el problema no es de ella, sino de ese mundo. Porque la maravilla de una sinfonía sólo es posible gracias a los que sueñan con ser segundos violines. Ese mundo está mal y no lo sabe. Aún”.

El deseo de sobresalir y la vanidad

La reflexión de esta lectora del periódico español puede ser analizada, sin duda, desde diversas perspectivas. Una, el acento en uno de los axiomas de nuestra cultura, que relaciona la felicidad o el sentido de la vida con ser sobresaliente en algún área o profesión y por ello ser reconocido. En cambio, el temido fracaso comienza a partir de los que ocupen el segundo lugar, pues de los subcampeones nadie se acuerda, mucho menos de quienes tienen logros por debajo de esos niveles.

¿Qué es lo que muchas veces mueve el corazón humano para querer ser el primer lugar? Me aventuro a proponer una respuesta a partir de la última frase que dice el actor Al Pacino, al interpretar a Lucifer en la película El abogado del Diablo: “Vanidad, definitivamente mi pecado favorito”.

Hacia dónde enfocamos nuestros talentos

El propio san Ignacio de Loyola fue movido en su juventud por la vanidad y el deseo de destacar, ya que, como dice el jesuita Javier Melloni: “su atención estaba puesta en sus  ambiciones, tanto políticas como matrimoniales […] El ímpetu del benjamín de los Loyola por defender la ciudadela de Pamplona en situación muy desfavorable fue la causa de su herida y de su posterior postración.”

Entonces es importante y luminoso comprender profundamente el proceso por el que el futuro fundador de los jesuitas enfrentó, primero, la herida física en Loyola y luego la herida más profunda en Manresa, cuando también se da cuenta que no está en su poder conquistar su ideal todavía narcisista de santidad y termina, después de un intenso proceso, por rendirse ante la inocencia simplemente de Ser, lo que derivará en su experiencia fundante en el río Cardoner.

Así pues, qué maravillosa libertad de la niña que quiere ser segundo violín y no poner su talento al servicio de su ego, sino de la orquesta y de la música.

El autor es académico del ITESO, Universidad Jesuita de Guadalajara – padilla@iteso.mx

Acerca de Hugo Rodríguez

Reportero y Community Manager en Arquimedios Guadalajara. | Ciencias de la Comunicación y Administración de la Mercadotecnia. | Periodismo Deportivo. | Locutor en Valora Radio y Radio María. | Reportero y Columnista en TR Fútbol.

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