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Foto: Carlos Zepeda (ArquiMedios)

Ser párroco en pandemia

Pbro. Emanuel Santana

Redacción: Sonia Gabriela Ceja Ramírez

Estamos por celebrar el Día del Párroco, un oficio que no solamente requiere muchos años de estudio sino requiere fundamentalmente desarrollar virtudes tan difíciles como la obediencia y sobre todo la actitud de servicio.

Tradicionalmente, en toda la Iglesia, el 4 de agosto, fiesta de San Juan María Vianey, mejor conocido como el Santo Cura de Ars, se celebra el Día del Párroco.

La realidad nos cambió de repente

Actualmente en Guadalajara tenemos 1,224 sacerdotes, de los cuales, aproximadamente 530 son párrocos, señores curas que tienen bajo su responsabilidad el cuidado de extensos territorios parroquiales que requieren atención según sus condiciones: si son de ciudad, si son del campo, si cuentan con un solo templo o con diversas comunidades, si tienen solvencia económica o si requieren el apoyo de otras parroquias para subsistir. Las realidades son diversas, como también lo son el carácter, las personalidades y la manera de trabajar de cada párroco.

Una realidad común pero con circunstancias diferentes, es la que se ha vivido a partir de la pandemia. Sacerdotes nos cuentan su experiencia y como actuaron ante este monstro de variadas cabezas.

De una comunidad a muchas comunidades

El Obispo Auxiliar de Guadalajara, Mons. Manuel González Villaseñor, rememoró sus vivencias como párroco. Hasta antes de ser nombrado Obispo fungía como señor Cura en San Francisco Javier de las Colinas: “Estuve nada más un año y medio pero me tocó vivir lo más difícil de la pandemia. En primer lugar,  en lo que respecta a mí como sacerdote,  trataba de juntarme a veces virtualmente y cuando ya se pudo, físicamente con compañeros, amigos, para levantarnos el ánimo, para echarnos porras para seguir adelante.

“En lo espiritual, intensifiqué un poco mi oración y me dediqué más al estudio, y un poco al ejercicio. Ya en la atención de los fieles, aunque los templos estaban cerrados, nosotros buscábamos la manera de, sin quebrantar las normas, poder atender espiritualmente a las personas, y lo que hacíamos era tener la oficina abierta.

“La persona llegaba a confesarse o también a dirección espiritual, o a compartir sus necesidades, y de alguna manera también, cuando no estuvo tan agudo el problema, distribuíamos de manera aislada, la Comunión a las personas fuera de la Misa, pero sin ponerlos en riesgo.

“Transmitíamos la Santa Misa por internet, y cuando había alguna Misa de cuerpo presente, por parte del Arzobispado, nos permitían que se hiciera una celebración a puerta cerrada con no más de 10 personas”.

“Para poder atender a la gente, en ese momento. A los enfermos, solamente por teléfono, porque no se nos permitía entrar a las casas para no ponerlos en riesgo de contagio, y algo muy importante es que, como la parroquia de San Javier es una parroquia económicamente estable, hubo muchas solicitudes de parroquias necesitadas para apoyarlos.  

“Hice una convocatoria para que familias de la colonia apoyarán a parroquias necesitadas y me impresionó mucho la generosidad, porque en tres o cuatro días, había juntado alrededor de 250 mil pesos para ayudar a parroquias necesitadas.  

“Otras personas nos llevaron despensas para apoyar a parroquias y familias necesitadas, y siempre muy preocupados por sus sacerdotes”.

El Obispo enfatizó que aunque no se pudo acompañar a los enfermos en sus hogares o en los hospitales, se trataba de dar acompañamiento a sus familiares y también a ellos aunque sea vía telefónica, pues aunque no podían confesarles, los invitaban al arrepentimiento y a hacer un acto de contrición perfecto. “Sobre todo les dábamos palabra de consuelo a través del teléfono”.

El señor Obispo Manuel González reconoció que la pandemia provocó en general un enfriamiento en la fe: “Quienes poco asistían a Misa, ya no regresaron, y los que asistían, sí se desanimaron un poco”.

Los católicos no nos dejamos vencer

Monseñor Manuel González Villaseñor, Obispo auxiliar de Guadalajara

Señaló que se debe convocar de nuevo a las personas, guardando y respetando los protocolos de salubridad: el aforo del 75 por ciento en los templos, la utilización de gel antibacterial, pero además llevando a cabo actividades como una misión parroquial para rescatar la fe de las personas que se han alejado, particularmente los jóvenes.

