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Y ahora Colombia

Pbro. Gustavo Alexis Márquez*

América Latina, con más precisión el cono sur de América, está en convulsión. Los medios nos han dado cuenta de lo ocurrido en Perú y su Congreso cooptado por el fujirimo y la cínica corrupción; Ecuador con la intervención de Fondo Monetario Internacional; Chile y la desigualdad creciente, el régimen de pensiones y una dictadura que sigue cicatrizando sus heridas; Nicaragua y la represión a periodistas y defensores sociales cansados de la “tambaleante” dictadura; Haití y la pujante corrupción y extrema pobreza que parece, nadie ve; Bolivia y sus conflictos por la democracia que cada día emporan con un aferrado al poder y un gobierno transitorio que sale con un discurso fundamentalista e hiriente; Venezuela y un régimen obstinado en el poder que hundió al país en la peor crisis humanitaria y económica de su historia; y ahora, la ola de protestas alcanzó a Colombia.  Pero ¿qué ha pasado? ¿cómo se llegó a esto? ¿A qué se deben las protestas? Dejo aquí, apenas algunas pinceladas.

Los inicios

Jueves 21 de noviembre. Debido a las últimas reformas económico sociales del Gobierno de Iván Duque, las centrales obreras y diversos colectivos sociales llamaron a la protesta, en lo que fue llamado un “paro nacional”. A ciencia cierta, no hay una sola razón, con ello me refiero a una razón específica, más bien son un cúmulo de razones. De hecho, en la cobertura mediática de las manifestaciones, las entrevistas recogen diversos, variados y hasta dispares argumentos; así lo cita una revista de opinión política de Bogotá: “Entre las razones por las que la gente no sabe por qué fue el paro, se encuentran, entre otras cosas, la multiplicidad de mensajes e intereses puntuales. Unos dicen que protestaron para que Iván Duque renuncie o para que la cúpula militar responda por los falsos positivos y por las desastrosas operaciones de los últimos días. Otros, para que el gobierno haga algo para detener el asesinato masivo de líderes sociales e indígenas o para que se cuide el medio ambiente. Y así se forma una larga lista de inconformidades en las que aparecen intereses gremiales (taxistas, camioneros, comerciantes o estudiantes). Y por supuesto, no faltan los que protestaron por todas esas razones y por otras más” (Semana, Ed #1960).

Las razones

De modo pues que es difícil explicar todas las razones. Podría agruparlas en 5 aspectos centrales y que tienen más fuerza en voz de aquellos que “dan la cara” por los que protestan.

Primero, el llamado por los medios colombianos “paquetazo”, es decir, el anuncio (si, apenas anuncio) de medidas económicas que el Gobierno de Colombia pretende tomar respecto a las pensiones, pues se tiene la propuesta deeliminar el fondo estatal de pensiones “Colpensiones”, además de aumentar la edad de jubilación y finalmente, reducir el salario para los jóvenes hasta ubicarlo en 75% del mínimo, entre otras medidas; cabe mencionar que oficialmente no se ha fijado una postura, sin embargo es información que poco a poco se ha ventilado y ha causado la reacción inmediata.

Segundo, la educación; muchos de los manifestantes son jóvenes, yo diría que la mayoría, y esto debido a que el año pasado se firmó un acuerdo en que se prometió invertir mil 300 millones de dólares a las universidades; la ministra de educación María Victoria Angulo afirma que el acuerdo se está cumpliendo, pero para los universitarios no es suficiente. Además, se han vuelto abanderados del reclamo social generalizado. Llama la atención una de sus pancartas que sentencia: “se metieron con las generaciones que no tiene nada que perder: ni casa, ni trabajo, ni jubilación. No tenemos nada ¿qué miedo va a haber?”

Tercero, el asesinato de líderes comunitarios e indígenas, pues desde hace 15 meses que el gobierno de Duque asumió el poder, después de la controversial firma del Tratado de La Habana entre el Presidente Santos y las FARC, en distintas regiones del país han ocurrido asesinatos viles contra líderes comunitarios que han denunciado lo que sucede en la región del Cauca,  una región montañosa del suroeste colombiano, donde se vive una espiral de violencia por la presencia de grupos armados, disidencias de las FARC, paramilitares y bandas de narcotraficantes.

Cuarto, el incumplimiento de algunos puntos del Tratado de Paz; se considera un incumplimiento por parte del gobierno respecto al punto 4 del acuerdo donde se habla de la sustitución gradual y voluntaria de los cultivos de droga por otras alternativas de subsistencia para las comunidades más pobres. Sin embargo, esta situación que no se ha dado, sigue generando en dicha región una tremenda inseguridad donde vive la población indígena del país.

Presidente Iván Duque

“Quienes incitan al odio y a la violencia, deben asumir su responsabilidad. Los colombianos tenemos claro lo que es una protesta pacífica y lo que es el pillaje, vamos a aplicar todo el peso de la ley”.

