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Un reportero de 1521

Pbro. Armando Gonzáles Escoto

“El pasado 13 de agosto, las fuerzas coaligadas de varios cacicazgos indígenas unidas a un ejército que todavía no se sabe con claridad de dónde procede, derrotaron al cacicazgo azteca luego de casi un mes de sitio y cruentos encuentros. Apenas ha comenzado a circular la noticia, los señores de otros diversos cacicazgos han enviado embajadas de felicitación y gratitud al ejército vencedor, acompañadas de valiosos obsequios. Del poderoso reino de Michoacán se ha girado igualmente la invitación al victorioso capitán, pareciera que en todas partes quieren conocer al hombre capaz de vencer a un reino que desde hace doscientos años se dedicaba a asolar, secuestrar, y esclavizar a sus vecinos imponiéndoles pesados tributos. Debemos recordar que muchos de los hombres, mujeres y niños que los aztecas secuestraban, los ofrecían luego en sacrificio a sus dioses, ante la impotencia de sus familiares y amigos”.

Quinientos años después no podríamos expresarnos de la misma forma si a un Estado de la República mexicana le sucediera algo semejante, esto debido a que los españoles introdujeron entre la gente de estas tierras una noción que entonces no existía, la noción de Estado–nación–territorio, que va aparejada a la noción de comunidad, sociedad establecida sobre un determinado territorio que comparte conscientemente características más o menos similares, y a lo que se llama nacionalidad y patria. De tal modo que quienes hoy se quejan de aquella “conquista” lo hacen porque asimilaron finalmente la herencia española muy concretamente en este concepto.

Tampoco hoy podríamos estar de acuerdo en que un Estado, de los treinta y dos que somos, actuara de manera prepotente queriendo imponerse sobre los demás, extorsionándolos de manera indebida, saqueando sus riquezas, limitando su justo desarrollo, para luego creerse más que los demás con la riqueza que de los demás ha obtenido. Nadie estaría pensando en volver a los tiempos de los aztecas, sometiéndonos a un poder central asfixiante y uniformador.

Quinientos años después somos, ante todo y por encima de todo, una sociedad mestiza que sigue en gran deuda con las comunidades indígenas, que mucho han sufrido, más por parte del Estado mexicano que incluso intentó exterminarlas, que del imperio español, que buscó de alguna manera protegerlas cuidando la propiedad comunal de sus tierras y respetando sus autoridades, eso que llaman hoy, usos y costumbres.

Por otra parte, la madurez de una sociedad se alcanza cuando deja atrás su etapa adolescencial, de rechazo, de negación, de desencanto, porque las cosas no son como se las había imaginado y no puede admitir que sean como realmente son, dedicándose más bien al reproche, a la amargura por lo que ya pasó, al pataleo y al berrinche, superar esa etapa requiere de reflexión, de información objetiva, de criterios inteligentes para juzgar la historia ubicando siempre los acontecimientos en su justo contexto. 

Por extraño que parezca, a muchas comunidades indígenas de aquellos años les fue más fácil aceptar los hechos y sumarse a las nuevas condiciones de la realidad, que a no pocos ideólogos del presente. 

armando.gon@univa.mx

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