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Pedro Arrupe, una luz para nuestros tiempos

Aunque vivió en una época difícil, este gran sacerdote jesuita se distinguió por su determinación para seguir adelante. Entre sus rasgos destacan la contemplación, el servicio, la fortaleza y la alegría.

Sergio Padilla Moreno

Hace unos días, mi buen amigo Raúl Armenta me envió un mensaje haciéndome la siguiente pregunta: “¿Qué literatura me recomiendas sobre cómo vivir la vida al máximo, según la fe católica?” Después de pensarlo, le recomendé dos títulos de un conocido teólogo español, aunque seguí pensando qué otro título le podría recomendar de manera adicional. A los pocos días, el viernes 5 de febrero caí en cuenta de que podía recomendarle un libro más: alguna biografía del P. Pedro Arrupe SJ, quien ese día cumplía treinta años de haber fallecido en Roma.

Y creo que, al recomendar la biografía de un hombre de Dios como el P. Arrupe o cualquiera de los muchos testigos que Dios suscita en su Iglesia, le hubiera dicho a mi amigo Raúl que la leyera y, parafraseando a Jesús de Nazaret: “ve y verás” (Juan 1, 39) una clara respuesta a tu pregunta.

El Padre Arrupe y los tiempos difíciles

Una de las biografías más recomendables es la surgida de la exquisita y prolija pluma del escritor jesuita Pedro Miguel Lamet, titulada Arrupe, testigo del siglo XX, profeta del XXI. Alguien podrá objetar que, al presentar al P. Arrupe como modelo de vivencia del Evangelio, sería una figura atractiva más para los sacerdotes y personas de la vida consagrada que para las y los laicos. Por supuesto que el ejercicio del ministerio sacerdotal y de la vida religiosa del P. Arrupe puede ser de mucha luz para los primeros. Pero también para los hombres y mujeres de buena voluntad, hay rasgos en la vida de este hombre de origen vasco, nacido en Bilbao el 14 de noviembre de 1907, que pueden iluminarnos en estos tiempos difíciles. Entre muchos de estos rasgos destaco cuatro: contemplación, servicio, fortaleza y alegría.

Su servicio en la Compañía de Jesús

El primero es la visión contemplativa que desarrolló desde muy joven; Arrupe era un hombre que dedicaba largos tiempos a la oración y la vivencia profunda de la Eucaristía. El segundo rasgo es la actitud de servicio que fue una constante en la vida del P. Arrupe, la cual vivió de manera radical cuando se abocó a atender a muchas de las personas gravemente heridas a causa de la bomba atómica en Hiroshima, Japón, país donde desarrolló su misión entre 1938 y 1965.

El tercer rasgo fue la fortaleza para cargar la cruz que significó para él ejercer, con mano firme y decidida, el cargo de General de la Compañía de Jesús entre 1965 y 1981. Al P. Arrupe le tocó llevar a los jesuitas a hacer realidad los lineamientos del Concilio Vaticano II, siendo uno de sus legados más importantes llegar a establecer como prioridad apostólica “el servicio de la fe y la promoción de la justicia”; sin embargo, esta época le trajo también muchos conflictos, tanto al interior como al exterior de la Compañía de Jesús. A pesar de todas las situaciones complejas que le tocó vivir a lo largo de su vida, destacó por su cuarto rasgo: muchos testigos que estuvieron cercanos a él comentaban que nunca perdía el buen humor y la alegría.

El autor es Académico del ITESO, Universidad Jesuita de Guadalajara Pedro Arrupe: Camino a los altares _ Pedro Miguel Lamet

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2 Comentarios

  1. Pedro Miguel Lamet

    Muchas gracias, Sergio, por tu generosa recomendación.

    • Un honor P. Pedro que haya leído mi texto y gracias por acercarnos desde su magistral pluma a tantos hombres y mujeres de Dios.