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Resurrección inconclusa

Editorial

No puede haber resurrección, no podemos celebrarla con el gozo, la esperanza y la paz que merece este acontecimiento único, si todavía, en la humanidad, haya quien esté padeciendo evidentes signos y manifestaciones de muerte.

Mientras que el dolor no sea redimido en el acontecer cotidiano de hombres y mujeres, mientras siga gente sufriendo como consecuencia del corazón ennegrecido de las personas, no podemos gritar con libertad, como quisiéramos, que Cristo resucitó.

No es que los méritos de esta manifestación del amor de Dios no tengan el suficiente valor o no hayan alcanzado para sanar las heridas del pecado, sino que los que habitamos este mundo inutilizamos los efectos de la resurrección, por nuestra limitada voluntad al ejercerla, o por desviarla hacia la línea que marca Satanás: corrupción, mentira, impunidad, violación, aniquilamiento del inocente, etc., y nosotros, por una pretendida conveniencia, de cualquier tipo, aceptamos la oscuridad y no la luz.

Son muchos, innumerables, algunos difíciles de identificar, los signos y las expresiones de hechos de muerte que prevalecen, que dominan, que esclavizan a los seres humanos, tanto a los que los padecen como a los que los provocan.

Traficantes de la muerte no son solo los de personas (con mujeres y niños), pervertidores de menores, promotores y clientes de pornografía infantil, integrantes de cárteles, etc.

Traficantes de la muerte son todos aquellos que han perdido lo internamente más preciado, la conciencia, con el fin de obtener cuanto beneficio se pueda alcanzar y a cualquier precio, sin contemplaciones, sin el más mínimo respeto a sí mismos, a los demás y a la creación (o a la naturaleza, como gusten).

Así, por ejemplo, podemos hablar de quienes dañan la “casa común”, de aquellos que actúan con hipocresía maquillando los daños contra el medio ambiente.

Pudiéramos mencionar infinidad de ejemplos, pero no podemos dejar de hablar de las funerarias en general (aunque se logre salvar alguna).

A las funerarias, la epidemia les despertó no la solidaridad, necesaria para el más mínimo sentido humano, sino sus más inconfesables deseos de rapiña ante la muerte.

No tienen pudor en ser cínicos, así como se portaron sus verdugos con Jesús (“¿Adivina quién te pegó?”), como nos podemos portar con la persona que sufre y que no puede defenderse ante la humillación de alguna oferta, con el cinismo de quien, al ver a una persona con un dolor cargando en su interior, se ensaña para sacarle provecho, manipulando la vulnerabilidad y la necesidad en la que se encuentra.

Buitres esperando a ver quién muere, y sobre la muerte hacer un negocio. Todavía estás velando el cuerpo de un ser querido y ya te están ofreciendo otro paquete para la próxima muerte, para luego decirte que tu contrato no abarcaba todos los gastos, que hay que subirles unos cuantos miles de pesos, para dejar “marchar en paz” a su nueva víctima. Así son las funerarias, es el tráfico impune legalizado.

Jesús sabe que la alegría plena de la resurrección será solo al final de los tiempos, cuando ya no haya expresiones de oscuridad, sino de luz.

Mientras se sigan dando en el mundo ésta y muchas otras expresiones de muerte, la resurrección estará inconclusa.

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