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Título de la obra: Le repas chez le pharisien Autor: James Tissot Año: Entre 1886 y 1894

En tus asuntos procede con humildad

Juan López Vergara

Nuestra madre Iglesia coloca en la mesa de la Eucaristía un texto de gran hondura, que presenta dos valores fundamentales del Reino: la humildad, y el desprendimiento incondicional en favor de los más desprotegidos (Lc 14, 1.7-14).

El que se humilla será engrandecido

Un sábado yendo Jesús de camino a Jerusalén, “fue a comer en casa de uno de los jefes de los fariseos, y éstos estaban espiándolo” (v. 1). Entonces sanó a un hombre enfermo de hidropesía. Esto suscitó una controversia con los expertos en la ley. El Señor enseñó así que el sábado debe ser, ante todo, un día de liberación y misericordia (véanse vv. 2-6).

Después al observar Jesús que los invitados escogían los primeros lugares, dijo una parábola, en la que recomendaba no ocupar los sitios más destacados no fuera a ser que su anfitrión los reacomodara por juzgar que había huéspedes más importantes que ellos (véanse vv. 7-9). Jesús concluyó: “Cuando te inviten ocupa el último lugar, para que, cuando venga el que te invitó, te diga: ‘Amigo, acércate a la cabecera’. Entonces te verás honrado en presencia de todos los convidados. Porque el que se engrandece a sí mismo, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido’” (vv. 10-11).

Sean misericordiosos como su Padre es Misericordioso

Jesús enseguida recomendó a quien lo había invitado que si ofrecía un banquete no convocara a sus pares, porque podrían corresponder a su atención (v. 12); sino que invitara “a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos; y así serás dichoso, porque ellos no tienen con qué pagarte; pero ya se te pagará, cuando resuciten los justos” (vv. 13-14). “Si prestan a aquellos de quienes esperan recibir, ¿qué mérito tienen? También los pecadores prestan para recibir lo correspondiente. Más bien amen a sus enemigos; hagan el bien y presten sin esperar nada a cambio; entonces su recompensa será grande y serán hijos del Altísimo, porque él es bueno con los desagradecidos y perversos” (Lc 6, 34- 35). En el Reino hay que superar las barreras creadas por las afinidades y asumir el compasivo comportamiento de Dios, como el propio

Señor Jesús propone: “Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso” (Lc 6, 36).

Nunca nos humillaremos hasta donde Jesús se humilla al venir a nosotros

En el banquete del Reino anunciado por Jesús se genera una inversión de valores, donde la excesiva estimación de sí mismo cede su puesto a la humildad, y el interés se transforma en la más genuina gratuidad. Carlos de Foucauld comprendió que el centro de la fe cristiana radica en la humildad de Dios manifiesta en la Encarnación y aseguró que: “Nunca le darás a Jesús tanto como Él te da, nunca te humillarás hasta donde Él se humilla al venir a ti”.

La humildad, como valor fundamental del Reino, es decir, del proyecto de Dios, evoca aquella bella reflexión sapiencial: “Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te amarán más que al hombre dadivoso. Hazte tanto más pequeño cuanto más grande seas y hallarás gracia ante el Señor” (Eclo 3, 17-18).

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