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La irresponsabilidad común ante el Covid

Editorial

El aumento en el número de contagiados y hospitalizados va en dramático, acelerado, incontrolable, impredecible, preocupante y peligroso ascenso, incluso superando las estadísticas de momentos en los que pensábamos que había sido lo más grave del periodo de esta pandemia, que nos ha puesto a prueba a todos, de diferente modo, pero que en algunos, parece, no hemos aprendido el examen al que fuimos sometidos, y andamos manejándonos como si no pasara nada. Y nos dicen que el pico de esta tercera ola todavía no llega. Ni siquiera nos podemos imaginar lo que se puede venir.

Y con mayor razón ahora que el virus se ha instalado más en la población más joven.

El 40% de hospitalizados en Jalisco es menor de 30 años. Algo insospechado al principio, cuando eran los de la tercera edad los vulnerables. Ahora, incluso, se han visto perjudicados también niños. Como reza el refrán, ‘vemos la tempestad y no nos hincamos’.

Ojalá que la responsabilidad o la falta de ésta trajera consecuencias solo de manera individual, para que cada quien se diera cuenta de su toma o no de conciencia ante la gravedad del hecho, pero desgraciadamente no es así; en este mundo globalizado y de constante interacción, lo que hace uno o deja de hacer, afecta a muchos.

Lo que estamos viviendo, tristemente, es el mejor ejemplo, y recargado negativamente, como también lo demuestran las variantes del bicho que, inicialmente, parecía tener solo una manifestación. Además, en este momento, todavía no hay certeza de que las vacunas aplicadas son antídoto a toda la ‘familia’ Covid.

En México, dada la falta de claridad, eficacia, responsabilidad, disciplina, y la ligereza con que las autoridades federales, incluido el Ejecutivo, han tomado el asunto, nos seguiremos moviendo en la incertidumbre.

Esperamos que los poderes estatales operen con mayor compromiso que el nivel anterior.

Esto nos lleva a apelar, una vez más, y con mayor razón, a la exigencia personal, a la toma de conciencia particular para afrontar este problema. Pensemos en la familia que tenemos, en las personas que amamos, para ver si esto nos motiva a que la suma de voluntades individuales redunde en una conciencia colectiva más acorde con lo que está sucediendo.

No podemos ni debemos dejar todas las decisiones en manos de los que nos gobiernan, mucho menos para los que no han tomado en serio este asunto. Lo cual quiere decir que la responsabilidad personal, grupal y comunitaria es la que se debe afianzar.

Nosotros los creyentes tenemos en el primer mandamiento (en el primero, es decir, en el más importante), la tarea de amar a Dios y al prójimo como a uno mismo.

No hay mayor decreto que éste, señaló con precisión Jesús. Nosotros tenemos mayor responsabilidad y compromiso para cuidar la vida propia y la de los demás, y somos (deberíamos ser) ejemplo de cómo ser ciudadanos, en este caso, vacunándonos y cuidándonos mutuamente.

Las alarmantes estadísticas están para ser consultadas, no estamos inventando. Los que hemos experimentado la muerte de algunas de las personas que más amamos en la vida no quisiéramos que se repitiera en otros, solo por irresponsabilidad.

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