Iván Duque, presidente

Quinto, la razón política. La más vil y desalmada. Porque responde al interés de un grupo, que poco representa a una sociedad y cuya pretensión es el poder. Es el aliento diabólico (que separa, divide) que llama a la protesta sólo como un medio para derrocar, lastimar, conseguir su fin. Es el conocido discurso de algunos políticos mexicanos del “chairo y el fifí”. En el caso de Colombia, el Senador Gustavo Petro, se ha plantado como adversario político del partido en el poder y todo lo que haga y diga; desde twitter envía mensajes como: “Que ni se le ocurra a Peñalosa decretar toque de queda. La gente perdió el miedo, cuando la sociedad pierde el miedo lo que construye es la democracia” cuando el toque de queda fue decretado debido a los actos vandálicos que asediaron diversos puntos de la ciudad y que nada tenían que ver con el paro. O este otro tuit: “En el paro nacional hay un ausente: el movimiento campesino. Es hora que las comunidades campesinas marchen por la paz por la tierra, por el agua” haciendo un llamado a seguir las protestas para el día lunes 25 de noviembre y convocando a otros sectores. El asunto no es juzgar de buena o mala la protesta, sino que, en medio de la protesta, en lugares bien identificaos, grupos vandálicos que han causado destrozos en la ciudad, siguen generando caos, malestar y pretendiendo desvirtuar la voz de los que se manifiestan pacíficamente. Y parecería que de eso se valen algunos políticos para atacar al gobierno actual y las fuerzas del orden. De hecho, algunos líderes sindicales han increpado a algunos actores políticos que quieren usar las manifestaciones para “jalar agua para su molino”.

Las manifestaciones

El “cacerolazo” es una forma de protesta pacífica que remonta su origen a el 20 de agosto de 1982, cuando enArgentina mujeres y niños de barrios y villas de Capital Federal y localidades del Gran Buenos Aires se manifestaron con cacerolas contra “el aumento del costo de vida” impuesto por la dictadura.

El jueves 21 de noviembre inició con marchas en varias ciudades del país y al poco tiempo se comenzaron a registrar bloqueos en vías principales en lugares como Ibagué y Bogotá. Durante todo el día, el servicio de Transmilenio en la capital sufrió diversos cortes al servicio por la concentración de gente en las calles. A la jornada de paro se sumaron ciudades como Medellín, Cartagena, Manizales. También hubo movilizaciones en varios lugares del Eje Cafetero (Armenia, Pereira y Manizales). Con todo, durante más de 8 horas las manifestaciones fueron en paz.  Sin embargo, cuando fue cayendo la tarde se fueron integrando a las protestas grupos de encapuchados cuya ocupación fue enfrentarse a la policía presente en los alrededores de los edificios públicos; allí las cosas subieron de tono, entonces vino la reacción y lamentablemente fue una reacción contra todos: gas lacrimógeno, escudos, toletes y represión.

Una vez disipada la manifestación y los vándalos en Bogotá, vino el momento del resto de la población; aquellos que habían terminado sus jornadas de trabajo y volvía a casa a pie, debido a la suspensión del servicio de transporte tomaron parte en la protesta y sucedió el “cacerolazo”. Por la calle pequeños grupos, que se fueron aglutinado cada vez más y más, en los balcones y azoteas, en las cocheras y en los edificios, la gente salió a hacer sonar las cacerolas para apoyar las manifestaciones pacíficas y significar que repudiaban toda clase de violencia. Fue impresionante.

Alcalde de Cali

“Los caleños hicieron una demostración de civismo. Es triste decir que esto vino acompañado de vandalismo, de saqueo. Hoy más que nunca es cuando más unidos tenemos que estar para sacar nuestra ciudad adelante”.

Maurice Armitaje, Alcalde de Cali

Sin embargo, para el viernes 22 las cosas salían de control. Los disturbios, que se pensaba iban a disminuir con el cacerolazo nacional, se transformaron en una gran jornada de violencia en diferentes puntos de la ciudad, que obligó a la administración a restringir la movilidad y aun así hubo saqueos. La situación que se vivió en Bogotá fue tan crítica, que la Alcaldía no tuvo más opción que acudir a una medida que no se decretaba desde hace 42 años: el toque de queda en toda la ciudad. La violenta jornada comenzó temprano con bloqueos en algunas vías y troncales de Transmilenio, neurálgicas para la movilidad. Luego vinieron los ataques a la infraestructura, que dieron paso a los primeros enfrentamientos entre manifestantes y el Escuadrón Móvil Antidisturbios (Esmad) de la Policía. En la ciudad de Cali, los mismos ciudadanos se armaron frente a los vándalos y los reprimieron a balazos, generando una situación muy tensa en dicha ciudad.

Los medios reportaban el balance de daños:  36 buses del sistema (un alimentador, 33 zonales y dos provisionales) y 38 troncales, así como un conductor herido. De hecho, de la violencia ni siquiera se salvó el cacerolazo, que se programó a las 5:00 de la tarde, en la Plaza de Bolívar. Lo que pretendía ser un contrapeso a la violencia fue rápidamente censurado por el Esmad (Escuadrón Móvil Antidisturbios), que dispersó a la multitud a punta de gases lacrimógenos. Hubo aún más tensión.

