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Día del párroco. Un pastor según el Corazón de Dios

Redacción ArquiMedios

En la fiesta de San Juan María Vianney, también conocido como el Santo Cura de Ars, 4 de agosto, la Iglesia celebra el Día del Párroco en memoria de aquel que se dedicó con empeño a la conversión de los fieles de su comunidad parroquial.

La figura del párroco tiene una gran relevancia para la Iglesia. Él -tal como se expone en el Código de Derecho Canónico (N° 519)- “es el pastor propio de la parroquia que se le confía, y ejerce la cura pastoral de la comunidad que le está encomendada bajo la autoridad del Obispo diocesano en cuyo ministerio de Cristo ha sido llamado a participar, para que en esa misma comunidad cumpla las funciones de enseñar, santificar y regir, con la cooperación también de otros presbíteros o diáconos, y con la ayuda de fieles laicos, conforme a la norma del derecho”.

Estas características de pastor de una comunidad las vivió fielmente San Juan María Vianney, siendo párroco de la pequeña población francesa de Ars, donde ganó popularidad, especialmente, como confesor, no solo dentro de su comunidad, sino también en toda Francia. Su ejemplo de vida como pastor pasó las fronteras, tanto así que el mismo Papa Pio X lo propuso como modelo para los sacerdotes párrocos.

El pasado mes de junio, en El Video del Papa, el Papa Francisco se dirigió a los católicos para rezar por la santificación de los sacerdotes. “Quiero pedirles que dirijan su mirada a los sacerdotes que trabajan en nuestras comunidades. No todos son perfectos, pero muchos se la juegan hasta el final, ofreciéndose con humildad y alegría. Son sacerdotes cercanos, dispuestos a trabajar duro por todos. Demos gracias por su ejemplo y testimonio. Recemos por los sacerdotes para que, con la sobriedad y humildad de sus vidas, se comprometan en una solidaridad activa, sobre todo, hacia los más pobres”, dijo el Pontífice.

Santo Patrón de los párrocos

El ejemplo de vida de San Juan María Vianney, no sólo como pastor, sino como modelo a seguir en la santidad, también sirvió para que el Papa Benedicto XVI dedicara un año especial a los sacerdotes (2009-2010) meditando, precisamente en la figura del Santo Cura de Ars. A continuación, un extracto de la Carta del Sumo Pontífice Benedicto XVI para la convocación de un Año Sacerdotal con ocasión del 150 Aniversario del “dies natalis” del Santo Cura de Ars (16 de junio de 2009).

“El Sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”, repetía con frecuencia el Santo Cura de Ars. Esta conmovedora expresión nos da pie para reconocer con devoción y admiración el inmenso don que suponen los sacerdotes, no sólo para la Iglesia, sino también para la humanidad misma.

“Un buen pastor, un pastor según el Corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina”.

san juan maría vianney

En este sentido, la enseñanza y el ejemplo de San Juan María Vianney pueden ofrecer un punto de referencia significativo. El Cura de Ars era muy humilde, pero consciente de ser, como sacerdote, un inmenso don para su gente: “Un buen pastor, un pastor según el Corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina”. Hablaba del sacerdocio como si no fuera posible llegar a percibir toda la grandeza del don y de la tarea confiados a una criatura humana: “¡Oh, qué grande es el sacerdote! Si se diese cuenta, moriría… Dios le obedece: pronuncia dos palabras y Nuestro Señor baja del cielo al oír su voz y se encierra en una pequeña hostia…”. Explicando a sus fieles la importancia de los sacramentos decía: “Si desapareciese el sacramento del Orden, no tendríamos al Señor. ¿Quién lo ha puesto en el sagrario? El sacerdote. ¿Quién ha recibido vuestra alma apenas nacidos? El sacerdote. ¿Quién la nutre para que pueda terminar su peregrinación? El sacerdote. ¿Quién la preparará para comparecer ante Dios, lavándola por última vez en la sangre de Jesucristo? El sacerdote, siempre el sacerdote. Y si esta alma llegase a morir [a causa del pecado], ¿quién la resucitará y le dará el descanso y la paz? También el sacerdote… ¡Después de Dios, el sacerdote lo es todo!… Él mismo sólo lo entenderá en el cielo”. Estas afirmaciones, nacidas del corazón sacerdotal del santo párroco, pueden parecer exageradas. Sin embargo, revelan la altísima consideración en que tenía el sacramento del sacerdocio.

Predicar con el ejemplo

Llegó a Ars, una pequeña aldea de 230 habitantes, advertido por el Obispo sobre la precaria situación religiosa: “No hay mucho amor de Dios en esa parroquia; usted lo pondrá”. Bien sabía él que tendría que encarnar la presencia de Cristo dando testimonio de la ternura de la salvación: “Dios mío, concédeme la conversión de mi parroquia; acepto sufrir todo lo que quieras durante toda mi vida”. Con esta oración comenzó su misión. El Santo Cura de Ars se dedicó a la conversión de su parroquia con todas sus fuerzas, insistiendo por encima de todo en la formación cristiana del pueblo que le había sido confiado.

“Dios mío, concédeme la conversión de mi parroquia; acepto sufrir todo lo que quieras durante toda mi vida”.

san juan maría vianney

El Santo Cura de Ars enseñaba a sus parroquianos sobre todo con el testimonio de su vida. De su ejemplo aprendían los fieles a orar, acudiendo con gusto al sagrario para hacer una visita a Jesús Eucaristía. (…) Esta identificación personal con el Sacrificio de la Cruz lo llevaba –con una sola moción interior– del altar al confesonario. Los sacerdotes no deberían resignarse nunca a ver vacíos sus confesonarios ni limitarse a constatar la indiferencia de los fieles hacia este sacramento.

