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Cultura y Salud Mental

Mtro. Ulises Alejandro Sánchez Origel

Titular del Departamento Psicopedagógico

Hace muchos años, en una transmisión televisiva, apareció un ventrílocuo con un pequeño muñeco que decía “yo me llamo Quico y tengo un carrito que hace chiquichiquichiquichí”. Tal declaración me pareció sorprendente y sin sentido, más cuando el muñequito siguió repitiéndola una docena de veces. Al principio, la frase era dicha con un entusiasmo inconmensurable, después fue perdiendo brillo, y por último, Quico hablaba de su nombre y de su carrito entre sollozos. Aunque el número era dirigido a los niños y, aunque en ese momento yo formaba parte de dicha población, no entendí nada de aquella actuación; pero, a la vuelta de las décadas, me he dado cuenta de que somos un poco como ese muñeco: nos identificamos a nosotros mismos (expectativas), lo declaramos frente al mundo (imagen), hacemos gala de nuestros objetos (logros); y, al final, sobreviene la desolación.

Nuestra cultura nos enseña a valorarnos: somos entrenados para cumplir expectativas que se enfatizan como fundamentales (fama, fortuna, glamur) para ser considerados por los demás (y también por nosotros mismos) como valiosos. De no conseguir llenar tales expectativas es tentador el uso de máscaras (buena imagen) o de justificaciones que nos amparen de nuestras fallas. Lo interesante es que, incluso si se consigue éxito, en algún punto sucederá lo que le sucedió a Quico: llega la decepción. En cierta conferencia se lanzó a la audiencia la pregunta: “¿quiénes de ustedes han visto a alguien manejando un BMW?” Muchos levantaron la mano, luego agregó: “de los que levantaron la mano ¿quién de ustedes vio a esa persona que manejaba su BMW con una sonrisa permanente en el rostro?” Nadie levantó la mano. Y es que cumplir expectativas nos satisface un instante y de inmediato sobreviene la necesidad de preguntarse ¿qué sigue? El cuento de nunca acabar. La decepción de lo conseguido.

Esta dinámica afecta la calidad de nuestra salud mental. Hemos recibido el mensaje de que toda historia termina con un final feliz y ese final feliz es siempre complaciente, es decir, debe adaptarse a nuestros gustos. Somos una cultura que promueve la poca tolerancia a la frustración y de ahí se desprende que se nos fomenten actitudes narcisistas. Uno de mis primeros pacientes en mi trayectoria como terapeuta, en un momento de lucidez dijo: “ya me di cuenta de que yo en lugar de usar zapatos, quiero que me alfombren el mundo.” Hemos disminuido nuestra capacidad de adaptación en la exigencia interna de que el entorno es el que debe adaptarse a nuestros deseos, pero como la realidad no tiene la cortesía de reparar en cómo me gustaría que fuera, con frecuencia la frustración y su manejo detonan crisis emocionales de diversa índole y niveles; más en un contexto de pandemia global.

En la Universidad Marista de Guadalajara (UMG) estamos convencidos de que la formación integral es el enfoque adecuado para atender a nuestros alumnos. San Marcelino Champagnat, fundador de los Hermanos Maristas, aseguraba que “para educar a un niño (a un joven) hay que amarlo”. Por ello la relación entre quien forma y quien es formado debe contemplarse como una construcción de comunidad y esta perspectiva nos remite al amor evangélico.

Además, nuestra institución quiere contribuir a la reconstrucción de nuestras realidades sociales, por lo que, entre otros servicios, pone a disposición del público y la sociedad en general, la Brigada de Apoyo Emocional que da servicio de lunes a viernes de 9:00 a 14:00 y de 16:00 a 18:00 horas, en exclusiva para mayores de edad. Muchas veces necesitamos ser escuchados sin juicios, y la UMG pone a tu alcance este espacio. Ojalá nos permitas servirte.

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