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José Garibi Rivera, Crónica de su vida. Parte II

Por las calles empedradas ladra la fusilería, y el suelo se va cubriendo con amapolas caídas.

Tomás de Híjar Ornelas

Ya ordenado presbítero el 19 de marzo de 1912, don José Garibi Rivera se mantuvo como subprefecto y profesor en el Seminario Conciliar. En septiembre de 1913 se mudó a Roma, donde cursó el doctorado en teología dogmática en la Universidad Gregoriana, tocándole de cerca el nacimiento y desarrollo de la Primera Guerra Mundial.

Concluida su estancia a fines de 1916, se reunió con su arzobispo, don Francisco Orozco y Jiménez, en Chicago, regresando con él a México para arribar a la arquidiócesis tapatía por la parroquia de Totatiche, donde les acogió don Cristóbal Magallanes, el cual aprovechó la circunstancia para solicitar un profesor para el Seminario Auxiliar que recién había creado allí, recibiendo en el acto al joven doctorado para ese año lectivo, concluido el cual pasó a Atotonilco el Alto como vicario parroquial y muy poco después, con igual título, a la parroquia del Dulce Nombre de Jesús, en la capital.

En los primeros meses de 1918 impartió lecciones de filosofía en el recién restaurado Seminario Conciliar y se hizo cargo de la capilla de San Nicolás de Bari primero y del templo de Nuestra Señora de la Soledad después. A mediados de ese año se le nombró Oficial Mayor de la curia y asistente eclesiástico de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana.

Terminaba 1923 cuando se le nombró canónigo doctoral del Cabildo Eclesiástico y administrador de las obras de construcción del Templo Expiatorio, a mediados de 1924 ya era Secretario Canciller de la Mitra y en 1925 Secretario General de Cámara y Gobierno.

En plena guerra cristera

E1 1º de agosto de 1926, al entrar en vigor de las reformas al Código Penal de la Federación en materia de culto religioso y disciplina externa (Ley Calles), los ministros sagrados, en señal de protesta evacuaron los templos del país, de modo que en lo sucesivo administraran los sacramentos en la clandestinidad y a riesgo de su vida.

Incitada por eso, la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa –con el apoyo moral de los tres obispos del Comité episcopal creado para informar a la Secretaría de Estado los ataques a la libertad religiosa en México– aceptó el desafió de Calles, invitando a tomar las armas a partir del 1º de enero de 1927 a todos los que quisieran sumarse a ese propósito.

El Presidente, por su parte, considerando instigadores de la guerra a los únicos interlocutores legítimos entre su gobierno y los católicos desterró los obispos, salvo al de Colima, don Amador Velasco, porque se ocultó en la zona montañosa del volcán de aquel nombre, y al de Guadalajara, que hizo lo propio en la zona barranqueña de la Sierra Madre Occidental situada al norte de Guadalajara, en tanto que su Secretario de Cámara y Gobierno residió en Cuyutlán, hasta que un coronel de apellido Ordóñez al frente de un grupo de rastreadores, recibió la comisión de capturar vivo o muerto al Arzobispo, que ante tal coyuntura optó por regresar a Guadalajara junto con don José, pero sin salir a la calle.

En julio de 1928, cuando ya las circunstancias favorecían la paz, el magnicidio del Presidente electo de México Álvaro Obregón prolongó la guerra un año más.

A mediados de 1929, en el marco de los arreglos entre la Delegación Apostólica en México y el gobierno interino de Emilio Portes Gil, este condicionó la reanudación del culto en los templos a cambio del exilio de Orozco y Jiménez.

En tan duras condiciones él y el P. Garibi salieron juntos, llegando a Laredo a fines de julio. Allí se quedó don José, alcanzando a don Francisco en Chicago antes de terminar el año. No mucho después, por órdenes de su superior, zarpó a Roma donde le esperaba una sorpresa, su nombramiento episcopal.

En el ojo del huracán

Fr’Asinello

Cuando Dios enmudece

la muerte viene a caballo

por la oscura serranía,

dejando negra cosecha

colgada de las encinas.

Se mete a todos los pueblos

cantando ‘La Valentina’

entre alaridos que huelen

a pólvora y a tequila.

Por las calles empedradas

ladra la fusilería

y el suelo se va cubriendo

con amapolas caídas.

Y Dios estaba en silencio

sobre la tierra maldita…

y cuando se calla Dios

aúlla la artillería.

Entre el llanto de las flores,

dos desterrados caminan

bajo las estrellas mudas,

por las barrancas perdidas.

Uno es el Grande Francisco,

el de barbas florecidas;

otro es el Padre José,

partícipe de fatigas.

Los ojos del Buen Pastor

escrutan la lejanía.

Y lo que esos ojos ven

trae al labio la sonrisa:

Ha visto al padre José

en visión de profecía:

tiene, en su mano, el cayado,

en su dedo, la amatista;

sobre su pecho, una Cruz

y en las sienes, una Mitra.

El alma del gran Francisco

ya puede vivir tranquila.

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