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El Sacerdote es servidor, no es de una casta privilegiada

La vida de todos los Sacerdotes debe estar comprometida con el plan salvador de Dios, elegidos por Él para servir a su pueblo.
El Apóstol Pablo recuerda a los Presbíteros de Éfeso: “Miren por ustedes mismos y por todo el rebaño del que los constituyó pastores el Espíritu
Santo” (Hch 20,28).
Esto es lo que hay que retener, esta realidad es a la que hay que estar abiertos y siempre dispuestos. El Espíritu Santo nos elige Sacerdotes para cuidar el rebaño de Jesús.
Ni siquiera es nuestro rebaño, sino que es el rebaño del Señor, que se nos
confía a los Sacerdotes por la elección y por la Unción del Espíritu Santo.
La Carta a los Hebreos también nos recuerda algo muy importante, que
nunca debemos perder de vista: nuestro origen. No por ser ordenados Sacerdotes vamos a olvidar cuál es nuestra familia, cuál es la comunidad en la que crecimos y fuimos llamados.
La misma Carta nos recuerda esta verdad: el Sacerdote es un hombre que
ha sido llamado, ha sido elegido de entre los hombres (Hb 5,1).

El Sacerdote no es un ángel, no es un ser superior, no pertenece a una casta especial o privilegiada, sino que es un hombre elegido por Dios, tomado de entre sus hermanos, los hombres.

Cuando el Sacerdote olvida su origen, de dónde viene, marca una distancia entre él y la comunidad a la que está destinado a servir, y manda un mensaje, consciente o no, “yo soy superior, el más importante, el que debe ser reconocido y servido”.

Cuando el Sacerdote toma esta actitud de superioridad, de estar por encima de sus hermanos, se ve envuelto en el mal que afecta a la Iglesia y que afecta a muchos, el clericalismo.

El Sacerdote es un hombre, para una finalidad precisa y concreta: servir a los demás en las cosas que son de Dios. Esto es lo que el pueblo espera
del Sacerdote, que sea un hombre de Dios, un hombre que le hable de Dios,
un hombre que sea la presencia de Dios entre ellos para experimentar su
misericordia y su salvación.
La misma Carta a los Hebreos nos presenta el paradigma: Jesucristo. Él
fue tomado de entre los hombres y se le confirió la dignidad de ser Sumo Sacerdote de parte de Dios (Hb 5,6).
Jesús aprendió a ser Sacerdote, aprendió a estar al servicio de sus hermanos, los hombres, en las cosas de Dios, con oraciones, con lágrimas.
Aprendió a obedecer el plan salvífico de Dios padeciendo, y se convirtió en
causa de salvación eterna para todos los que lo obedecen.
El Sacerdote es tomado de entre los hombres, pero no tomado del mundo,
no al servicio del mundo, no para trabajar con los criterios del mundo.
El mundo se nos puede introducir en el corazón, en la mente, en la persona, en nuestro sacerdocio, y nos puede hacer suyos, olvidándonos de que somos de Dios para el servicio de los hermanos en las cosas que son de Él. No
olvidemos que el sacerdocio se ejerce en el mundo, pero sin ser del mundo.

Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

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