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Creación

Pbro. José Marcos Castellón Pérez

Los seres humanos hoy nos experimentamos desamparados, aún en los triunfos del progreso y de la técnica. Cuando todo parecía ir bien, cuando creíamos tener cierta libertad e independencia para romper el cordón umbilical del Padre eterno, nos experimentamos a la intemperie y sin referencia. Cuando el hombre estaba en el altar central del panteón (lugar pagano de los dioses), se encuentra, al mismo tiempo, en las periferias hambrientas y desnudas de las populosas ciudades. Es inevitable escuchar el angustioso grito de multitudes: “estamos en crisis”. Sí, no hace falta ser perito analista para constatar la fragilidad de nuestros intentos, la ambigüedad de nuestros logros, el fracaso de las utopías.

Ante la desesperada lucha por encontrar una luz de esperanza en este contexto, ¿podemos los cristianos presentarnos como portadores de ésta? ¿tendremos alguna palabra significativa que permita encontrar puerto?… ¿podremos cantar un cántico de Sión en los canales de Babilonia, como reza el salmo 137? Aún cuando estemos perdidos con el mundo en la obscuridad de la crisis, no podemos olvidarnos de cantar un canto nuevo, un canto de alegría, pues “si me olvidara de ti Jerusalén, que se me paralice la mano derecha”.

Nuestro canto no es de balde, es el canto esperanzador de sabernos en y con el Padre Dios, canto del optimismo creador del Espíritu que sigue aleteando en las superficies caóticas para dar vida y formar, en Cristo y para Cristo, seres nuevos para que entren en diálogo amoroso con el Dios Trino. Nadie puede acallar nuestro canto porque la sinfonía cadente rompe con el aniquilador silencio de la nada.

El Padre, como era en el principio, ahora y siempre, seguirá creando… sus inquietas Manos (el Hijo y el Espíritu) sin descanso modelan en la novedad salvífica creaturas nuevas y las capacitan para que ellas mismas sean artífices de su propia existencia. Crea para salvar y salva creando de la nada para reflejar la pericoresis trinitaria en las creaturas, a las que infunde la necesidad absoluta del Tú y del tú.

Dios trino crea en su libertad absoluta al hombre a su imagen y semejanza… Infunde en él la imagen del Hijo encarnado para que el hombre le reciba como don y tarea. Para que en su misma responsabilidad humana, en su historia, en sus circunstancias pueda volver los ojos y el corazón a Aquel que le ha plasmado, en la libertad y en el amor, su propia Imagen divina.

El hombre comunitario es invitado a ser cocreador con el Dios comunitario: creador de su propio destino histórico, también en la libertad y en el amor,  creador en la responsabilidad de una comunidad humana y eclesial que sea fermento de un “mundo nuevo, donde brille la plenitud de su paz”… donde la acción eficaz del Espíritu consiga “que las luchas se apacigüen y crezca el deseo de la paz; que el perdón venza al odio y la indulgencia a la venganza”… Así podremos cantar un cántico nuevo, así podremos ofrecer una luz de esperanza.

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