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Epifanía: estupor y maravilla

Sergio Padilla Moreno

En la Epifanía del Señor siempre será digno de admiración el hecho de que los magos venidos de oriente, sabios y estudiosos, además de decididos para descentrarse y salir en búsqueda, hayan reconocido y adorado al rey de los judíos en un pequeño y pobre niño, hijo de un par de humildes galileos. Es sublime el detalle que narra el evangelista Mateo cuando dice que, al ver la estrella, estos personajes se llenaron de alegría, así de simple y así de profundo.

A la luz de la experiencia de los magos, surge un cuestionamiento que conviene hacernos con total sinceridad:

¿Nosotros hubiéramos sido capaces de reconocer al Verbo encarnado en un frágil y pequeño niño, despojado de todo signo por el que reconocemos la grandeza de alguien en nuestra sociedad?

Pues vieron a alguien sin un apellido rimbombante, sin poder, sin propiedades, sin fama ni honor y sin que su nacimiento haya sido anunciado en las redes sociales obteniendo muchos “me gusta”.

Los pequeños grandes detalles

Centro la pregunta hacia algo más concreto: ¿somos capaces de reconocer la grandeza y profundidad en los pequeños detalles de la realidad y las personas que nos rodean cotidianamente, en línea de lo que nos propone San Ignacio de Loyola de saber “hallar a Dios en todas las cosas”? Más ahora que la pandemia nos ha exigido habitar, de manera más profunda, nuestra realidad más próxima y concreta.

Los dos cuestionamientos anteriores los planteo a raíz de la lectura de un libro excepcional, me refiero a la novela El estupor y la maravilla (Galaxia Gutenberg, 2019), del sacerdote y escritor español Pablo d’Ors (Madrid, 1963).

La capacidad de asombro

En esta novela se habla de las memorias de un vigilante de museo, llamado Alois Vogel, quien durante veinticinco años ejerció este oficio en un museo. A lo largo de los capítulos, que llevan el nombre de famosos pintores como Kandinsky, Klee y Mondrian, entre otros, el personaje va compartiendo el estupor y la maravilla que le provoca, simplemente, el ver, escuchar y sentir profundamente la realidad que le rodea: los cuadros expuestos en las galerías, el rostro de los visitantes al museo, el contraste de los colores de las paredes, las sombras, el vuelo de una mosca que para él es toda una teofanía, el polvo, la luz, los pliegues de su pantalón, etcétera.

De ello, dice Vogel, “aprendí que al museo no se viene sólo a mirar, sino a admirar. Pero, ciertamente, no es posible admirar sin haber mirado antes.” Más adelante dirá: “Ante cualquier cosa que vea, toque, guste, oiga o huela, me sobreviene la impresión de estar frente a una maravilla. Y eso es lo que he descubierto en estos años: el estupor y la maravilla.”

Pausa para oídos gourmet

Finalmente, propongo un sencillo ejercicio al amable lector: haga un momento de pausa y dese tiempo para saborear, el Adagio cantabile de la Sonata para Piano No. 8, Op. 13 “Patética”, de Beethoven. Ojalá me comparta su experiencia.

Beethoven: Adagio cantabile from Piano Sonata No. 8, Op. 13

El autor es académico del ITESO, Universidad Jesuita de Guadalajara – padilla@iteso.mx

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4 Comentarios

  1. Para llegar al de nivel de descubrir la presencia de Dios en todo y disfrutar de sus maravillas ed necesario tambien que alguien te lleve de la mano… orientando, reflexionando, meditando, disfrutando… como esta música al final de la reflexión …. MUCHAS GRACIAS!!!!

    • Myriam, muchas gracias por tu comentario y qué bueno que disfrutaste de la obra musical del gran Beethoven

  2. Eduardo Martín Almeida

    Bella reflexión la de comparar la motivación de los Reyes Magos con la del protagonista de la novela de Pablo D’Ors. No la he leído, pero después de leer este artículo lo haré. Muchas gracias por esta pequeña joya de texto. Un cordial saludo

    • Eduardo, muchas gracias por tu comentario y ojalá disfrutes esa novela de Pablo d´Ors