El Cura de Ars consiguió en su tiempo cambiar el corazón y la vida de muchas personas, porque fue capaz de hacerles sentir el amor misericordioso del Señor. Se entregaba totalmente a su propia vocación y misión con una ascesis severa: “La mayor desgracia para nosotros los párrocos –deploraba el Santo– es que el alma se endurezca”; con esto se refería al peligro de que el pastor se acostumbre al estado de pecado o indiferencia en que viven muchas de sus ovejas. Dominaba su cuerpo con vigilias y ayunos para evitar que opusiera resistencia a su alma sacerdotal. Y se mortificaba voluntariamente en favor de las almas que le habían sido confiadas y para unirse a la expiación de tantos pecados oídos en confesión. A un hermano sacerdote, le explicaba: “Le diré cuál es mi receta: doy a los pecadores una penitencia pequeña y el resto lo hago yo por ellos”. Más allá de las penitencias concretas que el Cura de Ars hacía, el núcleo de su enseñanza sigue siendo en cualquier caso válido para todos: las almas cuestan la sangre de Cristo y el sacerdote no puede dedicarse a su salvación sin participar personalmente en el “alto precio” de la redención.

Vivir según el Evangelio

El Papa Juan XXIII en la Carta Encíclica Sacerdotii nostri primordia, publicada en 1959, en el primer centenario de la muerte de San Juan María Vianney, presentaba su fisonomía ascética refiriéndose particularmente a los tres consejos evangélicos, considerados como necesarios también para los presbíteros: El Cura de Ars supo vivir los “consejos evangélicos” de acuerdo a su condición de presbítero. En efecto, su pobreza no fue la de un religioso o un monje, sino la que se pide a un sacerdote: a pesar de manejar mucho dinero (ya que los peregrinos más pudientes se interesaban por sus obras de caridad), era consciente de que todo era para su iglesia, sus pobres, sus huérfanos, sus niñas de la “Providence”, sus familias más necesitadas. Por eso “era rico para dar a los otros y era muy pobre para sí mismo”. Y explicaba: “Mi secreto es simple: dar todo y no conservar nada”. Cuando se encontraba con las manos vacías, decía contento a los pobres que le pedían: “Hoy soy pobre como vosotros, soy uno de vosotros”. Así, al final de su vida, pudo decir con absoluta serenidad: “No tengo nada… Ahora el buen Dios me puede llamar cuando quiera”.

También su castidad era la que se pide a un sacerdote para su ministerio. Se puede decir que era la castidad que conviene a quien debe tocar habitualmente con sus manos la Eucaristía y contemplarla con todo su corazón arrebatado y con el mismo entusiasmo la distribuye a sus fieles. Decían de él que “la castidad brillaba en su mirada”, y los fieles se daban cuenta cuando clavaba la mirada en el sagrario con los ojos de un enamorado. También la obediencia de san Juan María Vianney quedó plasmada totalmente en la entrega abnegada a las exigencias cotidianas de su ministerio. Se sabe cuánto le atormentaba no sentirse idóneo para el ministerio parroquial y su deseo de retirarse “a llorar su pobre vida, en soledad”. Sólo la obediencia y la pasión por las almas conseguían convencerlo para seguir en su puesto. A los fieles y a sí mismo explicaba: “No hay dos maneras buenas de servir a Dios. Hay una sola: servirlo como Él quiere ser servido”. Consideraba que la regla de oro para una vida obediente era: “Hacer sólo aquello que puede ser ofrecido al buen Dios”.

“No hay dos maneras buenas de servir a Dios. Hay una sola: servirlo como Él quiere ser servido”.

san juan maría vianney

Queridos sacerdotes, Cristo cuenta con vosotros. A ejemplo del Santo Cura de Ars, dejaos conquistar por Él y seréis también vosotros, en el mundo de hoy, mensajeros de esperanza, reconciliación y paz.

Orar y amar

El 4 de agosto de 2016, en la tradicional convivencia del Día del párroco en la Arquidiócesis de Guadalajara, el Cardenal Arzobispo José Francisco Robles Ortega recordó la vida pastoral de San Juan María Vianney, asegurando que, aunque vivió en otra realidad social, su persona “encarna valores que son perennes y que deben y pueden inspirar la vivencia del sacerdocio en cualquier circunstancia y momento de la Historia”.

Principalmente resaltó dos de esos valores: “El hombre tiene un hermoso deber y obligación: orar y amar. Es tan concreto el mensaje, que no podemos sostenernos personalmente, sacerdotalmente, ministerialmente, sin la fuerza de la oración, así que la figura de San Juan María nos invita a revisarnos con humildad y sinceridad ante la actitud y la práctica de este valor”. Advirtió que esa oración debe ser humilde, perseverante, sincera, clara, confiada, y de todos los días.

“Si nos renovamos ante la figura del Santo Cura de Ars en el valor de la oración, el otro, el amor, viene por consecuencia, porque si algo experimentamos en la oración es el Amor con el que Dios nos creó, nos llamó, nos eligió y el que nos sigue manifestando, no obstante nuestra pobreza y limitaciones”, señaló el Arzobispo de Guadalajara.

 

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