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La Pascua de la Iglesia

Las estructuras de la iglesia necesitan vivir su propio triduo pascual, que es pasión, muerte y resurrección.

Todo análisis, toda revisión honesta y de fondo, produce dolor, el dolor de admitir cuando ya se cumplió el propio tiempo, porque la edad o la salud ya no permiten desempeñar el mismo servicio, por más que nos aferremos a hacerlo. El dolor de admitir que una determinada estructura que nos parecía permanente, ya se venció y se debe sustituir, el dolor de decir adiós a tales o cuales formas eclesiales o estilos de ministerio que ya no responden a las necesidades de la gente, por mucho que nos hayamos acomodado a tales maneras.

También el dolor de admitir los errores cometidos y las consecuencias que malas decisiones pastorales han traído sobre la comunidad, ampliando innecesariamente el sufrimiento de la gente, y en ocasiones, el escándalo. Forma parte de este dolor aceptar las tantas veces que los mismos “cristianos”, hemos puesto a Cristo, nuevamente, en manos del imperio, que sólo sabe crucificar.

Eliminar estilos y estructuras obsoletos o poco evangélicos, es parte de ese triduo pascual que debe vivir la iglesia, crucificando en la cruz de Cristo las vanidades exteriores y las soberbias interiores que las producen, y que a cambio de dar prestancia mundana, empobrece la virtud de la Iglesia, desactivar criterios y prejuicios que han introducido en su mismo seno periferias existenciales, personas excluidas, marcadas, ignoradas, y un sinnúmero de profetas descartados, a cambio de seguir siendo amigos del César.

 Este morir con Cristo no puede ser meramente parabólico, existe un notable número de actitudes, formas de pensar, acciones, flojeras e inercias que deben realmente extinguirse, que deben morir.

Para pasar del sufrimiento y de la muerte, a la experiencia de la vida nueva, se necesita arrancarnos la mortaja que nos ata e inmoviliza, y remover una enorme piedra, que lo mismo pesa sobre la mente, que sobre la conciencia y el corazón de no pocos creyentes en todos sus rangos y jerarquías, y aquí, de poco sirve la ayuda del cielo si somos nosotros mismos quienes nos oponemos a que la piedra se quite, a que la mortaja sea deshechada.

Aunque parezca extraño hay muchos que prefieren permanecer en el sepulcro antes que enfrentarse al reto de una vida resucitada, en un mundo siempre lleno de complejidades y desafíos, ¿no es mejor y más cómodo seguir sepultados dentro de esta hermosa cripta en que convertimos tantas veces a la Iglesia? ¿para que “salir”, si aquí tenemos todo?

Pero si Cristo vive, vive también su cuerpo, que es la comunidad cristiana, y la vida quiere vivir, salir del sepulcro, y resucitar con Cristo a la inefable experiencia de la pascua, en una iglesia renovada, revitalizada, rejuvenecida y sobre todo, libre de todas las ataduras a las que se fue sometiendo por la razón que fuera.  Es a esa Iglesia fuente de vida a la que todo ser humano de buena voluntad quiere pertenecer.

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