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¿En qué me parezco a Ebenezer Scrooge?

Estamos en la época perfecta para reflexionar sobre el Cuento de Navidad de Charles Dickens. ¿Y si nos visitaran los espíritus de las navidades pasadas, presente y futuras?

Sergio Padilla Moreno

Hay obras de arte en el terreno de la literatura, el cine o la música, que son tan profundas y bellas que, cada vez que las volvemos a disfrutar, saben diferente. Y es que cada etapa o circunstancia que vamos viviendo hace que resuenen en nosotros de diverso modo e intensidad. Todo esto viene a colación a partir de haber leído, una vez más, el bello “Cuento de Navidad” (A Christmas Carol ) del británico Charles Dickens, quien la escribió en 1843.

¿A caso nos falta empatía?

Ahora que estamos a unos días de vivir una Navidad tan peculiar, en el contexto de un año muy difícil, vale la pena volver a este texto desde la siguiente clave de lectura: ¿Qué tanto tenemos cada uno de nosotros de Ebenezer Scrooge, el protagonista de la obra? y, en consecuencia, ¿qué tanto hemos provocado, en cierto sentido, esta crisis a la que nos metió el virus? Pues uno de los signos de estos tiempos, tal como lo dijo el Papa Francisco en su reciente encíclica Fratelli tutti, son las “sombras de un mundo cerrado”, hecho que refleja al principio de la obra el corazón de Scrooge: trabajando en un proyecto egoísta, descartando a los que no son útiles a él y no sintiendo ninguna empatía por los demás.

Lo profundo del cuento es el proceso por el que los espíritus de la Navidad pasada, presente y futura del propio Scrooge lo confrontan contra sí mismo, en un proceso muy cercano a la propuesta de San Ignacio de Loyola en la primera semana de los Ejercicios Espirituales (EE, 56): “Traer a la memoria todos los pecados de la vida, recordándolos de año en año o de tiempo en tiempo.” Y lo más interesante es que no confronta el mal que ha hecho a la luz de alguna doctrina ética, religiosa o moral, sino mirando la realidad que él ha construido de sí mismo y de la gente más cercana, como es el caso de su empleado Bob Cratchit y su familia.

¿Qué nos falta para convertirnos?

En el clímax de la obra, Scrooge vive un proceso de profunda metanoia y conversión, en línea de lo que invita San Ignacio: “razonando y dando gracias a Dios nuestro Señor, porque me ha dado vida hasta ahora, proponiendo enmienda con su gracia para adelante (EE, 61). De esa experiencia de inmersión en su propia historia, el entonces avaro se transforma en un hombre radicalmente diferente. En la conclusión se dice que Scrooge “se convirtió en el amigo, jefe y hombre más bueno que se conoció en la vieja y buena ciudad o en cualquier otra buena ciudad, pueblo o parroquia del bueno y viejo mundo […] Su propio corazón reía y con eso le bastaba”.

Que esta Navidad nos haga reflexionar, con un corazón abierto, transparente y valiente, nuestra propia historia individual, para reconocer qué tanto tenemos de Ebenezer Scrooge, pero no para ver nada más nuestro mal, sino para encontrar “las motivaciones para amar y acoger a todos” a que nos invita el Papa en la citada encíclica.

El autor es académico del ITESO, Universidad Jesuita de Guadalajara – padilla@iteso.mx

Cuento de Navidad | película completa

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