Home / Edición Impresa / Actualidades / 10 años sin que la libertad se asome: La historia de Cindy Soto, una mujer en Puente Grande

10 años sin que la libertad se asome: La historia de Cindy Soto, una mujer en Puente Grande

Nicolle Alcaraz

“Cuando usted vaya caminando por la calle, en serio piense que habemos muchas mujeres que tenemos esa intención, ese sueño de llegar a traer una ropa de color y estar pisando fuera de estos muros” me dice Cindy Soto, una joven de casi 30 años que ha pasado todos su 20’s en el Centro de Reinserción Femenil de Puente Grande Jalisco.

Si alguien escuchara su voz, sin conocer desde donde nos habla, solo podría imaginarse a una mujer alegre, amable y, sumamente calmada, pese a llevar diez años en aquel lugar, y habitarlo aún sin condena.  Pero no siempre fue tan fácil conservar la tranquilidad.

“Yo llegué a este lugar de 19 años. Llegué siendo una niña que, a lo mejor, estaba acostumbrada a los berrinches de que voy con mamá y me consciente. O llamaba y exigía cosas que a lo mejor mi madre no tenía la obligación de dármelas. Entonces, uno aquí llega, y llega exigiendo, pero aprendes y vas valorando todo. Entonces si hay un cambio grandísimo”, menciona con una sonrisa sutil.

Pese a que Cindy desconoce cuándo terminará su estadía, al referirse al reclusorio, lo describe como pocos imaginamos: como un lugar de bendiciones. “Yo puedo decir que no puede ser un maldito lugar, como mucha gente lo hará ver. Yo puedo bendecir este lugar, de cierto modo, porque me ha enseñado muchísimas cosas. Que sí, tengo la ilusión de salir. Claro. Es una ilusión que todas y cada una tenemos (…), porque como quiera, es tiempo perdido con la familia, es tiempo perdido con otras vivencias, pero aquí vienes a enseñarte”.

LA LIBERTAD SE PIERDE EN EL HORIZONTE

La llegada de la pandemia significó un problema de salud para todos nosotros, pero también un retraso significativo en los procesos que cientos de  internas han estado llevando a cabo por años, con el fin de poder determinar su futuro, conscientes de que cometieron un error que les ha costado una condena, pero también deseando recuperar lo que por derecho los pertenece: su libertad.

“Yo sé que los jueces jamás tendrán el tiempo de convivir con nosotras, pero si lo tuvieran dirían: «ella ha tenido un gran avance, ¿por qué no se ha ido?» O: «ella puede hacer algo allá afuera. Tiene hijos afuera, tiene que sacarlos adelante» Y quizás poner otra medida para ver cómo pagar los años que nos dieron”.

Y es que, pese a ser un centro de reinserción, al salir, las mujeres continúan enfrentándose con un mundo que las estigmatiza y la juzga, complicando su proceso de reintegración, y borrando por completo los aprendizajes que muchas de ellas adquirieron durante su paso por aquel lugar.

“Dicen cárcel y se imaginan a la peor persona detenida (…), pero yo creo que todas llegamos a un momento en el que pedimos perdón. Sabemos que cometimos el error, porque nadie está exento de cometerlos, pero también decimos: «ya, es la hora de irnos» Y, todavía afuera que te señalan como la peor persona del mundo porque estuviste en la cárcel, pues no nos ayuda demasiado”.

Cindy también insiste en que, pese a que quienes habitan dentro de las paredes del centro han tomado decisiones que las llevaron a vivir aisladas del exterior, eso no tiene por qué determinar su valor personal. “No somos malas personas. Somos personas que cometimos un error pero que hemos corregido muchas cosas. No sales siendo lo peor. Uno sale siendo mejor persona. Ojalá se dieran el tiempo de voltear a ver esa parte. Somos mujeres que tenemos muchos sentimientos, muchos sueños,  esperanzas, y muchas metas por cumplir, y que por alguna razón llegamos a este lugar. Pero dispuestas a aprender y hacer lo que nos toca”.

PRIVILEGIOS INVISIBLES

Para Cindy, un día común y corriente dentro del centro incluye levantarse temprano para desayunar, abrir su puesto de café, acudir a una actividad deportiva por la tarde, pasar a comer y, en caso de que se encuentre tomando algún curso, acudir a la escuela por la mañana, o hacer una visita con su psicóloga. Pero comenta que también existen días tristes.

