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La lucha en favor de la igualdad de derechos, salarios y oportunidades, en favor del respeto y de la justicia, en favor de la vida, es legítima y obligada / Fotografía Archivo

Octava estación

Pbro. Armando González Escoto

Jesús se encuentra con las mujeres de Jerusalén.  Mujeres judías que, desde la antigüedad, vivían injustamente sometidas a un trato desigual; torpemente culpadas por el hombre de haber ocasionado el primer pecado, una falta que, sin embargo, había sido igualmente compartida en los hechos y en la incapacidad para asumir las consecuencias de los propios actos; también la mujer culpó a un animal, inaugurando así, -hombres y mujeres- una larga historia de irresponsabilidad, una historia donde el hombre, pervertido en “macho”, hará de su fuerza física un pretexto para someter lo mismo a las mujeres que a la naturaleza.

Poco después Caín mata a Abel, los hombres dan inicio a una cultura que convierte las diferencias en desigualdades, y hace de las desigualdades, la ocasión para imponer, someter, robar y asesinar a quienes tienen menos capacidades o recursos, hasta llegar al extremo de legalizar esta forma de hacer las cosas.

Las mujeres de Jerusalén lloran al ver derrotado a Jesús, todas saben hasta qué punto el Mesías, las ha redimido de la opresión cultural y legal que sufrían en su pueblo, porque solamente ellas debían pagar con su vida el pecado de adulterio, porque los rabinos no debían de conversar con mujeres, porque el parto las hacía “impuras”, porque las mujeres “públicas” no debían acercarse a la gente “decente”. Ellas saben todo lo que Jesús ha significado en su propia historia, y no saben si habrá quien dé seguimiento a su obra, si después de un momento de redención, volverán siglos de oprobio.

Tal vez por eso, Jesús les dice: “lloren más bien por ustedes y por sus hijos”, porque difícilmente se superará una cultura machista compartida con todos los pueblos de la tierra, una cultura que sus hijos perpetuarán, para que sus hijas sigan siendo víctimas de la desigualdad, del abuso y del maltrato.

Lloren por sus hijas, porque la imposición férrea de esa cultura desigual las depravará, de tal manera, que llegarán a defender su misma condición de injusticia y sometimiento, como si fuera algo natural y hasta su privilegio.

Habrá que dejar de llorar y ponerse a trabajar a favor, de lo que el Papa Francisco ha llamado “un nuevo ethos”, una “nueva alianza entre hombres y mujeres”, para la creación de una nueva cultura establecida en la igualdad y en la solidaridad, superando la contienda, la tendencia pendular de ir de un extremo al otro; trabajar para que la mujer no se convierta en aquello contra lo cual lucha, y acabe imitando las peores versiones que de sí mismo ha hecho el machismo.

La lucha en favor de la igualdad de derechos, salarios y oportunidades, en favor del respeto y de la justicia, en favor de la vida, es legítima y obligada, y no debe ser manipulada por nadie; reto muy exigente, pues vivimos en una sociedad donde políticos, ideólogos y comerciantes son capaces de echar a perder las mejores causas para sacar provecho

Acerca de Monserrat Cuevas

Lic. Ciencias de la Comunicación | Reportera en Acción | Temas sociales, busco historias de vida que contar.

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