Para la noche del viernes el Gobierno de Colombia dispuso medidas drásticas que ya se han mencionado y, además, el nivel de alerta amarilla en los hospitales y cuarteles del ejército nacional. Desplegaron 4,000 soldados y 7,000 policías en toda la zona metropolitana.

El sábado siguieron las manifestaciones de parte de grupos cada vez más numerosos a los que se han sumado ciudadanos que no se identifican con uno u otro colectivo; ciudadanos que repudian la violencia y que salen a manifestarse en paz. No es para menos, el 30% de las estaciones del Transmilenio (único medio de trasporte colectivo en Bogotá, pues no hay metro ni otras rutas de autobuses consolidadas) están dañadas. Ahora las manifestaciones van tomando otro color. Se han agrupado diversos movimientos para bailar, cantar y aplaudir, mostrando repudio a la violencia y a la represión.

El domingo 24 de noviembre, convocados en las redes sociales con el hashtag #24NElParoSigue, las personas salieron de nuevo a las calles y plazas; sin embargo, después de conocer el caso del joven Dylan Cruz de 18 años quien fue herido por un policía que disparó el gas lacrimógeno a menos de 10 metros de distancia y le hirió en la cabeza, la actitud de las autoridades fue más prudente ante las manifestaciones, por tanto, las manifestaciones tomaron otra forma, otro color. Hubo manifestaciones en diversos lugares, pero esta ocasión sin vándalos.  Incluso en el Estadio Nacional El Campín, hoy no sonaron las porras a los equipos de futbol, sino el reclamo social: “Uribe (expresidente, actual senador) paraco (paramilitar), el pueblo está verraco (embravecido)”. Las calles estuvieron llenas de alegría y paz. Durante el día, en varias partes del país se vieron manifestaciones coloridas, tranquilas, con música y buena disposición. Abundaron las críticas punzantes al Gobierno, acompañadas de un compromiso inquebrantable con respetar las instituciones.

La respuesta ante la crisis

“Los estamos escuchando”, fueron las palabras que resonaron a través de las redes sociales del Presidente Duque, palabras duramente criticadas en las primeras horas de las manifestaciones. La idea del Gobierno de Colombia es crear mesas de diálogo para dirimir el problema. Sin embargo, lo primero que espera el pueblo es una actitud que genere confianza. No se puede llamar al diálogo si no hay gestos que muestren, que realmente se quiere dialogar.

Atinadamente lo ha señalado el diario El Espectador: “Aunque son múltiples y diversas las consignas, reclamos y peticiones de quienes se movilizaron en el país, expertos explican que el primer paso para atenderlos y conjurar un estallido social se reduce al diálogo constructivo, coordinación en los ámbitos de Gobierno e interés genuino en negociar” (El Espectador, 22/Nov/19)

Finalmente, el domingo 24 de noviembre, después de 4 días de manifestaciones en todo el país, el Presidente Duque, vía twitter llamó el diálogo por medio de lo que se llamó “Conversación Nacional”: “La Conversación Nacional se dará por medio de encuentros ciudadanos, con diferentes sectores sociales en regiones y ciudades. También contará con una plataforma tecnológica para compilar las propuestas de todos los colombianos”.

5.- Epílogo

Sin lugar a dudas, las razones se van acumulando y un pueblo cansado de esperar un verdadero cambio lo exige con fuerza y directamente. El reclamo de los colombianos que han salido a la calle es una protesta contra la injusticia social en general, donde las clases sociales altas (estratos 5, 6 y 7 según lo califican en Colombia) son privilegiadas y viven en su “burbuja” protegidos por las instituciones de seguridad, en sus zonas reservadas, que parecieran ciudades europeas, con su pedante e insoportable actitud, que demuestran en el simple modo de dirigirte la mirada. Ellos si tienen todos los beneficios mientras que se les recorta a las clases populares. la gente colombiana está casada de promesas y mucho más cansada de la violencia. El conflicto con las FARC, los paramilitares (que fue la respuesta a las FARC de parte de empresarios y políticos), los secuestros, atentados, etc. tiene cansado a este pueblo.

A las plazas de las ciudades acudieron colombianos de todas las condiciones sociales: estudiantes, profesores, trabajadores, desempleados o rebuscadores de toda clase. Hay una particularidad: nadie los dirigió. Las manifestaciones, sobre todo el “cacerolazo”, es un grito, un clamor que aquellos que quieren ver en su patria un verdadero desarrollo, no acosta del pueblo, sino con el pueblo.  Ojalá que la respuesta del Gobierno Colombiano no sea el error de no atender lo que la calle les está reclamando.

Personalmente, después de todo este complejo entramado de situaciones, me queda un temor: llegar al próximo viernes, pues es Black Friday en Colombia, y lamentablemente las ofertas y la publicidad son capaces de borrar de la memoria los acontecimientos últimos y los reclamos legítimos de un pueblo.

*Vicario de la Parroquia de Nuestra Señora de Altamira

Acerca de Gabriela Ceja Ramirez

Lic. en Comunicación | Especializada en Comunicación Pastoral, por el ITEPAL y la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, Colombia | Editora de Semanario Arquidiocesano de Guadalajara.

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