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Ellos ahondaron sobre las condiciones que para los obispos de México, entre 1926 y 1929, implicó tener al clero sin lugares para ejercer con garantías mínimas su ministerio

A 90 AÑOS DE LOS ARREGLOS DE 1929

El movimiento Cristero y las relaciones Estado-Iglesia:

Daniel Casas Bañuelos

Como anunciaron oportunamente las páginas de este Semanario, el martes 21 de enero tuvo lugar, en el Salón de Usos Múltiples de la Universidad del Valle de Atemajac (UNIVA), de Zapopan, un panel académico organizado por la Cátedra Universitaria Cardenal Garibi Rivera, que dirige en ese plantel el Presbítero Armando González Escoto, donde se desarrolló el tema propuesto en el encabezado de este artículo.

El acto inaugural

A las 9.30 horas, ante una muy copiosa concurrencia, compuesta lo mismo por estudiantes, docentes y muchos invitados especiales atraídos por el tema, se presentó el presídium, que encabezó el Arzobispo de Guadalajara, Cardenal José Francisco Robles Ortega, el rector de la UNIVA, presbítero Francisco Ramírez Yáñez, y el director de la cátedra.

En su participación, el señor Arzobispo enfatizó el espinoso tema que hasta la fecha mantiene sus aristas para mantener en equilibrio y armonía las relaciones entre la Iglesia y el Estado en un ámbito como el nuestro, el de México, que nació católico y mantuvo ese rango confesional en sus leyes positivas hasta 1861, y cuya ruptura se dio en el marco de procesos que tienen una explicación histórica y también fracturas que no han sanado completamente, pues entre nosotros las cosas se fueron al otro extremo, es decir, a la pretensión del Estado de controlar la fe de los mexicanos, en ese tiempo católica sin fisuras.

A decir del prelado, el propósito de los estrategas del quehacer político hegemónico fue deslindarse de ese adjetivo, al punto de elaborar estrategias que incluso negaron la personalidad jurídica de la Iglesia y fueron causa de un desgaste social de consecuencias pavorosas, y que en la letra se mantuvo vivo hasta 1992.

La conferencia de Meyer

En su participación, el historiador francés nacionalizado mexicano expuso el marco en el que el anticlericalismo del gobierno mexicano consignado con especial inquina en los artículos 3º, 5º, 24, 27 y 130 de la Constitución de 1917 se enredaron en 1926, al grado de provocar, desde el ánimo del Presidente de México en ese momento, Plutarco Elías Calles, la guerra, que el calculó sería rápida y de victoria total para sus fines, pero que terminó siendo un doloroso viacrucis que costó la vida a 250 mil personas en un país de 15 millones de habitantes, es decir, la sangría bélica más grande de todos los tiempos entre nosotros.

Expuso, por otra parte, las consecuencias que derivaron de las posturas radicales de los dirigentes de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa y de cinco de los 25 obispos que gestionaron ante la Santa Sede el visto bueno para que se produjera la suspensión del culto público en los templos de México, detonante de la guerra y que lanzó al campo de batalla, sin preparación ni recursos bélicos, a cientos de campesinos, especialmente en aquellas zonas donde el catolicismo social había calado más hondo.

Habló, finalmente, de los nuevos datos que han arrojado luces acerca del tema con la apertura del hoy denominado Archivo Apostólico Vaticano y de investigaciones tan recientes como las de Ives Solís y Paolo Valvo, que ofrecen un panorama extenso acerca de cómo aterrizaron los arreglos de 1929 entre la Iglesia y el Estado

El panel

Luego de un receso, vinieron las exposiciones de los demás integrantes del esta actividad. En primer lugar, del doctor Juan González Morfín, el eclesiástico mexicano que más ha ahondado en la materia, y el doctor Rodrigo Ruiz Velasco Barba, uno y otro del Departamento de Estudios Históricos de la Arquidiócesis de Guadalajara, y del presbítero Armando González Escoto, Director de la cátedra y responsable de la trascripción del archivo sonoro ‘Nicolás Valdés Huerta’, único en su género y que consta de más de 400 horas de grabaciones de actores y protagonistas de la Guerra Cristera, que con los recursos de su tiempo rescató hace más de 60 años el eclesiástico de ese nombre.

Ellos ahondaron sobre las condiciones que para los obispos de México, entre 1926 y 1929, implicó tener al clero sin lugares para ejercer con garantías mínimas su ministerio, el tiempo tormentoso que ello significó para la misma fe católica de los mexicanos y el efecto que la persecución religiosa en México supuso entre los católicos españoles durante la sangrienta y desgarradora guerra civil entre 1936 y 1939.

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