“Son días que uno dice: estoy en depresión. O, ya me cayó el carcelazo. Es un día en el que uno cree que no hay puerta, y que a lo mejor mañana puede ser normal, pero ese día reniegas porque no se abrió. Ese es el día en el que quisieras que tu familia estuviera a un lado, en el que valoras todo. Hasta ir y ponerte en un área en la que puedes ver el atardecer, y tú dices: «bueno, esto tal vez yo no me tomo el tiempo de verlo allá afuera» Porque realmente la gente afuera, no valora esos detallitos”.

La vida afuera, como la describe ella, está repleta de privilegios, para quienes hemos tenido la fortuna de jamás vernos privados de ellos, pueden resultar insignificantes, como ocurre con lo que comemos a diario:

“Aquí la comida de mamá es la más sagrada del mundo. Llega tu visita y tu comida es ¡wow! Podrá ser un lonche de frijoles, si usted quiere, pero es el lonche de frijoles que una mamá paseó desde su casa hasta este lugar, y te sabe a gloria (…) tiene ese cariño con lo que lo hace tu familia o tu visita, y que te sabe distinto (…) Mi mamá, cada que viene, me dice: «la comida no me sabe tan buena como cuando estoy aquí contigo»”.

Por lo que esos pequeños detalles, como vestir del color que deseemos, o inclusive llegar a comer una fruta, son gozados con suma alegría por estas mujeres, y pasadas por alto por la mayoría de nosotros.

“Le voy a contar algo, yo un día salí al hospital civil (…) y, uno va en la camioneta encerrado, y ve a las personas que van caminando en la calle y uno piensa: yo estoy aquí encerrada, y esa persona que va caminando no sabe lo que es andar vestido de color. No sabe la importancia que, a lo mejor para nosotras, es tener una blusa negra. Toda su libertad no la está valorando porque no sabe lo que es no tenerla”.

LA PINTURA COMO VÍA DE ESCAPE

Antes de partir decidimos recorrer la terraza, lugar donde suelen reunirse las mujeres con sus familias u otros visitantes. El espacio, repleto de bancas y mesas para la convivencia, hoy es coloreado con un mural, resultado del trabajo colaborativo entre Cindy y otras compañeras, quienes con ayuda del pintor Pedro Rafael Miramontes Ureña, esposo de una de ellas, han contribuido a que la obra cobre vida.

“Ese mural se llama: La mujer universal. Habla en sí de todas las mujeres que, como te digo, somos mujeres con distintos carácteres aquí dentro, con distintas formas de vida, pero aquí todas buscamos un mismo objetivo: salir”.

UNA ESPERA ACARICIADA

Durante su camino por la penal, además de aprender a vivir el sosiego, Cindy Soto pudo toparse con esta pasión: la pintura, que se convirtió en una vía de expresión y liberación ante la impotencia que puede llegar a vivirse en el complejo.

 “Las personas que ya tenemos un poquito más de rato, tratamos de no ver lo negativo, sino lo positivo de cada situación (…), entonces a mí me ha funcionado la pintura, me relaja mucho”.

Con esta obra, Cindy y sus compañeras dan voz a un pensamiento que, durante su paso por este lugar han aprendido.

 “Ese punto donde uno aquí dice: yo aquí, hasta que no aprenda lo que tenga que aprender, me voy a ir. Y va a llegar mi tiempo, va a llegar mi momento.  Entonces, todas las mujeres que estamos aquí, universalmente buscamos eso, la libertad”.

Acerca de Nicolle Alcaraz

Comunicóloga y reportera para El Semanario de la Arquidiócesis de Guadalajara.

Revisa También

Jesús García González (1935-2022): Sacerdote en la acción social católica de nivel mundial

José Guadalupe Sánchez Suárez Testigo privilegiado del posconcilio, Jesús García fue también protagonista de los …

2 Comentarios

  1. Excelente trabajo de campo y de redacción, que dignifica a las personas privadas de su libertad, cuyas voces deben ser escuchadas, una y otra vez, no importa cuantas veces.
    La entrevistada cuestiona al sistema sobre la forma de valorar el cumplimiento de una condena, no solo con tiempo.

  2. Excelente artículo, ojalá más gente ayudara a difundir este tipo de cosas en la sociedad y que se generarán más medios de hacerlo llegar tanto las autoridades como a la sociedad misma ya que la mayoría de la gente desconoce de ésto y se estigmatiza mucho a la gente que cumple una condena tanto dentro como fuera