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El cuidado nos hizo, nos hace y nos hará humanos

Sergio Padilla Moreno

Una de las más grandes enseñanzas que nos está dejando la pandemia es tomar conciencia, con la mente y el corazón, de que el cuidado nos hace humanos y que, por ende, el descuido nos deshumaniza. En estos días en que reflexionamos y celebramos a Dios, Uno y Trino, vale la pena recordar lo que nos enseñó San Ireneo: “la gloria de Dios es que el ser humano viva”. La vida, necesita cuidarse.

En días pasados circuló en redes sociales esta historia: “Hace muchos años, un estudiante le preguntó a la Antropóloga estadounidense Margaret Mead (1901-1978) lo que ella consideraba ser la primera señal de civilización en una cultura. El alumno esperaba que Mead hablara sobre anzuelos, ollas de arcilla o piedras de afilar. Pero no. Mead dijo que la primera señal de civilización en una cultura antigua era un fémur (hueso del muslo) roto y cicatrizado. Mead explicó que, en el reino animal, si te rompes la pierna, morís. No puedes correr del peligro, ir al río para beber agua o cazar comida. Eres carne fresca para los depredadores. Ningún animal sobrevive a una pierna rota por tiempo suficiente para que el hueso se cure. Un fémur roto que cicatrizó es evidencia de que alguien tuvo tiempo para quedarse con el que cayó, trató la herida, llevó a la persona a un lugar seguro y cuidó de ella hasta que se recuperó. Ayudar a alguien durante la dificultad es donde comienza la civilización”. Esta convicción científica de la antropóloga nos recuerda que el proceso por el que nos fuimos humanizando pasó, pasa y pasará por el cuidado.

En el Evangelio, uno de las parábolas más profundas y comprometedoras es cuando Jesús habla del “Buen samaritano” (Lc 10, 25-37), quien al ver a un hombre herido por ladrones y tirado a la vera del camino -veamos con atención los verbos que usa el evangelista- se compadeció, se acercó a él, le curó sus heridas y se las vendó, lo montó sobre su cabalgadura y lo llevó a un alojamiento y ¡lo cuidó! Cuando tuvo que marcharse, le pagó al posadero para que lo cuidara hasta su regreso. Jesús contrasta la actitud del samaritano con la de un sacerdote y un levita quienes lo vieron, pero no hicieron nada por el herido. El amor se manifiesta en el cuidado. En el cuidado de uno mismo, de los demás y de nuestro entorno. Respecto a esto último, no olvidemos que hace cinco años ya, el Papa Francisco emitió la Encíclica Laudato si’ que habla sobre el cuidado de la casa común y de la creación, donde presenta a San Francisco de Asís, como “el ejemplo por excelencia del cuidado de lo que es débil”. Hoy, este pequeño pero agresivo virus, nos demostró que todos somos débiles y que necesitamos reactivar el cuidado, si queremos seguir siendo humanidad.

El autor es académico del ITESO, Universidad Jesuita de Guadalajara padilla@iteso.mx

Haydn Die Schöpfung (La Creación)

Acerca de David Hernandez

Lic. en Filosofía por el Seminario de Guadalajara | Lic. en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Veracruz | Especialista en temas religiosos | Social Media Manager

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