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El político triunfa entregando a Jesús, los poderes de Israel respiran llevándolo a la muerte, pero en la cruz resplandece la victoria de la verdad, porque el príncipe de este mundo ha sido finalmente vencido / Fotografía; Archivo

Enésima estación Jesús enfrenta a los poderosos

Pbro. Armando González Escoto

La vida humana ha sido, desde sus orígenes, la continua tensión entre lograr ser realmente humano o volver precipitadamente al estado bestial, pero con los agravantes de la inteligencia y la voluntad que hacen de su animalidad una maquinaria destructiva.

En esa misma línea, evolucionar del gregarismo a la sociedad ha sido tanto un logro como una ocasión para que el natural liderazgo que nace de la comunidad se pervierta, la autoridad se deforme en poder y el poder se convierta en una compulsión obsesiva, en adicción creciente, nunca satisfecha.

Tres instituciones judías, surgidas de manera natural para satisfacer necesidades básicas de la comunidad, evolucionaron con el tiempo hasta volverse expresiones de poder absoluto, de acceso restringido por el clan, la dinastía o el supuesto prestigio moral, así: el sumo sacerdocio, la monarquía y la élite farisea y saducea. Es muy significativo que Jesús se haya confrontado y enfrentado con estas tres instancias, que las haya descalificado, denunciado y alejado de su obra.

Emisarios de las tres poderosas instituciones buscaron a Jesús en distintos momentos para tantearlo, acosarlo con innumerables trampas, seducirlo con ofrecimientos o con amenazas, buscar “arreglos bajo la mesa”. Todo fue en vano, y sus acosadores pensaron que bastaba primero con negarle, como lo hicieron, todo acceso al público reconocimiento, a los cargos, a los títulos. En efecto, Jesús no tuvo una sinagoga, ni accedió al sumo sacerdocio de Israel, ni siquiera fue miembro, al menos honorario, de la elite farisea, o del sanedrín, tampoco el rey le otorgó cargo alguno, comisiones importantes, cargos de representación o títulos honoríficos.

Lo que nunca entendieron los poderosos de su tiempo, es que Jesús se movía en una lógica totalmente distinta a la suya, lo que para ellos era valioso, y tanto, que no importaba corromperse para obtenerlo, para Jesús era basura, y lo que para sus acosadores era derrota, para Jesús era ni más ni menos la victoria absoluta.

No será tarea fácil seguir tan elevado ejemplo de dignidad y libertad, de separación total frente a los “poderosos” en la medida que estos lo sean, es decir, entiéndase por “poderosos” los líderes corruptos y corruptores, los ricos que han hecho su fortuna a costa de los pobres, o quienes han alcanzado títulos y jerarquías a base de intrigas, dobleces y claudicaciones, en pocas palabras, quienes se sujetan al príncipe de este mundo.

A Herodes, Jesús no le dirige una sola palabra, a los miembros del Sanedrín les responde lacónicamente, y ante Pilato, un político sagaz y angustiado, por quedar bien con unos y con otros para conservar su puesto, Jesús le reprocha el que no  actué por sí mismo, sino manipulado por las intrigas de los demás. El político triunfa entregando a Jesús, los poderes de Israel respiran llevándolo a la muerte, pero en la cruz resplandece la victoria de la verdad, porque el príncipe de este mundo ha sido finalmente vencido.

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