Indicó que con las debidas precauciones, es conveniente que se vuelvan a reunir los grupos.

A los sacerdotes, el Obispo Manuel Gonzáles Villaseñor los exhortó a reforzar las estructuras que los ayudan a enfrentar este tipo de situaciones: la oración personal, la convivencia con amigos en el decanato y también con los compañeros de generación. “Si tenemos una vida espiritual sólida, un director espiritual, eso nos va a  ayudar a enfrentar los problemas, pero también estas ayudas humanas de fraternidad, nos ayudan a salir adelante. Lo peor de todo es enfrentar situaciones difíciles aislados”.  

A los fieles en general el Mons. González Villaseñor dijo que “no hay que dejar que el pesimismo, que la obscuridad, nos venzan.

“Los católicos siempre debemos ser personas de esperanza y de luz.  Esto no nos tiene que tumbar la fe, al contrario, tenemos que seguir creciendo en la confianza en Dios”.

“Yo los invito a que hagamos mucha oración, a que nos acerquemos de nuevo a la Eucaristía y sobre todo a la caridad y en el amor a los demás”.

El cambio entre dos comunidades, en tiempos de pandemia

El señor Cura Rafael Ramírez Lamas llegó a la comunidad de San Pedro Tlaquepaque hace un año, a donde llegó procedente de Santa Rosa de Lima en la colonia Las Águilas. Ambas parroquias superan los 20 mil habitantes.

Indicó que durante la pandemia, la parroquia no se cerró pues las oficinas siguieron trabajando aunque el culto con presencia de fieles si tuvo que suspenderse. “Yo pude atender espiritualmente a la gente. Me ponía en los pasillos, tenía una mesa especial y estuve atendiendo sobre todo en la Confesión.

“En la cuestión económica, la gente fue muy solidaria. En Santa Rosa de Lima, donde viví lo fuerte de la pandemia, mucha gente estuvo llevando donativos que ayudaron a solventar las necesidades de la parroquia. Cuando los enfermos creían conveniente que fuéramos a visitarlos, también lo hacíamos.

“El año pasado nos tocó celebrar la Semana Santa (en Santa Rosa) a puerta cerrada. Hicimos distintas dinámicas de sacar al Santísimo, el Viacrucis, la Vigilia Pascual que hicimos en altares por las distintas calles, los jóvenes se fueron a las esquinas a donde la gente llegaba a encender sus cirios. Fue una dinámica muy bonita que también la gente pudo seguir por Facebook desde sus casas”.

Además, dijo, “a través de los coordinadores de sector se pidió, que si algún familiar enfermaba o fallecía, se avisara para desde la parroquia pedir por él y sus seres queridos en las Misas a puerta cerrada, al principio fueron muy pocos, pero después se empezaron a incrementar”.

El señor Cura Lamas apuntó que este tiempo propició también las muestras de fraternidad sacerdotal pues entre los propios hermanos sacerdotes trataron de apoyarse moral e incluso económicamente, pues las parroquias que tenían algún guardadito para alguna construcción que estaban realizando o planeaban realizar, pudieron echar mano de eso para solventar sus necesidades o incluso apoyar a quienes lo necesitaban”.

Respecto al regreso presencial paulatino que se está haciendo a las comunidades, el sacerdote resaltó la importancia de la fe vivida en comunidad, para lo que su parroquia ha realizado una misión durante el mes de julio. “Queremos que la gente regrese. Estuvimos yendo casa por casa entregando una hoja donde aclaramos ese sentido de la fe en comunidad y parece que la gente si va regresando, gracia a Dios”.

Finalmente, el padre señaló que “nuestra fe no es un accesorio, un añadido a la vida del ser humano. La fe es una parte esencial, no se trata de si ahorita tengo ganas o no, es algo que hay que vivir y que hay que fortalecer. Busquemos vivirla en comunidad. La fe la vamos desarrollando cada quien en particular, pero en comunidad la hacemos vida”.

A los hermanos sacerdotes, yo les diría que no perdamos la esperanza, no perdamos el rumbo. Que sigamos teniendo muy claro que Dios nos llamó para compartir y el también compartió esta cruz. En el aspecto humano, con estas situaciones, nos enseñamos a ser solidarios y cercanos, y en el aspecto económico, debemos enseñarnos a ser administrados: todas las parroquias tenemos que buscar la forma de tener un guardadito que nos ayude a solventar estas circunstancias extraordinarias. Yo sé que hay parroquias con más dificultades económicas, pero las parroquias que tienen un poco más de solvencia, ojalá nos enseñemos a ser más solidarios”.

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