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Amar sin condiciones

A lo largo de todo este tiempo pascual, escuchamos varios encuentros de Jesús resucitado con algunas mujeres, sus Apóstoles y algunos discípulos. Este mismo Señor resucitado se encuentra con nosotros cada vez que nos reunimos en torno a su Palabra y al sacramento de su Cuerpo y de su Sangre.
Cristo está vivo, está presente, nos habla y nos comunica su misma vida,
de tal manera que en este encuentro nos reitera el mandamiento nuevo que
escuchamos hace ocho días, y que dio a sus Apóstoles antes de regresar a la
Casa Eterna del Padre.
¿Qué quiere decir que es nuevo? Que este mandamiento es definitivo,
pleno, no hay otro distinto ni mejor. Es un mandamiento grande, exigente, no es fácil de cumplir. La condición para alcanzar el cumplimiento de este mandamiento es la fe en Jesucristo.
La fe es una puerta que se abre para conocer el amor de Dios en su Hijo
Jesús, y es, al mismo tiempo, la fuente de su amor para poder amar como Él
amó. Pero como delante de toda puerta, tenemos la libertad de entrar o no.
La fe es la puerta para entrar a descubrir y experimentar el amor de Dios
y para encontrar en Él la fuerza para superar todas las dificultades para alcanzar la vida eterna.
Fe y amor, fe y caridad. Solo Dios es la fuente de la fe y la plenitud del amor que experimentamos en Jesucristo y que estamos llamados a vivir como mandamiento nuevo.
El amor tiene que concretizarse en la práctica. Quiero, por lo tanto, resaltar algunas características del cumplimiento de este mandamiento nuevo.

1-.Significa que amemos sin esperar nada a cambio, como nos ama
Jesús. Amar como nos ama Dios, aunque seamos pecadores.

2-.Tenemos que amar perdonando cuantas veces sea necesario, como
nos perdona Cristo por amor, dispuestos a perdonar siempre.

3-.Amar respetando la manera de ser de los que amamos, sin ponerles
condiciones.

4-.Amar hasta el extremo, dando la vida en cada momento, en cada
instante, en cada actitud, en cada gesto, en cada palabra. No se trata de hacer cosas extraordinarias, sino que se manifieste el amor cotidianamente, en todos los detalles y en todas las circunstancias, así
como nos ama Dios.
Que el encuentro con Cristo resucitado nos haga asimilar su mandamiento nuevo, y ojalá que interioricemos que éste debe
ser el distintivo de que somos discípulos de Jesús.

Si no existe este amor, seremos solo discípulos de nombre, de tradición, de ocasión, pero no verdaderamente fieles a Cristo. Lo sabemos, pero hay que experimentar cuánto nos ama Dios, independientemente de que seamos malos, en las circunstancias que estemos viviendo. Él nos garantiza su amor incondicional y seguro.
Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

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