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Dios es padre y madre

Por la profundidad y la hermosura de su mensaje, la parábola del
hijo pródigo es una de las más bellas del Evangelio.
Nos vamos a fijar en los rasgos más importantes de los personajes que ahí
aparecen: el padre, el hijo pródigo y el hijo mayor.
En esta parábola no importan la rebeldía del hijo menor, el despilfarro
que hizo del dinero, el tipo de vida que llevó ni la degradación de su vida en la que cayó.
No importa tampoco el comportamiento del hijo mayor, que aparentemente siempre fue fiel, obediente a su padre y apegado a su casa.
La parte central del mensaje y la narración están centrados en el abrazo
con que el Padre recibe a su hijo. Es un padre que se conmueve en sus entrañas, expresión propia de una madre. La madre tiene entrañas que siempre se conmoverán ante la presencia del hijo.

Cuando se nos dice que el padre se conmovió, quiere decir que ese padre también es madre, ama como una madre, se comporta como una verdadera mamá ante su hijo necesitado.

El padre lo abrazó, lo cubrió de besos, no le reprochó nada, no le preguntó ni qué había hecho con toda la herencia perdida, ni qué vida llevó. Al
padre, lo único que le interesa es volver a ver y tener a su hijo, que haya regresado a la casa.
El padre es amoroso, misericordioso, profundamente el, con capacidad enorme de esta y gozo por el hijo recuperado.
Es muy contrastante el comportamiento del hijo mayor, que no quiso entrar y compartir la alegría por el regreso de su hermano. Y aquí se vuelve a poner en evidencia la actitud del padre, que le presenta los argumentos para recibir a ambos.
El comportamiento del hijo mayor se aferra solo al cumplimiento fiel de
permanecer en la casa del padre.
Por eso reclama al padre que no le haya dado un becerro para comérselo
con sus amigos. Este hijo perdió de vista la experiencia de vivir bajo el techo de su padre, bajo el regazo de su amor providente. Se le olvidó todo el amor del padre que siempre había disfrutado y, por lo tanto, también perdió la relación con el hermano, al que ya no llama así.
Cuando nos consideramos buenos, mejores que los demás, y pensamos que por creer en Dios, rezar e ir a Misa, somos superiores a los demás, malo.
Porque ya no vamos a ver a los otros como prójimos, sino como indignos de
la misericordia de Dios, vamos a pensar que nosotros somos los únicos que merecemos el cariño del Padre.
Volvemos de nuevo al núcleo del mensaje: Dios es padre y madre, infinitamente bueno, misericordioso, está esperándonos no para condenarnos, sino para reconciliarnos con Él y para hacer fiesta por nuestro retorno a su amor.
Lo importante es que volvamos, que recuperemos la experiencia de su amor misericordioso. De los demás, Él se encarga de sanar.
El amor de Dios se nos propone, se nos ofrece en este tiempo de Cuaresma
para descubrirlo y experimentarlo, sobre todo, en el sacramento de la reconciliación.
Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

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