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Guadalajara cuna de la tradición y la cultura mexicana, se convirtió en la sede de la principal organización criminal del narcotráfico en México, una de las más sanguinarias en el mundo / Fotografía; Archivo

Jalisco y su relación con el narco

Salvador García Soto

Hablar de narcotráfico en Jalisco es hablar de una historia que tiene raíces añejas y profundas. Desde que comenzó el fenómeno de la producción y el tráfico de estupefacientes en nuestro país, en los años de la Segunda Guerra Mundial, controlado entonces por el Ejército y el gobierno de México para abastecer de opioides al Ejército de los Estados Unidos, el Estado de Jalisco en particular, y el Occidente mexicano, quedaron irremediablemente ligados, por su ubicación geográfica, a la zona de influencia de las primeras organizaciones que controlaron la producción de amapola y marihuana para el mercado estadounidense establecidas en Sinaloa.

A partir de ese momento, desde la época de la posguerra, el crecimiento de los grupos dedicados al narcotráfico fue exponencial, en la medida que el mercado de las drogas se volvió un negocio y creció siempre al amparo del poder político federal y local.

Para los años 70 y 80 el negocio ilegal se había vuelto tan próspero que los grupos del narco sinaloense comenzaron a expandirse y, presionados por la Operación “Cóndor”, que lanzó el gobierno federal en contra de sus cultivos ilegales, encontraron en Guadalajara, la ciudad occidental más cercana, no sólo un refugio para sus familias sino también el lugar ideal para invertir y “lavar” los millonarios ingresos que les dejaba la producción y trasiego de marihuana y los opiáceos derivados de la amapola a los Estados Unidos.

Los cárteles y la conservadora sociedad tapatía

A partir de ahí, la capital de Jalisco se volvió centro de operaciones financieras y lugar de residencia para los capos sinaloenses.

Pedro Avilés, el fundador del Cártel de Sinaloa; Miguel Ángel Félix Gallardo, Juan José Esparragoza, “El Azul”; Rafael Caro Quintero y hasta un par de jóvenes que entonces eran sólo sicarios y operadores menores, Joaquín “El Chapo” Guzmán y Héctor “El Güero” Palma, desfilaban por Guadalajara y se dedicaban a corromper con el poder del dinero y las armas lo mismo a políticos del PRI de aquella época, gobernadores, alcaldes, procuradores y delegados federales, que a los empresarios tapatíos que comenzaban a hacer “alianzas de negocios” con los “inversionistas” sinaloenses.

Así nació, en los años 80, el que el gobierno de Estados Unidos llamó el “Cártel de Guadalajara”, fundado por los capos sinaloenses, y cuyo líder visible fue Rafael Caro Quintero, el primero en establecerse completamente en la capital tapatía, y operaba desde ahí su negocio criminal y su maquinaria de lavado de dinero, paseándose como “gran señor” por la ciudad, y corrompiendo no sólo a las autoridades sino a la conservadora y tradicional sociedad tapatía, que comenzó por aquellos años a empezar a convivir y relacionarse con los narcos llegados desde Sinaloa.

Mientras Caro se volvía famoso por sus excesos, como “robarse” a una niña de la sociedad tapatía de aquellos años, Sarita Cosío, en Puerto Vallarta, y Nayarit, Ernesto Fonseca Carrillo “Don Neto” manejaba el negocio de drogas y lavado de dinero en el destino turístico jalisciense.

Los de Sinaloa y los michoacanos

Tras la caída de Caro Quintero, con el asesinato del agente de la DEA, Enrique Camarena Salazar en 1984, los sinaloenses mantuvieron el control de Jalisco. Miguel Ángel Félix Gallardo, que era el jefe real del Cártel, se convirtió en el nuevo capo de Guadalajara, cuyo reinado duraría poco porque ya estaba en la mira de los Estados Unidos, y en 1989, casualmente cuando el gobernador de Jalisco, Enrique Álvarez del Castillo fue nombrado procurador General de la República en el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, Félix Gallardo fue detenido y encarcelado.

El golpe a la cabeza del Cártel de Sinaloa trajo reacomodos y movimientos en el narcotráfico nacional. En Jalisco emergieron los liderazgos de Juan José Esparragoza “El Azul” y de Ignacio Coronel, mientras que a nivel nacional se fortalecían las figuras de Ismael “El Mayo” Zambada y de Joaquín “El Chapo” Guzmán.

Pero a principios de los 90, llegados de Michoacán, otro grupo hizo presencia en la capital de Jalisco, Los Valencia, que lideraban el “Cártel del Milenio” o “Cártel del Aguacate”, por el uso que hacían de esa fruta para traficar la droga. Los michoacanos aprovecharon la vecindad y la debilidad de los sinaloenses para establecer una alianza que les permitió operar en Guadalajara. Y con ellos llegaría al Estado, allá por 1995, un joven, Nemesio Oseguera Cervantes “El Mencho” originario de Aguililla, Michoacán, que se estableció en Tomatlán y se hizo policía municipal.

