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Identidad en crisis

Pbro. Armando González Escoto

Sin identidad no se puede desarrollar el tejido social, sería como tejer sin un patrón, sin un diseño previo, aunque sí se puede integrar una comunidad con base a un modelo extraño, ajeno, con lo cual se lograría una identidad artificial y un tejido social construido sobre arena.

En 1821, al consumarse la Independencia, el temor de todas las regiones que formaron parte de la Nueva España fue que un nuevo poder centralista y uniformador arruinara las libertades y la autonomía de que habían gozado, gracias a lo cual pudieron construir tejidos sociales auténticos, en cuanto que habían sido elaborados con base a modelos propios, en consonancia con su historia, con el origen específico de cada región.

Dicho de otro modo, el águila azteca no formaba parte de las culturas prehispánicas, ni de las culturas virreinales, era un modelo extraño para la gran mayoría de las regiones del país, excepto para el centro, imponerla como el símbolo único de la nueva patria, fue el primer indicio del tipo de gobierno que se estaba fraguando, dentro de un ambiente ideológico pesadamente nacionalista que ha tenido un costo tan elevado para México, pues con ese sistema no solamente se ahogaron las posibilidades legítimas de cada Estado de la nación, sino que éstos fueron puestos al servicio del centro; en delante la única capital, el único espacio donde se podía progresar, sería la Ciudad de México, pues era allá a donde iban a dar todos los recursos de la patria.

El gran engaño que persiste hasta la fecha fue justificar el centralismo por la necesidad de unir al país, como si el fin justificara los medios, como si la unidad del país debiera construirse sobre la destrucción de las identidades regionales. Pero una vez proclamado el engaño, innumerables ideólogos al servicio del poder, se encargaron de divulgarlo y marcar a todo mundo con el sello del nacionalismo centralista.

No olvidemos que la verdadera patria es la región en la que se nace y donde se crece, la que te da de comer, en la que trabajas y vives, una patria mayor siempre es artificial, pero, aun así, la unidad de las grandes naciones radica siempre en la solidez de las regiones que la conforman, no en el desdibujamiento debilitador de los países centralistas, como el nuestro.

Doscientos años después Jalisco es un sobreviviente maltrecho de esta campaña uniformista, de la que tantos gobiernos estatales han sido cómplices a lo largo de la historia, con tal de obtener beneficios personales o algunas migajas más de la riqueza que Jalisco aporta al país. Si no fuera por la pervivencia, igualmente golpeada, de los santuarios regionales, ya no seríamos sino una colonia más del distrito federal. En efecto, santuarios como los de Zapopan, San Juan y Talpa, han sido reservorios de identidad, por más que el centralismo los quiera hacer pasar a segundos planos, cuando que son la raíz y el fondo de lo que somos.

armando.gon@univa.mx

Acerca de Gabriela Ceja Ramirez

Lic. en Comunicación | Especializada en Comunicación Pastoral, por el ITEPAL y la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, Colombia | Editora de Semanario Arquidiocesano de Guadalajara.

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