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El fruto de la VII Asamblea Diocesana de Pastoral

Vicaría de Pastoral

El 26, 27 y 28 de junio pasado, en las instalaciones del Seminario Menor de Guadalajara, se llevó a cabo la VII Asamblea Diocesana de Pastoral, en un marco de sinodalidad, de comunión y participación.

Se había trabajado, durante las asambleas parroquiales, decanales y vicariales, en una encuesta para revisar tanto la asimilación como la aplicación del proceso pastoral diocesano con resultados que dejan entrever una gran mayoría de agentes de pastoral interesados en la acción pastoral diocesana, pero con un desconocimiento sobre la metodología participativa, los contenidos y los diversos pasos que se han dado en el caminar pastoral desde la I Asamblea. Esto, sin duda, será motivo para analizar y tomar decisiones pastorales que ayuden a que la información fluya con mayor eficacia.

El señor Cardenal y algunas voces autorizadas leyeron el fruto de la encuesta, es decir, este desconocimiento e incluso desinterés por el proceso pastoral, porque hasta el momento se había trabajado hacia adentro y de forma más doctrinal que práctica. Esto no es algo negativo, sino que se requería tener una plataforma doctrinal y metodológica que diera fundamento a la parte más operativa que se avecina, puesto que hasta ese momento se tenía ya un objetivo claro, las líneas comunes de acción, las periferias existenciales prioritarias y la consciencia de la necesidad de renovar las estructuras eclesiales y los criterios para hacerlo. Pero el atorón estaba en el cómo; ya no se trataba de una cuestión de ideas sino de acción, pues las ideas estaban claras, pero no se hallaba por dónde ponerlas en práctica.

Surgieron varias sugerencias, al preparar la VII Asamblea, para dar ese paso decisivo de cómo concretar el proceso ya en algo operativo que detonara y fuera como un parteaguas en el caminar pastoral de la Iglesia de Guadalajara. Algunas de estas sugerencias iban en torno a la atención particular a las periferias existenciales, pero se corría el peligro de parcializar el trabajo pastoral, por eso se optó, y el Cardenal así lo aceptó, que se eligiera un valor de Reino de Dios muy latente en los retos que se tenían de la encuesta y en las exigencias que surgieron de la iluminación dentro de la VII Asamblea, y a partir de ese valor proponer cauces operativos para vivirlo, sobre todo, teniendo como destinatarios o interlocutores privilegiados a las periferias existenciales prioritarias.

La elección de un valor del Reino permitirá que podamos tener ya un elemento común determinante de toda acción pastoral: desde la más pequeña acción en las comunidades eclesiales parroquiales hasta la más multitudinaria manifestación de fe como la Romería o el Corpus Christi diocesano, pasando por los planes y programas decanales, vicariales y el trabajo de las comisiones y dimensiones. El valor del Reino asumido será el principio que fundamente y oriente la pastoral ordinaria (paradigmática) y la pastoral más misionera y extraordinaria (progamática), aquella que pretende llegar además de los territorios, a todos los ambientes. Un valor del Reino ofrecerá la oportunidad para generar cada vez más una mayor articulación entre las instancias eclesiales: entre la pastoral territorial y la pastoral funcional, entre las mismas comisiones y sus secciones o dimensiones, siendo ya una gran oportunidad para trabajar en sinodalidad, en comunión y participación; podrá provocar, así, una gran renovación de nuestras estructuras pastorales. La formación integral y permanente de los agentes de pastoral será guiada por ese valor y será el matiz del kerigma de nuestra Arquidiócesis. Por otra parte, el valor asumido permite que busquemos la interlocución, es decir, el trabajar junto con organismos gubernamentales, o de la sociedad civil (OSC) por la consecución de ese valor del Reino, a fin de contribuir junto con ellos en la construcción de una sociedad más justa, equitativa y en paz, que trabajemos juntos, desde su propia perspectiva y, para nosotros desde nuestra fe, por el bien común.

El valor asumido por la Asamblea es el de la misericordia. Es desde ese valor como queremos llegar a las periferias existenciales prioritarias para tocarlas como Cristo, para encarnar en ellas y desde ellas la misericordia del Señor y que en él y por él tengan vida digna y plena. A partir de la misericordia renovar nuestras estructuras e instancias eclesiales para que tengan como principio rector este valor asumido.

La misericordia es el valor elegido providencialmente de parte de la Asamblea y responde a la realidad que vivimos, porque nuestra sociedad, que sufre una grave crisis antropológica, está padeciendo los embates de la inmisericordia, es decir, nos hemos dejado de ver como personas, como imagen y semejanza de Dios y templos del Espíritu Santo, para vernos sólo como objeto intercambiable que se puede vender, comprar, usar, tirar, extorsionar, desaparecer… La esencia del Evangelio es precisamente la misericordia y es el rostro de Dios que hoy necesita contemplar nuestro mundo; hoy se nos exige a nosotros los cristianos hacer presente al Dios de misericordia.

Pero la Asamblea también propuso cauces operativos que se pueden identificar como proyectos, actividades y métodos de proyectos que, conforme se vayan ejecutando, serán un gran impulso a la nueva evangelización para que nuestro pueblo, en Cristo, tenga vida.

Acerca de Rebeca Ortega Camacho

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