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México en el Vaticano, México en Roma

A 30 y 22 años de dos sucesos concatenados

Aurelio Casas Bañuelos

El 28 de enero de 1992 el Congreso de la Unión y el Senado de la república mexicana le pusieron punto final a las Leyes de Reforma, un orden jurídico sesquicentenario, anticlerical en la letra aunque en la vida real ya casi obsoleto. Derivado de ello a la vuelta de ocho meses se oficializaron las relaciones diplomáticas entre México y la Santa Sede y todavía en ese año, el 22 de noviembre, el Papa Juan Pablo II beatificó en la basílica de San Pedro a 27 mexicanos.

El domingo el 21 de mayo del gran jubileo por el año 2000 de la era cristiana, él mismo, ahora en la Plaza vaticana y ante unos ocho mil peregrinos mexicanos, inscribió en el catálogo universal de santos de la Iglesia a 27 compatriotas, para que en lo sucesivo puedan ser invocados en el mundo como intercesores delante de Dios y mostrar su vida como modelo de fe acompasada por el Evangelio.

A la distancia de 22 años de la canonización de estos mexicanos, ofrecemos ahora algunos elementos relacionados con el tiempo y las circunstancias que hicieron posible esa ceremonia, sus secuelas y lo que falta por redondear de esta coyuntura.

El tiempo y las circunstancias

¿Qué hizo posible esta ‘primavera’ de canonizaciones? Dos factores, la voluntad de Juan Pablo II de alentar estas causas en las iglesias locales fuera de Europa –territorio donde son moneda corriente desde hace muchos siglos–, y eso lo hizo a través de la Constitución Apostólica Divinus Perfectionis Magister, en la que propuso la normativa vigente, con un procedimiento más flexible; el otro, según lo enunciamos ya, la derogación de las leyes anticlericales del derecho positivo mexicano.

Las secuelas

Si canonizar a una persona o grupo consiste en reconocer con la mayor certeza moral posible que alguien vivió o al menos murió llevando una conducta o el epílogo de su existencia del modo más apegado a Cristo y sostenido por él, lo que más revela esta flama es la fama de santidad, que a veces es desbordante, como vemos pasa entre muchos católicos mexicanos con San Judas Tadeo, San Benito de Nursia, San Chárbel, San Martín Caballero o San Antonio de Padua.

Al calor de lo dicho, de nuestros santos se han multiplicado templos que les están dedicados, representaciones idealizadas suyas, conjuntos pastorales complejos; peregrinaciones y visitas especiales a los lugares donde se resguardan sus reliquias y actos de culto y de piedad.

Lo que falta para redondearlo

La memoria y el culto a los santos mexicanos a la vuelta de estos 22 años adolece de una visión de conjunto y de largo aliento que redunde en la acción social y en torno a su legado a la posteridad.

Desde este planteamiento crítico, si visitásemos cada uno de los lugares dedicados a su memoria constataríamos, por ejemplo:

  • Que las obras materiales impulsadas con recursos humanos y materiales copiosísimos arriban a una etapa de la historia en la que los actos de fe masivos serán cada vez más aislados.
  • Que las representaciones iconográficas de estos santos sigue siendo embrionaria. Y que lo mismo podemos decir de su fama de santidad.
  • Que salvo las 1700 páginas del libro Sangre y corazón de un pueblo, de don Fidel González Fernández, de ninguno de estos santos se ha hecho una pesquisa plena con el rigor académico para estructurar su legado desde una visión universal y de largo aliento.
  • Que en el caso de San José Sánchez del Río se ha promocionado su memoria con excesos a lo recomendable.

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