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Descansa en paz un pastor con olor de oveja, Jesús, el Güero, Madrid (1938-2019)

Descansa en paz un pastor con olor de oveja, Jesús, el Güero, Madrid (1938-2019)

Pbro. Antonio Jiménez Jiménez

Fui requerido, en términos que no pude negarme, a pasar a letras de molde mis recuerdos acerca de un compañero del presbiterio de Guadalajara que acaba de salir de este mundo apenas alcanzada la edad octogenaria, J. Jesús Madrid Torres, que nació en Compostela, Nayarit, el 20 de diciembre de 1938 y falleció repentinamente en la capital de Jalisco la víspera de la Asunción de María a los cielos y en la que servía como presbítero desde el 10 de enero de 1971.

Apenas supo de su muerte, el arzobispo José Francisco Robles Ortega lo describió como “un testigo de la caridad que vivió Jesucristo y que enseña el Evangelio”. A ratificar ese dicho aspiran los párrafos que siguen.

Testigo de la caridad que vivió Jesucristo

La vida nos hizo coincidir en el Seminario Conciliar de Guadalajara como coetáneos hasta 1961 y en el ministerio cuando ocupó mi lugar como vicario parroquial en El Señor del Perdón, en Guadalajara, en 1973, al lado de don Francisco Ortiz Zúñiga.

Por lo primero puedo afirmar que en el campo intelectual el Güero Madrid, como lo llamamos siempre, fue más que sobresaliente, pues además del dominio cabal del latín y el griego, se arriesgó a ser un analista crítico y libre. Su talento le permitió, a partir de 1961, concluir los estudios eclesiásticos en Roma. Tenía 23 años y allá pudo allá ser testigo cercano tanto de las sesiones del Concilio Ecuménico Vaticano II como de la cuna de los movimientos sociales de 1968, que dejarán huellas tan profundas y aun sangrientas como la Primavera de Praga o la masacre de Tlatelolco.

Aunque entonces como ahora se le otorgó una beca de estudios en el extranjero por considerarlo apto la carrera eclesiástica, él tomó de ella distancia absoluta, de modo que a su regreso de Europa difirió un tiempo largo solicitar el presbiterado y si bien fue profesor en las aulas del Seminario, su paso terminó siendo fugaz por su incompatibilidad para plegarse a los esquemas formativos entonces vigentes.

En la breña…

Así llegó a la parroquia de El Señor del Perdón, en la colonia San Vicente de Guadalajara, a cargo de un párroco que como él también hizo estudios superiores en Roma no para acomodarse en el estatus clerical sino para darle aliento a una forma nueva de aplicar el Evangelio en pequeñas comunidades, don Francisco Ortiz Zúñiga, quien brindó apoyo pleno al Güero Madrid para darle vida a la Casa Nazareth, centro de atención integral para jóvenes atrapados por las adicciones, institución que será desde entonces fue su escuela, su forja y su hogar.

Dejarse evangelizar por quienes padecían la exclusión absoluta de las instituciones implicó para él compartir con los marginados incluso la cárcel y no siendo un anarquista ni un disidente pero sí un hombre libre, optó por vivir la congruencia que su percepción de la autoridad le granjeó entre esos jóvenes atrapados por las adicciones, no la de mandar mandando sino la de mandar obedeciendo, es decir, escuchando al otro antes que tomar una decisión por él o aplicarle una sanción.

En cierta ocasión…

Sin aspavientos ni poses protagónicas, Jesús Madrid, con la melena y la barba que nunca dejó, fue para quienes lo tratamos un profeta y un estímulo, pues tomó distancia absoluta de lo que a su juicio más contamina a los agentes de pastoral, convivir con los encumbrados y hacer con ellos pactos y alianzas.

Centrándose en el misterio del hombre herido por la falta de atención, afecto y cuidados pero con la seguridad y autoestima de los discípulos de Jesús resucitado, afrontó el riesgo de involucrarse en los ambientes más sórdidos no para destruirlos sino para volverse misericordioso como el Padre celestial.

Ya en la recta final de su vida la Providencia le permitió ver el pontificado de un Papa como Francisco, empeñado en arrancar entre los obispos y al clero en el mundo el clericalismo mundano que asfixia el Evangelio y lo reduce a ser opio del pueblo, quedándole junto con la satisfacción del deber cumplido la certeza de haberle dado a su ministerio una dirección visionaria, justa y legítima.

Esa estampa suya, la de un arquetipo “de la caridad que vivió Jesucristo y que enseña el Evangelio” retendremos en la memoria quienes tratamos a un hombre que sin agresiones pero tampoco doblegándose jamás a las seducciones y los oropeles materialistas, hizo del Evangelio su divisa y su plan de vida.

Acerca de Rebeca Ortega Camacho

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