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La guerra afecta también al arte

Sergio Padilla Moreno

Justo hace dos años, con estupor colectivo, comenzaba en nuestro país el confinamiento para tratar de prepararnos y mitigar lo que sería la primera ola de una enfermedad viral que ya afectaba en China, Europa y Estados Unidos. Después de estos dos difíciles años que significaron pérdidas de vidas de personas cercanas, pero también de muchos y valiosos aprendizajes, nos damos cuenta que la pandemia todavía no termina del todo y ya se escuchan del otro lado del mundo tambores de una guerra que geográficamente es lejana, pero que ya tiene efectos en todo el mundo por el comienzo de una crisis económica global derivada del conflicto bélico, cuya gravedad y afectación dependerá de hasta dónde llegue la confrontación entre los países y bloques en pugna.

Si bien la pandemia nos dejó, en diferentes grados, aprendizajes de manera personal, como humanidad parece que no aprendimos mucho. Los primeros días de la pandemia se hablaba de solidaridad y apoyo, de cuidarnos personal y colectivamente, de reflexionar y replantear nuestros estilos de vida consumista, etcétera. En aquellos días circulaban videos de animales que caminaban libremente por las calles desiertas de las ciudades antes llenas de vehículos y contaminación.

En varios países de Europa se hicieron virales los testimonios de personas que salían al balcón de sus casas y departamentos para cantar y manifestar que, juntas y juntos, como familia humana, saldríamos de esta prueba. Hoy en día, las ciudades y sus habitantes volvemos a los frenéticos ritmos anteriores, pues parece que nos volvemos a separar y confrontar a través del ejercicio de diversos tipos de violencia.

 Vivimos tiempos diabólicos en el sentido que dice Pablo d’Ors pues la naturaleza del “dia-bolo -que es como la tradición cristiana llama al espíritu maligno- es precisamente separar.”

Un signo significativo de los oscuros tiempos que vivimos es lo está enfrentando el mundo del arte. Hace unos días, tanto al director de orquesta Valery Gergiev, como a la soprano Anna Netrebko, ambos de origen ruso, les fueron cancelados sus contratos en Europa y Estados Unidos, ya que no condenaron públicamente al régimen que invadió Ucrania.

Como se decía recientemente en una nota del periódico El País, “la invasión de Rusia a Ucrania ha puesto al mundo de la cultura ante un dilema casi irresoluble: la mayoría de las instituciones y festivales del mundo apuestan por cancelar la presencia de artistas rusos en sus programaciones.”

La triste situación llega hasta el hecho de prohibir la música rusa en algunas salas de conciertos en el mundo. ¿Se vienen tiempos en que será políticamente incorrecto escuchar a Tchaikovsky, Shostakovich, Prokofiev o Stravinsky? ¿Estará vedado ver películas rusas o leer autores como Tolstoi y Dostoievski? ¿Tendremos que prescindir de la sabiduría perenne de un libro como el de Relatos de un peregrino ruso?

Estamos en tiempo de Cuaresma, por lo que es ocasión de reconocer nuestras sombras personales y colectivas, pues, como también dice Pablo d’Ors: “Nuestra biografía de la luz empieza con la consciencia de la sombra”.

El autor es académico del ITESO, Universidad Jesuita de Guadalajara padilla@iteso.mx

Acerca de Miroslava Flores Torres

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