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La adopción, un derecho de los niños

Editorial

No quiero juguetes, quiero una familia.

Todos los menores, según recoge la Declaración de los Derechos del Niño aprobado por la ONU en 1959, tienen derecho a crecer en una familia, así, los Estados han diseñado una serie de mecanismos que garantizan al menor unos padres capaces de asegurar las atenciones propias de la función parental.

El Papa Francisco ha insistido en crear una cultura de la adopción, y señala que se necesita retomar la cultura del niño: “una cultura de la sorpresa en el ver crecer, ver cómo se sorprenden de la vida, cómo entran en contacto con la vida; y nosotros debemos aprender a hacer lo mismo”.

La enseñanza de la Iglesia, es que todo niño tiene derecho a tener papá y mamá, porque cuando los pierden o son abandonados, la obligación del Estado es darles lo más parecido a lo que perdieron, es decir, un papá y una mamá.

La familia es la célula primordial de la sociedad compuesta por un hombre y una mujer que se complementen física, emocional, sicológica y espiritualmente. La familia como comunidad de amor, tiene dos objetivos: el amor entre esposos y el fruto que son los hijos.

El desarrollo de los niños debe ser integral, y su autoestima crece cuando tiene una familia compuesta por padre y madre, y se debe cuidar siempre su estabilidad emocional.

En nuestro Estado, hay miles de familias, fundadas por un hombre y una mujer, en espera de adoptar a un niño, y están en espera de una oportunidad.

Los psicólogos y especialistas en adopciones, señalan sobre la necesidad de valorar la adopción desde la perspectiva de los niños, y éstas son algunas de las consideraciones que expresan los niños y adolescentes que viven en las casas hogar.

No se debe ignorar que perder a los padres biológicos es traumático para un niño. Esta pérdida será siempre una parte de ellos. Moldeará quien es y tendrá efecto sobre las relaciones con la familia que lo adopta.

Hay que decirles todos los días que los quieres, para ellos es difícil confiar en las personas a causa de las pérdidas que han experimentado en su vida. La adopción es diferente para todos. No se pueden comparar con otros adoptados, se deben respetar como individuos.

Las familias que adoptan deben demostrar que son confiables para los niños. Necesitan saber que son personas seguras en su vida, y que estarán ahí cuando los necesiten y cuando no.

Pueden querer apartarse para protegerse del dolor de la pérdida. Necesitan que se les muestre que nunca se les abandonará.

El Papa Francisco invita a la sociedad a trabajar para que ninguna madre se vea en la condición de abandonar a su hijo, y que, ante los acontecimientos trágicos, existan estructuras e itinerarios de acogida en los que la infancia siempre esté protegida y cuidada, de la única manera digna: dar a los niños lo mejor que podemos ofrecerles.

Y expresa: “¡Cuánto necesitamos una cultura que reconozca el valor de la vida, especialmente la débil, la amenazada, la ofendida y, en lugar de pensar en dejarla de lado, en excluirla con muros y cierres, se preocupe por ofrecer cuidado y belleza! Y una cultura que reconozca en todos los rostros, incluso el más pequeño, el rostro de Jesús: ‘Quien recibe a un niño en mi nombre, me recibe a mí’”.

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