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José Garibi Rivera, artífice de paz (parte I)

Con buena estrella naciste: dará su aroma tu nardo y en tu corazón tendrás un palomar encerrado

En el año en que se cumplen 50 de la muerte del VI Arzobispo de Guadalajara se ofrecen aquí datos de su vida y obra.

Padre Tomás de Híjar Ornelas

Después del enfrentamiento institucional que sobrevino en México a partir de 1910, que lo fue también entre la Iglesia y el gobierno civil a partir de 1914 y hasta 1940 con grande hostilidad, fue necesario recuperar, a despecho de una legislación anticlerical totalmente distante de la cultura mexicana, pero que se mantuvo en la letra hasta 1992, fue necesario producir un orden fáctico de armonía y reconciliación.

A lograrla en el estado de Jalisco y su capital –la segunda en importancia del país–, dedico lo más de su vida el tapatío don José Garibi Rivera, incluso más allá de su investidura como vi Arzobispo de Guadalajara. Nada accidental es que haya sido electo primer Cardenal mexicano.

En efecto, como lo iremos describiendo, el señor Garibi unió en su persona y liderazgo cuando más se necesitaba en ese momento: arrestos de timonel enérgico, visión de estadista, ánimo conciliador y reconstructor, rasgos bondadosamente patriarcales, celo, en fin, por aplicar hasta el final de sus días la divisa evangélica de su escudo de armas, Diligite alterutrum (Amaos los unos a los otros).

Comienza aquí la primera de cuatro entregas montadas en fragmentos de un poema que compuso un colaborador muy cercano de don José, el presbítero y vate Benjamín Sánchez Espinoza, Fr’Asinello (1923-2012), que inspirándose en la vida y obra del prelado lo compuso en 1962, para ofrecérselo en una velada literaria que se le preparó en el marco de sus bodas de oro sacerdotales.

El niño y las Palomas

La ciudad de las palomas

y de los cien campanarios

le canta las Mañanitas

a un niño que está llorando.

Allá en la orilla del agua,

los padrinos lo llamaron

por josefino, José,

y por mariano, Mariano.

Dicen que en el mismo día

en que lo hicieron cristiano,

hasta su cuna los ángeles

le trajeron los regalos:

La Virgen le dio su estrella;

José, su vara de nardo;

el cielo, una espiga, un río

y un arbolito con pájaros.

Con buena estrella naciste:

dará su aroma tu nardo y

en tu corazón tendrás

un palomar encerrado.

Testigo y actor privilegiado de las primeras siete décadas del siglo pasado, José Mariano Garibi Rivera nació en Guadalajara el 30 de enero de 1889, siendo el menor y el último de los hijos del matrimonio formado por Miguel Garibi Reyes y Joaquina Rivera Robledo. Le antecedieron Juan Manuel y Carmen.

Lo bautizó poco después de su nacimiento –así lo imponía la elevada mortalidad infantil de ese tiempo–, en el Sagrario Metropolitano, su párroco, don Lorenzo Altamirano, quien le impuso el nombre de su bisabuelo paterno, vecino de Zapotlán el Grande pero hijo de un migrante de los países vascos, Mateo de Garibi Jugo, allí establecido desde 1778.

Apenas sí conoció a su padre. Tenía cuatro años cuando murió quien se sostenía atendiendo, por la calle del Santuario, una tienda de abarrotes. La familia quedó con muchas penurias en lo económico y a merced de sus acreedores.

Cursó la educación elemental en los colegios dirigidos por Atilano Zavala y por Trinidad Gutiérrez. A los 8 años se hizo socio fundador de la Congregación Mariana de Nuestra Señora de Guadalupe.

El Palacio de obsidiana

El niño José llegó

al palacio de obsidiana

donde la virtud es negra

y donde la risa es blanca.

Sobre sus delgados hombros,

¡qué bien le cae la sotana!

Parece que está queriendo

teñírsele de morada.

El buen hermano Francisco

también lo llevó a su casa…

(de entonces, serán “hermanos”

el sol, el viento y el agua;

Pero se vuelve José

al palacio de obsidiana.

De allí tendrá que salir

con las manos consagradas.

A muy temprana edad, 11 años, se matriculó en el Seminario Conciliar de Guadalajara. Interrumpió la formación en el año lectivo 1906-1907 para hacerse postulante franciscano en Zapopan, teniendo por maestro de novicios al culto Fray Luis del Refugio de Palacio.

De nuevo en el Conciliar, dejó huella de sobresalir por su aplicación a los estudios, según lo acreditó, entre 1908 y 1913 en actos públicos en los que obtuvo los primeros lugares.

El 2 de febrero de 1908, en el Santuario de Nuestra Señora de la Soledad, lo consagró presbítero su Arzobispo, don José de Jesús Ortiz y Rodríguez.

Cantó su primera misa el 19 de marzo siguiente en el santuario de San José de Gracia, en la que invitó a la cátedra sagrada al orador más importante de entonces, don José María Cornejo. Fueron sus padrinos don Manuel Diéguez y Fray Luis del Refugio Palacio.

A besar las manos del cantamisano acudieron miembros de la sociedad tapatía de entonces, pues una intrincada selva de parentescos –que le será luego de suma utilidad– le vinculaba con ellos y con dos escritores locales de asuntos historiográficos, Manuel Garibi Tortolero e Ignacio Dávila Garibi, de la de su única cuñada, el cacique potosino Gonzalo N. Santos.

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