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La Pascua en la vida sacerdotal

Fue un gusto reunirnos para agradecer el sacerdocio de Jesucristo, participado de manera especial en los hermanos que hace 50 años, recibieron del Señor este don, y por la gracia de la perseverancia y la fidelidad a esta vocación.
Hace 50 años el Obispo les impuso las manos, los ungió con el santo crisma, y recibieron la fuerza y la presencia del Espíritu Santo, que los identificó más plenamente con Cristo y los envió para pastorear a su pueblo.
Cada uno de esos hermanos sabe los momentos de gozo, los momentos difíciles, las ilusiones y desilusiones en su vida sacerdotal. Pero, independientemente de esta experiencia personal que cada uno ha vivido durante 50 años, hay algo que los hermana en un acontecimiento providencial, que se llevó a cabo cuando recibían el sacramento del Orden, el Concilio Vaticano II.
Este Concilio aportó una riqueza inmensa a la vida de la Iglesia, que reflexionó y se renovó en distintos temas, por ejemplo, en lo que se refiere a la persona y a la obra de Cristo, a la identidad y misión de la Iglesia, a la fuerza y presencia del Espíritu Santo, a los ministerios y servicios que se prestan en vida eclesial, el ministerio ordenado, el lugar que ocupa la Virgen María, el diálogo interreligioso, la profundización en la Palabra de Dios y su presencia en la vida del creyente, la renovación litúrgica, etc.
Hemos vivido un despertar en la vitalidad de la Iglesia, gracias al acontecimiento del Concilio Vaticano II. Los hermanos sacerdotes que cumplen 50 años han recibido de esta riqueza, muchas cosas, y han aprovechado muchas de reflexionadas en estos temas para vivir y expresar mejor su servicio como en la Iglesia.
Hay un tema que, sin duda, ha sido vital en el ejercicio de su ministerio y que ahora recordamos. El Concilio Vaticano II ha puesto el acento en la profundización del misterio pascual, es decir, el misterio del Dios que se humilla, que se hace siervo, que se hace esclavo, que abraza la muerte de cruz, pero que resucita venciendo la muerte, el mal y el pecado.
Es el Misterio Pascual, el paso de Dios de la muerte a la vida, que inspira y sostiene la vida cristiana, sostiene la vida de la Iglesia e ilumina la misión sacerdotal.
Los hermanos sacerdotes, en los distintos destinos en los que han ejercido su ministerio, al frente de diferentes comunidades, cada uno, han experimentado la muerte, el sufrimiento, la humillación, pero en cada una de esas experiencias han experimentado también la luz y la gracia de la victoria y de la Resurrección.
Estamos seguros de que en la Pascua de Cristo han encontrado fortaleza y
respuesta.
Y conforme pasan los años y vamos experimentando nuestras debilidades, al mismo tiempo que sentimos la pobreza de nuestra humanidad, se va fortaleciendo la esperanza en la plenitud de la vida, la luz de la Resurrección, en la participación plena de la vida de Dios.

Por eso, no dejemos de dar gracias a Dios que envió a su Hijo para que, humillado, se entregara por nosotros, y que con su poder lo restauró a la vida plena y para siempre.

Yo les bendigo en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

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