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El lugar del adulto mayor en las comunidades religiosas

Pbro. José Rodrigo Alcántara Serrano SSCC

(Miembro del equipo consultor de la DDPAM)

El fenómeno de la intergeneracionalidad se vive en todas partes y exige una actitud personal de apertura, empatía y comprensión en ambas direcciones, tanto de los jóvenes hacia los ancianos, como de los ancianos hacia los jóvenes. Se trata de un espacio de vida en el que personas de diversas generaciones conviven, cohabitan, o colaboran. Se vive en las familias, en las escuelas, en los lugares de trabajo, en la Iglesia, en las comunidades religiosas, tanto femeninas como masculinas, en fin, es un fenómeno del todo social.

Se practica lo aprendido en casa

Las mujeres y hombres que se integran a una comunidad religiosa se insertan en un estilo de vida en el que pronto se ven interactuando en el día a día con personas adultas, muchas de ellas viviendo esa etapa de vida que se ha denominado la “tercera edad”.

Ciertamente muchos jóvenes traen de casa una cierta educación respecto del trato con los ancianos. Muchos de los/las jóvenes tienen una formación basada en el respeto a los ancianos. Respeto que se traduce en atención especial al adulto mayor, pues su estado físico muchas veces les impide asumir las tareas que de ordinario son parte de la vida de la comunidad, como el trabajo doméstico, pero también otras tareas de orden apostólico, que requieren no pocas veces movilidad, dinamismo, manejo de grupos, para lo cual el hermano o hermana mayores, se ven limitados.

Y es ahí donde se hace presente un tipo de ayuda concreto; de efectiva fraternidad o sororidad.

Es un sí a Cristo de por vida

Cabe decir que, en el caso de las comunidades religiosas, el adulto mayor permanece en la comunidad que su superior le asigne. No es llevado a algún asilo fuera de las comunidades de la Congregación, sino que permanece bajo el cuidado de su Congregación hasta el final de sus días.

En la formulación de los votos religiosos, aparece la expresión, con sus respectivas variaciones según cada Instituto religioso, de desear vivir y morir bajo el estilo de vida, carisma y espiritualidad que la religiosa o religioso abrazan. Por su parte, la comunidad religiosa está consciente de que tendrá que cuidar de sus miembros siempre; de suerte que se hace patente esa promesa que se hacen los novios en el sacramento del matrimonio: “tanto en la salud, como en la enfermedad, hasta la muerte”.

El religioso tiene el derecho y la obligación de estar bajo la tutela de su Congregación siempre. Habrá casos que requieran una atención especializada, y se tenga que hospitalizar al hermano, pero en tanto la situación no sea extrema, el hermano estará bajo el cuidado de sus propios hermanos de comunidad. Situaciones de este tipo, en la que un hermano mayor está bajo el cuidado de los otros más jóvenes, o más saludables, fortalecen enormemente el espíritu de servicio.

La capacidad de empatía con la persona débil se potencia, y la comunidad es capaz de mostrar ahí que es una comunidad de Jesús; que realmente es una comunidad centrada en el Evangelio.

Un camino lleno de enseñanzas

La experiencia intergeneracional trae para los diversos grupos etarios muchos aprendizajes. Los más jóvenes aprenden a ser pacientes con aquellos hermanos más ancianos. En el mejor de los casos, aprenden de la honda sabiduría que los más viejos traen consigo, fruto del camino que han hecho por la vida en su vocación y misión. Los ancianos por su parte, experimentan el cariño de los otros, y sienten que su vida sigue siendo valiosa, sobre todo cuando son tomados en cuenta en las diversas tareas, que siguen realizando según sus fuerzas y posibilidades. Pero siempre confiando en que más allá de lo que físicamente se pueda hacer, está el hecho de que todos, tanto jóvenes, como ancianos, comparten una misma vocación y misión, y ambos grupos están respondiendo al llamado que Dios les hace para que unos tengan sueños y los otros, visiones.

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