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Hoy celebramos a San Pedro Esqueda Ramírez, mártir mexicano

Pbro. Adrián Ramos Ruelas

Los 25 mártires mexicanos reconocidos como santos no pueden pasar desapercibidos en nuestras celebraciones litúrgicas. Cada 22 de noviembre, el mismo día en que recordamos el martirio de Santa Cecilia, patrona de los músicos, recordamos en nuestra Arquidiócesis de Guadalajara el testimonio y martirio de San Pedro Esqueda Ramírez, otro gran cantor de Cristo Rey y de Santa María de Guadalupe.

Este gran sacerdote nació en San Juan de los Lagos el 29 de abril de 1887 en el seno de una familia muy pobre. De niño formó parte de un coro y fue monaguillo, lo cual despertó su vocación a la vida sacerdotal. Obtuvo excelentes calificaciones en sus estudios. Pronto se habituó a rezar el Rosario y jugaba a celebrar la misa como muchos niños.

A los 15 años ingresó al Seminario Auxiliar de San Julián. Su padre lo motivó a ingresar. Recibió el Orden Sacerdotal a fines de 1916. Colaboró en la capilla del hospital de la Santísima Trinidad y después fue designado vicario de la parroquia en la que trabajaba, en San Juan de los Lagos. Allí permaneció hasta su muerte. Durante once años dio lo mejor de sí. Tuvo un excelente desempeño en la catequesis infantil. Impulsó la asociación Cruzada Eucarística. Sus dos grandes devociones fueron María y la Eucaristía, mismas que supo infundir en los fieles. También fue grande su amor hacia los pobres.

Pronto llegaría el momento de la persecución religiosa. Al inicio de noviembre de 1927, Pedro buscó refugio en Jalostotitlán, Jalisco. Regresó, sin embargo, a San Julián, por el amor a sus feligreses. Algunos lo hospedaron, a pesar de los riesgos que esto implicaba. Sus palabras expresan una admirable confianza: “Dios me trajo, en Dios confío”.

Fue detenido el 18 de noviembre de 1927. Las vejaciones que sufrió se extendieron hasta el día de su martirio: 22 de noviembre.

¿Qué podemos aprender de este gran hombre de Dios?

  1. Su celo apostólico. La catequesis y la evangelización eran su pasión. Quería que todos conocieran y amaran a Jesucristo y a su Iglesia.
  2. Su amor a su rebaño. Como todo mártir, no hubo impedimento para seguir con su feligresía a pesar de que arreció la persecución.
  3. Su amor a los pobres. Él vivió pobre y humilde y conoció lo que era esta realidad, por eso dedicó una gran atención los más necesitados.

Acerca de Gabriela Ceja Ramirez

Lic. en Comunicación | Especializada en Comunicación Pastoral, por el ITEPAL y la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, Colombia | Editora de Semanario Arquidiocesano de Guadalajara.

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