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¿De veras viene el Lobo?

Ignacio Román Morales

En la víspera de la crisis del 2008, las instituciones financieras internacionales no la veían llegar. Los grandes bancos, las calificadoras internacionales de deuda, las hipotecarias o las aseguradoras y reaseguradoras, argumentaban que las finanzas basadas en el libre mercado estaban muy bien y que no había riesgos considerables. Entonces sobrevino la crisis económica más grande desde el 2008. Grandes instituciones financieras quebraron, algunas automotrices estuvieron a punto de la bancarrota y los gobiernos entraron al rescate de sus empresas, endeudándose y endeudando a las sociedades. A partir de ahí se han reducido las prestaciones sociales a nivel internacional, como el seguro de desempleo o la atención a la salud, además de que ha aumentado la edad para la jubilación y en no pocos casos, los presupuestos para la educación, el deporte o la cultura se han recortado drásticamente. Un contingente cada vez mayor de la población de los países pobres busca migrar al norte, allá donde se fueron sus recursos naturales, sus capitales y sus esperanzas.

En aquel entonces, allá por el 2008 y 2009, los líderes mundiales hablaban de cambiar radicalmente el sistema financiero internacional, para evitar su volatilidad y las consecuencias sociales de las crisis financieras. Diez años después, ningún cambio mayor en las reglas se ha obtenido. Los factores generadores de la crisis, especialmente el poderío del sector financiero, ha seguido creciendo. Ahora, sin embargo, si se nos anuncia reiteradamente que viene la recesión, que viene el lobo.

Es tal vez un momento para preguntarnos más sobre cómo podemos depender más de nosotros mismos, de proteger especialmente a las micro y pequeñas empresas, al consumo básico y al uso más cuidadoso de las divisas y de nuestros recursos.

Y sí, efectivamente, el derrumbe argentino de la semana antepasada, los malos resultados de la economía alemana, la reducción del crecimiento chino y la tendencia hacia una nueva recesión para el conjunto de la Unión Europea, hacen pensar en que algo grave puede ocurrir.

Ante este panorama, diversos países están tratando de reaccionar como pueden en el corto plazo. Una de las formas es bajar la tasa de interés. Si me van a cobrar menos intereses por una compra, es posible que yo decida hacer la compra, que un empresario saque un crédito y que al menos en el corto plazo, la economía productiva no se detenga. Sin embargo, la reducción en las tasas también puede acarrear salida de divisas frente al “menor premio” por guardar el dinero. Una fuga de divisas reduce la cantidad de ellas y por ende, su encarecimiento, es decir, la depreciación de la moneda local y posiblemente un incremento en la inflación.

La caída en la producción alemana es un mal agüero para el funcionamiento económico internacional. La debacle económica argentina, luego de las elecciones primarias, anuncia una crisis mayor en aquel país. La fragilidad de muchos países nos recuerda los efectos tequila, dragón, tango, y vodka, de los años noventa.

México no está aislado del mundo.  Lo que consumimos día a día depende de nuestra capacidad de importar productos y, por lo tanto, de la paridad de nuestra moneda. Es tal vez un momento para preguntarnos más sobre cómo podemos depender más de nosotros mismos, de proteger especialmente a las micro y pequeñas empresas, al consumo básico y al uso más cuidadoso de las divisas y de nuestros recursos.  No podemos responder si el lobo de la crisis ya está casi encima de nosotros, pero tampoco podemos simular que no está pasando nada inusual.

Acerca de David Hernandez

Lic. en Filosofía por el Seminario de Guadalajara | Lic. en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Veracruz | Especialista en temas religiosos | Social Media Manager

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