La era Coronel y el ascenso del Mencho

Al mando de Nacho Coronel, al que llamaban “El Rey del Cristal”, los sinaloenses enfrentaron la llegada a Jalisco del sanguinario grupo de Los Zetas, que desde Tamaulipas, y en alianza con los hermanos Beltrán Leyva, intentaron controlar la codiciada plaza de Guadalajara.

En 2009, los principales líderes del Cártel del Milenio fueron detenidos y su grupo se dividió en dos facciones “Los Torcidos” y “La Resistencia”; el primero se sumó al Cártel de Sinaloa, y el segundo a Los Zetas en la guerra por Jalisco. Ahí, entró en escena “El Mencho”, que ya casado con Rosalinda González Valencia, se convirtió en jefe del brazo armado de Nacho Coronel para enfrentar a los Zetas y encabezó un grupo de sicarios denominado “Los Matazetas”.

La guerra violentó las calles de la capital tapatía con ejecuciones y tiroteos, y provocó la incursión de las fuerzas federales que el 29 de julio de 2010 abatieron a Ignacio Coronel en su residencia de Colinas de San Javier, en Zapopan, donde el capo sinaloense, asediado por Los Zetas que le habían secuestrado y matado a un hijo, fue sorprendido por un grupo de élite de la Marina.

La muerte de Coronel, lejos de calmarla, atizó la guerra, y “El Mencho”, junto con Abigael González Valencia “El Cuini” y Erick Salazar Valencia “El 85” aprovecharon la debilidad de los sinaloenses y rompieron con ellos para crear su propio cártel: el Jalisco Nueva Generación.

La solidificación de un imperio criminal

A partir de ahí, Nemesio Oseguera no sólo logró derrotar y sacar a Los Zetas del Estado, sino que desterró también a los sinaloenses que por décadas controlaron al Estado, y se enfrentó a “El Chapo” Guzmán, secuestrándole a uno de sus hijos en Puerto Vallarta. “El Mencho” se convirtió en el nuevo azote ya no sólo del Estado, sino de la República mexicana.

Hizo de la sierra sur de Jalisco su escondite impenetrable para las autoridades y construyó una enorme base social que lo protege y arropa. Y desde aquí comenzó a crear un emporio criminal que hoy tiene presencia en 27 Estados de la República, un ejército paralelo de sicarios fuertemente armados que alaban y le juran lealtad “al señor Mencho”, y que lo mismo reparte despensas en zonas populares de Jalisco y el país, que manda asesinar jueces federales en Colima, que organiza un atentado contra el secretario de Seguridad de la Ciudad de México a quien intentó matar en plena capital de la República.

Hoy el CJNG, que tristemente estigmatiza al productivo e industrioso Estado de Jalisco, cuna de la tradición y la cultura mexicana, es considerada por el Departamento de Justicia de los Estados Unidos “una de las cinco organizaciones terroristas y criminales más peligrosas y violentas del mundo”, y su líder Nemesio Oseguera Cervantes encabeza las listas de los más buscados del FBI, la DEA y del gobierno mexicano, con recompensas de 10 millones de dólares por su cabeza.

Con este sujeto de 54 años, enfermo de problemas renales, Jalisco y Guadalajara pasaron de ser lugar de asiento y centro financiero del narco mexicano, para convertirse, triste y dolorosamente, en la sede de la principal organización criminal del narcotráfico mexicano y una de las más sanguinarias y violentas del mundo.

¿Qué ha dicho el Papa Francisco?

El Papa Francisco en su visita a México en 2016, en el mensaje a los Obispos en la catedral metropolitana, expresó que el narcotráfico amenaza a toda la sociedad mexicana y pidió a los obispos “no dormirse en los laureles” ante la “metástasis” del crimen organizado.

“Les ruego por favor no minusvalorar el desafío ético y anticívico que el narcotráfico representa para la juventud y para la entera sociedad mexicana, comprendida la Iglesia”

Pidió tener un “coraje profético” y un proyecto pastoral para ayudar a la sociedad mexicana a salir adelante, sin menospreciar la dificultad de hacerle frente al narcotráfico, y pidió la colaboración de comunidades parroquiales, escuelas, instituciones comunitarias, comunidades políticas y estructuras de seguridad para enfrentar los retos sociales.

“La proporción del fenómeno (narcotráfico), la complejidad de sus causas, la inmensidad de su extensión, como metástasis que devora, la gravedad de la violencia que disgrega y sus trastornadas conexiones, no nos consienten a nosotros, refugiarnos en condenas genéricas, sino que exigen un coraje profético y un serio y cualificado proyecto pastoral”. 

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