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Jesús, el desaparecido, forzado a ser migrante

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El rey Herodes, llamado el Grande, el de los tiempos del nacimiento de Jesús, se convirtió en el paradigma de la crueldad y la venganza desde el poder. Recordamos la descripción muy conocida que hace Giovanni Papini de él: “Era un monstruo, uno de los más pérfidos monstruos salidos de los tórridos desiertos de Oriente”.

José Luis Martín Descalzo dice que este personaje, desde que tenía 15 años había implantado el terror en Galilea, y que toda su carrera se había inscrito bajo el doble signo de la adulación y la violencia.

La adulación, escribe Descalzo, hacia quienes eran más fuertes que él, la violencia contra quienes era capaz de aplastar. Solo tenía una pasión: el poder. Y desde el poder se pueden promover todos los bienes, pero también todos los males; su autoridad se los permite. Pueden ensalzar a alguien o desaparecerlo.

El Niño Jesús, por las palabras que le dijeron los Reyes Magos a Herodes del recién nacido, se convirtió automáticamente en su enemigo. La ignorancia de Herodes y su temor a dejar el poder convirtieron al infante en una amenaza. “Una vez que el miedo entró en el corazón de Herodes, la sentencia ya estaba dictada, si aquel niño existía, conocería la muerte”, escribe el mismo Martín Descalzo. El destino de Jesús era el de ser un desparecido, la primera víctima conocida de desaparición forzada.

Para eso el tirano quería que los Magos le informaran una vez que hubieran encontrado al hijo de María y José, para ir tras a él, y desaparecerlo, posiblemente enterrarlo en una fosa común, en donde no lo pudieran encontrar o, por lo menos, reconocer. El Hijo de Dios sabía cuál sería su destino en manos de Herodes, y huyendo con sus padres, se convirtió en migrante.

El que acaba de nacer, el Mesías, conoce del dolor y de la angustia de quienes han desparecido y de sus familias.

Sabe lo que es ser perseguido, antes y después de la tragedia de la desaparición. Sabe lo que es ser perseguido por el poder, el que sea, el oficial o el fáctico. Y cuando se convierte en delincuencia organizada, desde un puesto de gobierno o desde la oscuridad.

Por eso, entiende la tragedia de las familias en torno a las 131 personas fallecidas encontradas en la fosa clandestina de El Salto; el sufrimiento de quienes quisieron a las 171 personas enterradas en una fosa en Tlajomulco (2019). Son apenas dos penosos ejemplos.

Le podemos encomendar nuestro Estado, Jalisco, donde más cadáveres se han encontrado en fosas clandestinas, para que nos ayude a librarnos del “Herodes” cruel de la desaparición forzada, que ya dejemos de ser el primer lugar nacional en personas desaparecidas, según el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y no Localizadas (RNPDNO). Todavía quedan 9 mil 888 personas sin localizar (1995-2020), de las cuales mil 614 corresponden al año 2020. Ya no más.

Por lo pronto, pongamos en el corazón del Niño el corazón agitado de los desaparecidos y sus familias. Ya no más.

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