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La “P. V.”

Pbro. Armando González Escoto

Imaginemos la más hermosa piñata, colorida, multiforme, brillante y enorme, blandiéndose en el viento. Ateniéndose a su apariencia, la gente supondrá que en su interior abunda toda clase de frutas y golosinas de lo más fino y deleitable, razón por la cual, todos compiten por el honor de romperla. Finalmente la rompen para descubrir que estaba vacía. Solo aire y basura es lo que se puede recoger una vez abatida. Una piñata vacía resulta tanto más frustrante cuanto más atrayente era su apariencia, y por su tamaño, más trabajo costó romperla.

Ahora imaginemos cuántas veces en la vida somos o enfrentamos personas e instituciones semejantes a una piñata vacía. Pensemos en un militar, con su uniforme de gala y el pecho cuajado de condecoraciones, pero que por dentro está vacío; o a un profesionista con un currículum impresionante, con licenciatura, maestría y doctorado, pero por dentro nada que lo haga valioso. Incluso podemos figurarnos a un sacerdote con los más ricos ornamentos, albas finamente elaboradas, casulla de costosa tela, con brocado en oro, pero tan vacío como la piñata mencionada; o a un padre de familia de presentación impecable pero hueco.

Jesús, cuyo nacimiento nos preparamos a celebrar, no usó ni uniformes, ni ornamentos, ni trajes especiales, colguijes, o añadido alguno que destacara su apariencia, sólo la indumentaria ordinaria de la gente común de su tiempo, pero con un contenido interior tan extraordinario que aun esa vestimenta se transfiguraba.

Esta interioridad plena y genuina del Mesías es lo que daba autoridad a su palabra, y la gente lo sentía. La autoridad de Jesús nacía de tres fuentes fundamentales: creía profundamente lo que predicaba, lo vivía intensamente, y amaba de verdad a las personas a las que les hablaba, es decir, en Jesús la mente, la palabra y el corazón se armonizaban, no era un predicador a sueldo, ni un burócrata al servicio de una empresa, por eso Jesús no tenía necesidad de vestirse como piñata para llamar la atención, ni nadie que se acercó a Él quedó tampoco defraudado.

Amantes de las apariencias contagiamos lo que hacemos de esa misma tensión, por eso desde hace años la fiesta de la Navidad se ha vuelto igualmente una piñata vacía, mucho glamour, muchos oropeles y envoltorios brillantes, profusión de luces artificiales y esferas resplandecientes, frágiles y huecas, con poco o nada de contenido.

Empeñados en dar regalos se nos olvida que el mejor regalo deberíamos ser nosotros mismos, así como Jesús es el regalo que nos ha dado el Padre.

Este año, por circunstancias inesperadas, tenemos la oportunidad de construir una Navidad distinta, centrada en su valor fundamental, recibir a Cristo que viene a salvarnos y salvándonos llena el vacío de nuestras vidas. Ahora podemos por fin abrir los ojos y descubrir que Jesús es el gran regalo del Padre y disponernos a recibirlo, con el compromiso de ser también nosotros un buen regalo para los demás, y no sólo piñatas vacías.

armando.gon@univa.mx

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